Me levanté sudando. La respiración entrecortada. Soñé que esperaba el cambio de luz en el cruce de Lincoln y Cisne (ahora Agami) y sin saber cómo sentí un impacto en la cadera, en el lado izquierdo, entre la cintura y mis piernas. No podía reaccionar por el dolor y porque hace algunos segundos yo esperaba cruzar la calle y ahora solo veo luna y estrellas. Escucho el ruido de autos que pasan y de gente que grita y cuando trato de abrir los ojos sólo veo un letrero: Estética Xossé, en vez de la X unas tijeras…
¿Estás bien? Me pregunta una melena de cabello despeinado y por miedo le digo que sí, que no siento las piernas pero de ahí en adelante todo está perfecto. La melena sonríe maligna y me dice ¿sabes qué, cabroncito? Eso te pasa por no contestar mis llamadas….
El estruendo del choque se escuchó hasta la calle Cóndor. La mayoría de las casas de Valle Verde apagan sus luces a eso de las dos o tres de la mañana, la hora a veces no importa cuando estás dormido y alguien te despierta por alguna causa, como el aparatoso accidente de aquella noche de abril.
Dormía yo en ese cuarto de ventanas oscuras forradas de cartón pero el estruendo rebasó mis intentos por detener los cucarachos: Escuché el ruido y pensé que el techo se derrumbaba bajo el peso de esos asquerosos insectos. Pero no pasó nada. No sentí las escamas de sus patas caminando por mi rostro ni su maligno aleteo.
Entonces abrí los ojos.
Después del estruendo había ruido de ambulancias y gritos de gente, ruido de tenis y zapatos corriendo por todos lados como si rodearan mi cama y un aire frío que se colaba por debajo de la puerta. Salí a la calle y miré cantidad de personas en ropa de dormir corriendo sin control hacia el cruce de Cisne y Lincoln, rezando porque alguna de las víctimas no fuese su hijo que hasta esa hora no llegó a dormir.
Yo también corrí para ver si no quedé muerto en el choque, pero al llegar al Canal del Aguila comprendí que no podía ser: yo no puedo estar ahí por la sencilla razón de que estaba durmiendo hace unos minutos.
Hay hierros retorcidos por todos lados. Nadie se atreve a avanzar entre el humo negro que presagia el gran incendio, pero entre los añicos del cristal del conductor se adivina un movimiento de manos: Un dile a mamá que no se preocupe por mi, que este choque no me va a matar… un prométeme que si este accidente me mata ella no verá mi rostro y si por aquellas costumbres a las que nos obliga la distancia ella me quiere mirar: dile que no soy el mismo. Que no me reconocerá.
Le digo que puedo prometer eso siempre y cuando me dijera su nombre. Soy Gerardo, me dice. Soy Gerardo…

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