Desde el tejado de la casa (chamaco menso, te he dicho mil veces que el techo de la casa es de cemento, no de tejas... no es un tejado ¿entiendes? hace dos meses dejamos el tejado y si no te importa, ahora podrías comenzar a respetar lo que es una vivienda mejor, decía mi papá) se puede ver, si volteas a la derecha, el Cerro de la Silla. Si es a la izquierda el movimiento, está el Obispado. Al frente esta la muestra del arte kisch de los 60-70: el cine Rio 70.
El horizonte se reducía a eso y a observar accidentes en el puente de Pino Suárez, pero había tantos que ya era vano el empeño de asomar.
Pocas veces volteamos atrás y eso se volvió en una mala conducta: no voltearé aunque grites.
Atrás estaba la calle. ¿La dirección precisa? Occidente y 16 de Septiembre en la colonia Independencia. Bajo nuestros pies emergía la vida: decenas de niños jugaban a la pelota mientras se burlaban de nosotros gritando “eh, miren a los mensos del segundo piso que no pueden bajar”.
No podíamos bajar.
Desde ese punto de vista jamás mintieron.
En la acera de las calles las señoras se sentaban plácidamente a ver películas de Angélica María, Enrique Guzmán o Palito Ortega. Los señores tomaban cerveza escuchando a Teen Tops y bebiendo temas de Vianey Valdez mientras echaban un ojo a sus retoños. En la casa gris de dos pisos nunca hubo nadie capaz de un acto similar.
Hasta que llegaba Víctor.
Entonces disfrutábamos la venganza.
Víctor llegaba en su motocicleta. Cabello largo y lentes negros... chamarra de piel. Volteaba desafiante a ver a quien lo quisiera ver, luego nos decía “vengan, vamos a la tienda...”.
Con singular alegría (Alfa dixit), bajábamos de a dos los escalones a ver quién llegaba primero a montar aquella motocicleta roja... yo siempre ganaba y alcanzaba el lugar justo detrás de Víctor y entonces él arrancaba antes de que subiese Fernando. Lo hacía dos o tres veces hasta que Fernando parecía a punto de llorar y le decía “anda, sube... sólo estaba jugando”.
Así recorríamos los miles de kilómetros que nos separaban de las dos calles donde se ubicaba la tienda, y entonces nos decía: Unos cigarros Raleigh.
Fernando brincaba de la motocicleta y entraba al estanquillo para comprar los cigarros de Víctor.
Siempre nos llevó de regreso con una moneda de 50 centavos en cada mano. Aquello era una fortuna.
Apenas partía Víctor de nuevo al trabajo y llegaba Berna... siempre pendiente de que llegara el periódico y siempre enojado porque nunca podía leerlo.
Se preguntaba porqué nunca lo encontraba si en la redacción de aquel Tribuna le decían que puntualmente hacían la entrega.
Fernando y yo acumulábamos un paquete de periódicos bajo la cama...
El rugir de la moto de Víctor nos hizo asomarnos a la calle donde los niños ya comenzaban a decir “eh, miren a los mensos del segundo pis...” callen, decíamos... ya llegó Víctor.
Bajó los lentes oscuros hasta las mejillas y nos dijo “¿qué, ahora no me comprarán los cigarros?”.
Bajamos de nuevo de a dos en dos escalones hasta que Berna detuvo a Fernando. “Hey, chamaco, compra el periódico...”. Y le dio un billete de a 50. 50 pesos. Algo que no imaginamos que existiría...
Llegamos a la tienda y mientras yo bajaba a comprar los cigarros de Víctor, Fernando buscaba la Tribuna para Berna. Pagué y regresé con Víctor para recibir mi recompensa en forma de una moneda de 50 centavos, mientras escuchaba que el tendero decía que no había periódico, pero que en un momento se lo traerían.
Víctor no podía esperar y preguntó si podíamos regresar solos a casa. Claro... le dije con valentía, yo ya tengo cuatro años y Fernando seis.
Víctor se fue y no se dio cuenta cuando un señor de buen vestir se acercó a Fernando y le dijo “hey, yo también estoy buscando la Tribuna, si quieres, dame el dinero y yo te lo traigo...”.
Dos horas después, cansados de esperar, llegamos a la casa gris de dos pisos.
Los niños comenzaron a gritar “eh, miren a los mensos del segundo piso que no pueden bajar”... cuando llegamos al segundo piso, salió Berna en pantunflas. Sólo preguntó “...¿y el periódico?”
El periódico
Author: Zeth /
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