En carne viva

Author: Zeth /

Just forget the world…

Impaciente, cambio de estación la radio mientras una nenita hace señas en el auto de al lado. Sonrío con desgano y la nenita pone gesto de enojada. Hace calor. Mucho. ¿Por qué no prendes el clima? Preguntó alguna vez un ocasional pasajero. Comencé a contar la historia de Luis “Huesos” Montoya, habilidoso extremo de los Rayados de Monterrey quien tuvo un precipitado final de carrera. Venía de familia acomodada y se le notaba al verlo jugar con aquella picardía y diversión de quienes tienen por trabajo un hobbie. Nuestra ciudad es el retrato de la camiseta que se vende como souvenir: “En Monterrey, cerveza bien helada y un calor de la chingada…”, pues bien, el clima acá es más bien extremoso, pasando de los 40 grados en verano y descendiendo a menos de cero en el duro invierno, sin embargo hasta la naturaleza nos trató con benevolencia porque entre esos dos extremos, hay tiempo para comprarse un short o una abigarrada chaqueta, según sea el caso… y entonces ¿qué te estaba contando? Ah, sí, el “Huesos” Montoya es alguien como tú, una persona que no soporta la inclemencia del clima y ¿sabes qué? En el infernal verano regio salía del rico ambiente de 20 grados proporcionado por un hogareño clima artificial al abrasante calor de 40 que lo acompañaba camino a su auto y, ya en él, encender el clima del coche y llegar sin gota de sudor a la concentración rayada.

Pero claro que no siempre fue así, en invierno sucedía exactamente lo contrario… en la puerta de su casa lo despedía el calorcillo de 24 grados para entregarlo al ingrato frío de los 2 bajo cero, de nuevo hasta el auto en donde la calefacción se encargaba de revitalizarlo para llegar al entrenamiento sin la piel de gallina que sus compañeros exhibían sin pudor.

Al paso de los años, esos cambios extremos de la puerta de su casa a la del auto y de ahí a la del campo rayado y viceversa, terminaron por cobrarle la factura: sufrió una extraña deformación en los tobillos que lo obligaron a retirarse cuando aún tenía mucho futbol en los zapatos. ¿Qué por qué no prendo el clima? Ahí tienes tu respuesta.

No mames, tú no eres futbolista, cabrón… me dijo con acalorado fastidio.

Río al recordar la anécdota y no me doy cuenta que lo hago de forma tal que la nenita de al lado se esconde espantada tras el asiento de su mami.

Hay tráfico. Mucho. Debe ser uno de esos estúpidos choques en donde cualquier rayoncito al auto amerita la llegada de Protección Civil, Bomberos, Paramédicos, Tránsito y finalmente las aseguradoras para acordar que sí, que sólo es un rayoncito y hay que agilizar la circulación porque hace dos horas esto está quieto.

Avanzamos, ahora sí, de a poco y a lo lejos descubro la luz de una torreta. Lo sabía, pienso, es uno de esos choques imbéciles… me entretengo en cambiar la radio que nos avisa que en Constitución hay un accidente y que el tráfico está seriamente obstaculizado (¿en serio, pendejos?).

Diez minutos después paso justo al lado del accidente y debo reconocer que en realidad estuvo aparatoso: el auto ha perdido parte del motor al estrellarse de frente contra la base de un puente y dentro hay una persona que se debate entre la vida y la muerte. Curioso, bajo del coche sin importarme los gritos que me piden regresar y mover el auto. Volteo para contestar con una seña obscena y veo el auto donde va la niña que hace minutos hacía gestos pero ahora tiene terror en la mirada.

Ignoro los bocinazos y me acerco al oficial. ¿Qué sucedió, señor? Le pregunto. El agente me mira y pregunta si conozco a la persona accidentada. Déjeme ver, digo mientras avanzo hacia la zona del accidente. Hay restos de coche repartidos en el asfalto… veo un libro que se mancha con aceite automotriz y lo recojo. “En carne viva”, reza el título y a pesar del negro aceite distingo la sonrisa malévola de Joaquín Sabina… vaya, mira dónde te vengo a encontrar, pienso luego de recordar que recibí ese mismo libro como regalo hace un par de meses y no terminé de leer.

Avanzo hasta lo que quedó del auto mientras Bomberos y paramédicos hacen un esfuerzo por retirar el capacete del coche y mantener con vida al conductor. No se acerque, me dice un oficial de Tránsito. Me quedo a unos pasos del lugar mientras los esfuerzos desesperados de los bomberos parecen tener éxito al partir en dos el techo del auto. ¿Es usted pariente del accidentado? pregunta un paramédico y, sin esperar respuesta, me jala del brazo y dice que por favor le hable y trate de mantenerlo con vida mientras ellos despejan el tablero y liberan sus piernas severamente maltrechas. Me acercó no sin miedo y estoy a punto de devolver el estómago cuando veo sangre y su olor ocre invade el ambiente.

A lo lejos se escucha aún las bocinas de los autos que me piden mover el coche pero es inevitable que poco a poco me acerque a donde está la persona prensada… veo que aún se mueve y tomando fuerza le pregunto su nombre. Sólo escucho borbotones de sangre que salen por su boca. ¡No seas estúpido! Grita el socorrista, dije que le hablaras, no que lo hicieras hablar.

Me disculpo y me acerco…lo tengo al alcance, veo que todavía se mueve y cuando logro aferrarme a su mano, escucho el desencanto de los paramédicos y veo la frustración de los bomberos. No hay nada más qué hacer…

Suelto al conductor y corro con el paramédico ¿qué, no harán nada para rescatarlo? ¡Por favor, acabo de ver que aún se mueve!… ¡hagan algo por favor!

El rescatista no me contesta y saca una sábana azul para cubrir el cuerpo… no tenemos nada más que hacer, le dice a un bombero sin voltear a verme.

Derrotados, uno a uno recogen sus herramientas mientras se consuelan unos a otros. Hicimos lo que pudimos, dicen entre ellos.

Confundido y derrotado, vuelvo lentamente hacia mi auto pero no lo encuentro. Pregunto al oficial que desvía la circulación en dónde quedó mi auto pero en el frenesí de claxons y luces no me escucha, camino entonces hacia lo más nutrido del tráfico y nadie parece notar mi presencia, hasta que veo de nuevo a la nena que ya no me hace gestos. Simplemente me mira con compasión y hace un ademán parecido a un adiós.

Camino en la misma dirección de los autos y noto que ya no traigo el libro manchado de aceite y el sonido de los coches comienza a hacerse imperceptible.

Miro los restos de mi auto estampados en el puente y pienso que no llegaré a tiempo a casa, pero en este momento parece que eso a nadie le interesa…

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