Calles tapizadas de iglesias y polvo. Mucho polvo. San Luis es polvo e iglesias. Mucho de los dos.
Eso pienso mientras el autobús maniobra para entrar a la Central Camionera.
Tomo mi maleta con desgano. Despierto a Danny, Oscar y Javier para avisarles que llegamos. No terminan de abrir los ojos cuando se acerca un tipo de tejana maltratada y botas deslucidas.
¿Van pa´l otro lado? Pregunta. Yo los puedo llevar.
Venimos de allá, contesto sin dejar de caminar.
Encontrar a la tía Esperanza fue tan difícil como convencerla de que nos dejara quedarnos en su casa. No tenemos para el hotel y sólo traemos para comida, le digo… estamos de vacaciones y sin dinero.
No hubo manera de quedarnos con ella. Tú si. Ellos no.
No quise. Iba con ellos. Nos lanzamos a la calle a buscar donde reposar el viaje.
Oscar cuenta que también tiene una tía en San Luis, pero hace tiempo que no la ve. Caminamos de nuevo entre calles polvosas e iglesias barrocas para encontrar la casa de la tía de Oscar. El lugar es perfecto: un cuarto abandonado en la parte trasera donde podemos dormir y con acceso a la cocina para preparar los alimentos. Tenemos baño exclusivo pero no podemos entrar a la casa: María de la Luz, la hija mayor lo impide con un gesto.
Además de polvo e Iglesias. San Luis sólo es Tangamanga y puestos de antojitos mexicanos tan sabrosos que a los dos días se nos acaba el dinero.
Luz se apiada y nos lleva a comer y patinar en la zona más exclusiva de San Luis, un bello lugar lleno de gente que no lo es tanto. De los que llegamos de Monterrey, sólo yo sabía patinar.
Luz es bella pero intolerante. No la soporto así que me lanzo a la pista como lo hacía en aquellos años en que un chimuelo canoso y yo nos apropiábamos de la pista del Patinadero Obispado como si no existiera nada más que la velocidad de los patines y las piruetas que lográbamos hacer.
Dos vueltas bastaron para ver a Luz trastabillando con sus patines…me acerco lentamente para preguntar si sabe lo que hace. Sus ojos toman un aire tierno para decirme que no.
¿Quieres que te enseñe? Sin esperar respuesta tomo su mano y damos mil vueltas a la pista… por única vez en quince días pude ver su sonrisa.
Regreso a casa se notaba radiante, yo un poco feliz. Tomar su mano no fue tan indiferente como hubiese querido. No da tiempo a una despedida formal y se apresura a entrar a casa. Me quedo imaginando lo que habríamos visto de madrugada si no le hubiese dejado ir…
Minutos después, Oscar, Javier, Danny y yo vemos un quinceaños callejero, saboreamos las cervezas que vemos pasar a lo lejos. Con los últimos pesos que nos quedan compramos seis que se convierten en cinco cuando el hermano mayor de Luz toma una y dice que hay fiesta en casa de su amigo.
Sin nada que perder, vamos al festejo no sin antes aclarar que disponemos de nada en el bolsillo
La fiesta es en la carretera a Matehuala, kilómetro 35, en un jacalón de madera podrida y luces rojas en la entrada. Dentro todos son rostros anónimos. También lo somos mientras alguien de los nuestros pide una botella de vodka.
Danny, Oscar y Javier agitan con alegría la botella mientras yo miro con recelo: el vodka jamás me cayó bien y me resisto nuevamente a probarlo. Dejo pasar dos rondas y decido que es suficiente. Preparo una bebida justo cuando comienza el show. Paty, una morena en prendas mínimas y carnes máximas organiza sus músculos en una danza reptiloide que no entusiasma a nadie. Una tras otra vienen las siguientes rondas y sendas cajas de cigarrillos hasta que en medio de la bruma miro a Javier prenderse de los labios de la Paty. Puedo describir un acceso de asco si supiera cómo hacerlo, pero sólo se me desprende una sonrisa burlona y la pregunta para Oscar: ¿Qué le pasa a este bato?
La luz del día taladra mis oídos y el caminar de los gatos lastima mis ojos. Lo más lento que puedo, reviso el entorno… este cuarto no lo conozco. Con clavos hundidos en la sien, trato de voltear pero el esfuerzo sobrehumano cobra la factura: un penetrante dolor en la frente me aconseja mantenerme quieto, respirar profundo y recordar qué demonios pasó la noche de anoche.
Cualquier movimiento provoca náusea. Permanezco una hora, dos, tratando de estabilizarme sin lograrlo hasta que luego de contar uno, dos, tres me levanto con un solo movimiento… demonios… la eternidad es un cuarto desconocido.
Conservo el equilibrio pese a que mis piernas no obedecen. Jadeando, escudriño la alfombra donde recién dormía y miro a Danny, en posición fetal, chupando su pulgar y con la cabeza llena de vómito. Más allá Oscar tirado boca arriba… de momento creo que no respira pero un sonoro y hediondo pedo me indica lo contrario. Está vivo muy a pesar mío.
En el rincón hay un cuadro pintado por Botero: dos figuras obesas, malolientes y desnudas emiten toda clase de ruidos por cada orificio posible. Javier tiene una especie de líquido verde que recorre su rostro mientras Paty se rasca de manera obscena los hongos de sus negros pies.
Fue suficiente.
Tiemblo al llegar al baño y aún con la ropa encima abro la llave del agua fría. Permanezco 45 minutos sentado en la regadera, ojos entrecerrados y manos caídas mientras espero que el agua se lleve ese infame cuadro de Botero.
Al salir del baño no espero descubrir vida. Pero la hay. El dueño del departamento me mira fijamente sin articular palabra y en su piel azul se nota la necesidad de bañarse de inmediato porque es lunes y debe trabajar. Su opaca mirada trata de decirme que lo convenza de no ir, total, es sólo un día menos en la nómina.
No me da la gana y le abro paso.
El cuarto donde hace minutos dormía es todavía un cementerio. Me quito la ropa mojada, tomo un pantalón y una camisa de franela que encontré en el closet.
Los gordos siguen intercambiando ruidos y líquidos espesos con los ojos cerrados y la escena me provoca un nuevo acceso de asco. Harto de esa imagen, pateo las costillas de Javier tras decirle “ya estuvo, maestro, ¿sabes lo que estás haciendo?”.
No me contesta y soy yo quien sale de cuadro para buscar algo comestible. En la cocina encuentro huevos, tocino y tortillas. Luego de un rápido cálculo mental creo que con eso bastará, pero el malestar de mi cabeza no se va y caigo como el bulto que soy… pasan los minutos y no sé reaccionar.
Decir que el departamento cobra vida horas después sería una exageración. Arrastrando los pies de a poco, Oscar entra a la regadera gruñendo algo que nadie entiende. Danny maldice en el más puro inglés What a fucking shit y es lo más claro y repetido de la tarde. Javier permanece de pie. Con mirada torva pregunta qué chingados pasó. ¿No te acuerdas mi amor? Preguntó la melosa voz de la Paty, parada tras él previniendo que su tonelaje lo hiciera perder el equilibrio.
Javier rechaza el último beso de Paty. En lastimosa procesión caminamos a casa de Luz. Al llegar el tío de Oscar nos reprocha por llevarnos a su hijo a la parranda. Tuve que levantarlo a patadas, nos dijo, no quería trabajar el muy guevón. Dijo además que era hora de largarnos a donde sea, pero que no regresáramos.
Luz alcanza a despedirse de mí con una pregunta: ¿La Paty estuvo con ustedes? No entiendo lo que dice, pero creo que se debe a las pésimas condiciones en que me encuentro.
En silencio, tomamos las maletas y partimos. El camino a Monterrey es largo. Muy largo.
Dice mi tío que sólo pudo ser alguien de ustedes, el chavo lo que quiere es que le regresen la pulsera de plata y la camisa de franela, el dinero no le importa pero la camisa y la pulsera sí porque fueron regalo de su chava, nos dice Oscar.
Javier, Danny y yo coincidimos con la frase: no jodas ¿de qué hablas?
El chavo del departamento dice que el día de la borrachera se le perdieron una camisa, una pulsera y cerca de dos mil pesos que guardaba en un cajón y quiere que se los regresemos porque éramos los únicos que estábamos ahí. El dinero no le importa… quiere la camisa y la pulsera.
Carajo, yo me puse una camisa de franela que encontré en el closet ese día… demonios, creo que me la traje puesta, le digo a Oscar. Danny confesó. Yo tengo la pulsera pero no robé dinero alguno. Ahhh, pinche Paty, dijo Javier, con razón me dijo fue un placer, mi gordo, luego nos vemos…
Hay una denuncia por robo en la Ministerial, dice la mamá de Oscar. Que se jodan, digo yo, acá es Monterrey y no tienen jurisdicción. Probablemente no, dice la señora, pero pidieron la colaboración de la Ministerial de acá y se acaba de ir un agente después de preguntarme dónde vive cada uno de ustedes.
Pasan dos días en los que Danny compra cartón tras cartón de cerveza hasta que Javier le pregunta ¿de dónde sacas dinero para gastar? Danny dice que sus papás le mandaron algo de efectivo.
¿Y cómo va la bronca en San Luis?, me atrevo a preguntar… Yo no sé nada, dice Javier, los agentes ya fueron a la casa y mamá está enojada conmigo, casi no me deja salir a ningún lado.
Entonces tú amaneciste con Paty, dice el ministerial mientras comparte una sonrisa burlona con su compañero. Que no, le digo por enésima vez, fue Javier el que amaneció con ella.
Claro, dicen de nuevo ambos mientras murmuran ¿este es el pendejo que se acostó con la Paty?, ja,ja, ja.
Cuando se van, camino hacia el barrio donde nos juntamos, ahí están Oscar y Javier. Pregunto por Danny y dicen que sigue gastando dinero en las cantinas.
Pinche Javier, le reprocho ¿tú dijiste que yo amanecí con la tal Paty?
No, dice entre atemorizado y serio. No me jodas, Javier, sabes que de algún modo tú estabas abrazado a ella cuando desperté. No recuerdo, dijo. Mira qué cabrón… ¿y porque dijiste a los agentes que ella amaneció conmigo? Yo no dije eso, contesta. Con una chingada, dime pues qué demonios les dijiste…
Javier agacha la cabeza. Joto de mierda, le digo tras aventarle una colilla de cigarro.
Oscar nos pide calma. Hay que resolver esto. Danny ya me regresó la pulsera y creo que el dinero que gasta es el que se perdió, pero bueno, eso no importa porque aquel chavo no quiere el dinero, quiere la camisa y la pulsera ¿tienes todavía la camisa? me pregunta.
Digo sí y pregunto qué hay que hacer. Hay que llevárselas porque si no acá nos van a detener en menos de una semana, dice Oscar muy preocupado.
Yo no puedo ir, dice Javier. Mamá no me deja.
Yo tampoco porque mamá está igual, dijo Oscar.
Ni pensar en que Danny lo hiciera…
Debes caminar entre vías, más allá, unos 500 metros, porque el tren que llega de Nuevo Laredo viene lleno, pero muchos descienden aquí, dice un teporocho en la vieja estación del Ferrocarril, allá frente al Casino Ferrocarrilero.
No sé porqué le atiendo y comienzo a avanzar… el tren que va de Nuevo Laredo a la Cd. de México llega primero a Monterrey a cargar pasaje. Reduce la velocidad al entrar al andén y diez gentes incluido yo trepamos por las ventanillas para adueñarnos del lugar de quienes bajarán aquí.
Maldigo a la mamá de Oscar por darme dinero sólo para ir y venir, total, mi delito era una camisa y la pude mandar por paquetería…
Llevamos tres horas de viaje cuando decido que no puedo, en verdad no puedo dormir en ese asiento. Miro al pasillo y un anciano duerme de pie, colgado del pasamanos. Le cedo mi lugar… de inmediato hace un ovillo y comienza a roncar.
En cada pueblo sube alguien que vende quesadillas, tacos, carnitas que huelen delicioso y descubro que mi bolsillo no da para lujos. Muero de sueño y creo que dormir en el pasillo no es mala idea…
No sé cuánto tiempo transcurre cuando una voz intenta despertarme. Hey, chamaco, levántate, ya llegamos… abro lentamente los ojos y alcanzo a esquivar los pies que tratan de brincarme con la prisa de quien baja en San Luis. Dos garroteros me miran de manera divertida y les pregunto entre la modorra el motivo de la risa. ¿Eres tú el que se acostó con la Paty? Me pregunta uno de ellos. Chingado, que no… repito como lo hice con los Ministeriales. Sí como no, se dicen entre risas mientras se alejan.
No sé si eres valiente o pendejo, me dice el dueño de la camisa y la pulsera. ¿Sabes que puedo agarrarte a madrazos ahora mismo? Hazlo, contesto, me darás el motivo exacto para partirte la madre por meterme en una bronca que sólo en parte fue mía. Se le borra la sonrisa. Sabe que hablo en serio. Antes de cerrar la puerta del departamento, me pregunta con curiosidad, oye ¿es cierto que te acostaste con la Paty?
Con una chingada… que no, murmuro mientras regreso a la estación del tren con la seguridad de que algún día olvidaré este episodio de mi vida.
Llego al andén y los guardias cuchichean mientras revisan mi pasaje... “no estoy seguro, pero parece que ese es el bato que amaneció con la Paty… a ver, pregúntale… no, ni madres, pregúntale tú”.
Con una chingada… ya dije que no, no fui yo, fue Javier, entiendan, fue Javier.
Si, cómo no, dicen burlonamente.
Creo que ya es suficiente. Esta vez no cedo mi asiento a nadie y duermo las doce horas de vías que separan a San Luis de Monterrey.
La madrugada inicia cuando llego a casa. Mamá despierta y pregunta dónde demonios estuve y entiendo en la alegata que unos Ministeriales me buscaban para decirme que ya no hay problema alguno acerca de una denuncia por robo.
Cruzo la sala con lentitud… me duele todo el cuerpo. Con señas le digo que se lo contaré luego. Mi padre asoma discretamente por el hombro de mamá y pregunta con algo de temor y diversión: “Hijo, ¿es cierto que amaneciste con la Paty?”.
Que no, con una chingada, fue Javier, digo tristemente mientras pienso en darme un buen baño para quitarme de encima la suciedad que traje de San Luis. “¿Y te gustó, mi amor?” rezumban en mis oídos las palabras de Paty…

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada