El mariachi

Author: Zeth /

La boda transcurría como casi cualquier otra. Una nena en vestido rosa mexicano armó la algarabía de los machos asistentes: esas vueltas al bailar “no rompas más, mi pobre corazón, estás pegando justo entiéndelo” eran una delicia a la vista. Son blancos, dijo uno. Son rosas, dijo otro. No trae, aventuró el más degenerado.

Revisando cuadro a cuadro el bailable, ganó el apostador de los blancos. Traía unos mínimos panties blancos que sólo eran visibles cuando daba vueltas y ese vestidito rosa volaba ante nuestros ojos.

De ahí en adelante, no nos entusiasmaba ni la marcha de los meseros. La boda en sí era un aburrimiento y las cervezas estaban calientes. Además eran de a cuartito.

Hubiéramos traído unas caguamas, dijo Miguel.

Roy, el flamante esposo, veía pasar charolas y charolas con cartas de a cuartito sin poder tomar una sola: No te vas a empedar en nuestra noche de bodas, ¿verdad? Le sentenció su nueva mujer.

Esa niña de rosa me volvió loco, dice Miguel. Y a mi, dice Jorge. Y a mí, dice Sergio. ¿Ya vieron a la vieja esa de rosa? Pregunta Javi y todos volteamos a mirarlo fijamente: no, menso, estamos viendo a su novio…

Las señoras, como siempre, en alguna mesa criticando el vestido de la mamá del novio o despedazando el peinado de la mamá de la novia.

Todas ellas evitaban mirar a la nena de rosa que, sabiendo su poder de seducción, pasaba a cada rato dejando aroma de puberta recién graduada.
Ya es cancha reglamentaria, dijo Roy. Acaba de cumplir los 18.

Uh, entonces ya es muy anciana para mi, dijo Miguel ante la carcajada de todos. Yo sí le creí.

Al paso de las horas ya ni la nena de rosa nos sacaba de aquel marasmo. Todos queríamos irnos a otro lugar aunque no supiéramos a dónde. Las mujeres igual. Pocas (creo que sólo una de ellas y eso que no era su intención) podían competir con ella y estaban hartas de que nadie les dijera “hey, qué lindos tus zapatos” o “vaya que te ves bien con ese vestido”.

Ya ni el camarógrafo se ocupaba de documentar las vueltas de la nena al bailar. Perdió el encanto cuando supimos que traía calzones blancos.

Se escuchó entonces el Son de la Negra. ¡Llegó el mariachi! Gritó Miguel y todos volteamos a mirarlo fijamente: ¿en serio, baboso?

Apareció un mariachi vestido de un impecable blanco, tanto que cuando los reflectores iluminaban la pedrería de su vestimenta, te podías quedar tuerto o convertirte en estatua de sal, según la religión que profeses.

La voz cantante era potente. Mucho. Eso lo intuyeron las miradas bragueteras de las señoras que de pronto ya no se quisieron ir y encontraron que la boda en cuestión no estaba tan mal después de todo.

Voz cantante musculoso, con años de ejercicio o por lo menos dos semanas de esteroides hizo un poco más grata la estadía de las féminas ahí presentes mientras nosotros gruñíamos armados de una cerveza caliente.

Cantaron, bailaron, gritaron, pero pocos supieron si los novios lo disfrutaron o no: las mujeres miraban a la voz cantante, nosotros las vigilábamos a ellas y de reojo veíamos a la nena de rosa.

Volvieron a tocar el Son de la Negra y se aprestaron a retirarse. La nena de rosa no quiso desaprovechar la oportunidad de aprender a tocar trompeta con un mariachi y alcanzó a la voz cantante casi a la salida.

Regresó sin prisa y se dirigió hacia nosotros. Se acercó a Miguel y le preguntó ¿cómo te llamas? El se sorprendió y cuando todos apostábamos a que por fin daría fin a su voto de Celibato, ella le dice “te habla el mariachi que canta, dice que si le puedes dar tu teléfono….”.

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