¿Dónde vas a dormir esta noche...?

Author: Zeth /

El calor de la tarde es insoportable. Los bocinazos de la gente desesperada dejaron de importarme hace 15 minutos, cuando descubrí que sería difícil avanzar en ese congestionamiento diario de Gonzalitos entre la 1 y las 3 de la tarde. A mis costados los conductores asumen la postura que tengo yo: indiferentes ante la lentitud con la que avanzamos.
Me entretengo escuchando una canción de Nacho Vegas en mi celular y reprocho que jamás compré una radio deseable para el auto. Nah, después de todo ni me gusta la radio comercial y detesto las canciones rosas.
Avanzamos un par de centímetros en el ardiente asfalto. Bostezo. Tomo un sorbo de agua y comienzo a calcular la raiz cuadrada de la placa del auto que está frente a mi para no quedarme dormido. Es un Bora blanco, impecable.
Dice Nelly que siempre admiró mi capacidad para realizar cálculos numéricos mentales a la hora de surtir la despensa… pocas veces sobrepasé el total de lo que traía en el bolsillo y una vez la cajera me dijo, “oiga, la cuenta es de 839.50 y usted trae bonos por 840… ¿cómo le hizo?”. Nunca lo supe, quizá trato de sobrevivir en este mundo cuando los demás tratan de evadirse de él…

-oOo-

Termina la canción de Vegas y apenas avanzamos un par de metros. Comienzo a impacientarme y en un alarde de osadía cambio de carril y con el atrevimiento me llega un recordatorio maternal. Por supuesto que puedo bajar y encarar a ese imbécil, pero luego pienso, demonios… yo no tengo madre.
Diez minutos más y avanzamos tres metros a lo mucho. Me aburre ya calcular raíces cuadradas y se me quitan las ganas de escuchar música, entonces decido adivinar la vida de los que me rodean en este infernal tráfico.
Delante mío hay un tipo con una camioneta Ford del 74. Camioneta vieja llena de trabajadores cuyas caras me gritan “no toques el claxon, guey… pasamos muy mala noche”.
Un par de caguamas que pasan de mano en mano confirman mis sospechas.
El conductor mueve la cabeza de lado a lado porque sabe que ese día llegarán tarde al trabajo y muy seguramente les rebajarán algo de dinero… dinero que necesita porque su mujer últimamente se ha puesto bastante brava y no por el hecho de que la crisis económica haga mella en su familia, sino porque se enteró que llevó a sus empleados a un table en donde gastaron lo que quedaba de la semana.
Tras de mi un auto compacto color gris muestra un conductor desesperado. Es el que me mienta la madre cuando invadí su carril. Hago la seña de que no vale la pena hacer corajes porque todos estamos atorados pero al ver sus manoteos no me queda más que voltear a mi lado derecho.
Ahí está el Bora. Impecable.

-oOo-

Su mirada sin brillo impresiona. Cuando mis ojos me miran, se asemejan a esa mirada. Su cabello es castaño claro, largo y bien peinado. Su tez es blanca, muy blanca pero bajo sus ojos hay una sombra oscura.
Me llama la atención que parece fuera de este mundo, parece no darse cuenta de que estamos avanzando a media rueda y ella sólo oprime el acelerador y el freno al poco tiempo. Nada hay fuera de su auto que pueda sacarla de sus pensamientos.
Hay escolares saliendo del CUM en ese momento y muchos conductores maldicen su suerte cuando ven salir gente satisfecha luego de darse un atracón de cabrito en el restaurante que está metros adelante. El Bora y mi auto vamos paso a paso y ni así se digna a mirarme.
De pronto se escucha un estallido y a como están las cosas acá, muchos conductores se agachan. A mi el ruido me toma por sorpresa y desacostumbrado a esas situaciones, bajo del auto a ver qué rayos pasa.
El Bora tiene humo en el cofre. La psicosis se presenta y los autos tratan de alejarse lo más pronto posible sin saber qué pasa y sin saber qué ocurre.
Parado en la puerta de mi auto trato de ver la escena, pero el del coche compacto color gris que venía tras de mi comienza a pitar de manera enloquecida el claxon tratando de salir de ahí.
Me acerco al Bora y la mirada sin brillo de la mujer adivina la mía…

-oOo-

Parece que trae un sobrecalentamiento, le digo. ¿Qué año es su coche? pregunto después de empujar el auto hacia la orilla. No lo sé, responde. Ah. ¿y le dan mantenimiento seguido? No lo sé, responde de nuevo. Oiga, digo ya fastidiado, ¿aparte de gasolina le pone agua y aceite a su coche?
Estalla en llanto.
Qué pendejo eres, me digo…
No sé si acercarme. No sé si debo disculparme.
¿A dónde se dirigía? Pregunto con voz muy baja. A ningún lado, me responde.
Bueno, si no va a ningún lado puedo llevarla, sólo hay que hablar a una grúa para que se haga cargo de su auto.
Haga lo que quiera, dijo su mirada.
La torreta de la grúa se aleja con el Bora que aún arroja vapor por alguna de sus mangueras mientras ella se acomoda en mi sucio auto. Usted disculpe, es que ¿sabe? poca gente sube en ese asiento.
No responde y sus ojos fijos sólo miran al frente.
Vive en la colonia Obispado. Dice que no sabe porqué estaba manejando y no recuerda si el auto es de ella. Es una hermosa mujer. 38-40 años, distinguida, muy bien vestida y con un aroma excitante. Cuando paramos frente a su casa duda en salir del coche. La grúa viene tras nosotros y se acomoda para bajar el Bora. ¿Quién va a pagar? Pregunta el insensible conductor.
Ella entra a la casa y sale minutos después. Liquida los 540 pesos que le cobra la grúa y se acerca a mi ventanilla.
Me da un beso tierno en la mejilla y se va sin decirme quién es o cómo se llama.
Camino al trabajo, en mi celular se escucha “… ni se te ocurra soñar conmigo….”.

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