Infortunio

Author: Zeth /

No pasa nada por beber a solas...



Pero… vas a volver, ¿verdad?
No lo sé, chava, el camino a Jalisco tiene muchas veredas y entresijos, puede que me quede en Ojuelos o Lagos de Moreno… hasta San Juan de los Lagos con todo y sus iglesias es una buena opción, ese tacto en sus viejos templos siempre ha sido motivante para alejarse del catolicismo… ¿quién puede saber dónde está el verdadero Dios si no le da por buscarlo? En ese camino muchos nos perdemos y quizá nos acerquemos a la santidad, pero es algo que probablemente no entenderías porque tu mundo es real y yo trato de imaginar cómo construyo el mío…

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Zapopan es tierra de narcos. Narcos sin futuro porque mueren como los que hay en Monterrey: muy jóvenes y con familia a cargo. Los narcos viejos viven muertos en alguna prisión porque tienen la sensación de seguir controlando un mercado que no pueden ver porque los guardias se lo impiden.
La tierra de los Malboro, solía leer a la entrada de Zapopan. Nunca me fui de Jalisco. Quizá tuve dos años cuando me largué para no volver, pero cuando lo hago parece que nunca me moví de acá: En Jalisco todo es tan igual, las bardas de adobe encaladas y ahora sobrepintadas con propaganda política
Los autos se quedaron a finales de los años 60. Hay Buicks, Impala, LTD, Chevelle, Dodge y la inevitable copia del Mercedes Benz a cargo del ingenio mexicano: el Borgward.
Los camellones de la ciudad permanecen igual, con un pasto seco que al respirar se mete por la nariz si llevas la ventana del autobús abierta. Los negocios de tortas ahogadas son tantos que abundan y sobra decir cuál es mejor de todos: todos te provocan amibas y ataques de diarrea, así que si estás estreñido, ya tienes una solución en la tierra de Jalisco.


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Claro que voy a volver, digo sin convencimiento, como casi todos los días. Ella cierra la puerta con la firme idea de que por la noche no volveré. A veces trato de no hacerlo y me quedó hasta la madrugada para asegurarme que hay un nuevo sol y sí, con todo y que algunos días bajan las nubes acá y de pronto me bañan de lluvia, sé que detrás de ellas está un sol por ahí.
No sé si vaya a volver, pienso ¿a dónde más puedo ir cuando no tengo a dónde ir? Y entonces me reprocho por culpar de mi infortunio a quien no es responsable de mis desvaríos.
Mientras manejo de regreso siempre cargo una mirada oscura sobre mi espalda. Esta noche decido que es bueno tomar una cerveza. Ya no lo hago como antes y eso se refleja en la ropa que ya no me queda.
Decían algunos amigos que tomar solo equivale a ser un pinche alcohólico. Ahora les afirmo: No pasa nada por beber a solas.
Llego al depósito de licores y en vez de cerveza cargo con un buen Jack Daniels. No sé porqué presiento que esta noche debo celebrar algo así que la elección es correcta: un buen Jack hará que mi auto parezca el Ferrari que maneja Al Pacino en “Scent of a Woman”.


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La niña tiene 7 años. Es hija del vecino y sale de la tienda que está al lado del depósito de licores. Su mamá me saluda alegremente y yo trato de esconder al buen Jack mientras contesto el saludo.
Hace mucho que no te veo, me dice. ¿Qué te has hecho?
Pues lo mismo de siempre, digo con una sonrisa fingida, tratando de no morir cada día.
Tú siempre tan pesimista, contesta, deberías leer buenos libros como el de “¿Quién se llevó mi queso?” o el de “Caldo de pollo para el alma” para que veas que vivir vale la pena… ¿qué estás leyendo ahora?
Me da pena decirle que cargo un libro de Cortázar y la biografía de Joaquín Sabina, así que le comento que leo “Un grito de esperanza”.
Ah, sí, el de Carlos Cuauh…. ¡Hey, cuidado….!
Volteo a ver y la mirada me refleja a su hija caminando hacia el auto familiar. Una camioneta blanca se acerca de prisa y sin frenar.
Siento el golpe en plena cabeza. Alcanzo a mirar que la niña está a salvo del otro lado de la acera. Mi botella de Jack Daniels sangra por el pico roto…


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No puede llevar esa urna en el camión porque la gente ya se puso nerviosa y me piden que baje aquí mismo, dice el conductor del Autobuses de Occidente justo cuando llegamos a Zapopan. Lo miro y no sé qué responder. A mi me encargaron traerlo, pero pues en verdad no sé qué se pueda hacer en estos casos, dice una apagada voz.
La última vez que leí “La tierra de los Marlboro” fue esa tarde. Luego se hizo de noche y sentí frío cuando comenzamos a andar de regreso al norte. Varias veces te ví con ganas de abandonarme en ese camino, hasta que lo hiciste.
Estábamos en San Juan de los Lagos cuando te miré dejarme. Desde aquí podía ver la catedral de la Virgen hasta que unos niños desarrapados tiraron mis cenizas al suelo y hacían planes para ver en cuánto venderían esa urna.
Pero… vas a volver, ¿verdad? Se repetía esa frase en el polvo que llena el camino que lleva a Jalisco, la tierra del infortunio.

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