La Soledad

Author: Zeth /

¿Quieres casarte conmigo? Dijo así, de la manera más impersonal posible. Soy salvadoreña y te puedo conseguir un TPS, siempre y cuando vivas conmigo.
Seguí mirando la televisión. La mujer era guapa a pesar de ser salvadoreña.
Esperaba escuchar mi nombre por el megáfono para largarme de ahí, lo mismo me daba ir al Reliant Stadium que al Academy. Traía una camisa blanca recién comprada en la tienda del Ejército de Salvación en la Long Point, justo al lado de la carnicería donde trabajaba Ramiro.
El flamante logo de un club de golf me hizo sentir importante hasta que una voz dijo mi nombre. Ese soy yo, dije con la mano en alto. ¿Sabes inglés? Preguntó el megáfono. Un poco, contesté.
¿What day is today? Preguntó de nuevo una voz como de cincuentaytantos años que debía lidiar con centenas de indocumentados y uno que otro visado, como yo.
Friday, contesté de lo más tranquilo.
¿It´s a raining today? Preguntó de nuevo.
No, there´s a shining day out there.
Ok, contesto la voz, te vas a la Academy.
Hey, protestó la vocecilla salvadoreña, yo hablo mejor el inglés que este tipo.
Bien, si quieres batallar con negros ex presidiarios que te manosearán las ocho horas de trabajo, adelante, toma su lugar.

-oOo-

Los negros son buena gente, siempre y cuando no trates de parecer superior a ellos. Nunca lo han soportado y menos de un mexicano. Cuando llegué al puesto de trabajo, había un decálogo de cómo hablar en español. Para pedir huevos estrellados en español, había que hacer malabares tipo “em… ok… em…. am… web us straight at us?”.
Hasta eso, me tocó un negro simpático. Más de 60 años y hablaba muy pausado, de manera que entendía perfectamente cuando me pidió subir a checar la línea para evitar que el cartón del desperdicio se atorara.
Luego me enseñó cómo comprimir el material y almacenarlo. En una de esas, la máquina que comprimía el desperdicio dejó de funcionar. “Damn”, dijo el negro, “what a fuck…” y se asomó a la máquina. Un negro de más de 60 años no puede tener un buen control de esfínteres, así que se le salió un sonoro pedo al agacharse. Volteó hacia mí y no pude saber si le dio pena o no: los negros no reflejan color alguno.
“Em… ok… em… am… maybe work, dont´ya?” le dije sin convicción. La sonora carcajada de ese negro añejo me dijo que ya tenía un amigo.

-oOo-

La salvadoreña lleva dos días sentada en esa agencia de empleo. Es linda. Mucho. Y eso la envalentona para decir en voz alta que está dispuesta a casarse con cualquiera a cambio de 5 mil dólares, pero aclara que no habrá cópula con ella: sólo el TPS.
La gente reunida ahí en busca de empleo, con un Social Security falso, simplemente ríen de ella. Está pendeja, dicen, si aquí hay jale ¿porqué habría de darle 5 mil dólares y además sin acostarme con ella?
La salvadoreña se acerca y pregunta dónde vivo. Aquí a dos cuadras, le contesto. ¿Y qué música escuchas? Pregunta.
No chava, conmigo te equivocas, no pagaré 5 mil dólares por estar de legal acá.
Se alejó cabizbaja.
Nunca supe si buscaba dinero o compañía, tal como ahora la busco yo…

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