Porque las cosas cambian...
Cambié la llanta izquierda del coche. Tenía una bola producto de una defectuosa alineación y un peor manejo… ya no distingo por las noches los bordos que me hacen saltar y pegar en el techo del auto. Además, sospecho que esos rines que algunos dicen son bonitos (son re nacos, me cae, pero no tengo dinero para cambiarlos) dañaron irremediablemente la suspensión y ahora gasto más en llantas que en alcohol. Eso ya es mucho decir.
Cambié la tarjeta madre de mi computadora. No puedo deshacerme de esa perenne necesidad de velocidad y creo que ya exagero. Casi cualquier máquina me parece lenta y por más que le pongo y le quito cosas, me sigue pareciendo lenta. Ah, pero me consuelo cuando enciendo la máquina de Gil: qué demonios le pasa a ese equipo que tienes que decirle “ándale chiquita” para que comience a trabajar normalmente. Eso pasa cuando ves porno a escondidas. Yo por eso no me escondo.
Cambié mis zapatos de minero por unas confortables sandalias que me ventilan hasta el dedo chiquito. Gracias a eso gané un par de fans, pero perdí a otras que pudieron ser interesantes. Ahora manejo por la ciudad enfundado en sandalias y al llegar al trabajo me pongo de nuevo los zapatos de minero. Parezco una dama con tanto zapato en mi auto. Pero ¿qué emoción tendría esta vida si no sabes cambiarte el calzado en un auto en marcha?
Cambié, en forma definitiva, mi panza de borracho. Ya consumo poca cerveza y la cambié por unas piñas coladas deliciosas que vende el vecino de al lado. Esas piñas coladas hacen las veces de un buen laxante, obviamente son más ricas. Además tomo como cuatro o cinco litros de agua al día, el problema es que tengo que pararme cuatro o cinco veces al baño durante la noche. Puede que esa sea la razón de mis ojeras. También puede que la razón seas tú.
Cambié de servicio telefónico y de Internet. Ahora nadie puede localizarme porque tengo un nuevo número además de la ventaja de tener un servicio de Internet súper veloz. Puedo hacer el trabajo en mi taller y aparecer un par de horas en esa redacción que duele y apesta. A Gerardo no le gusta, pero todos deberían saber que eso no me importa.
Cambié mi actitud con la gente que se cree dueña del mundo sólo por su bella cara. Hay una recepcionista nueva, no sé su nombre, y no me interesa averiguarlo, que durante dos sábados seguidos preguntó mi nombre, mientras coqueteaba con dos o tres imbéciles que revoloteaban a su alrededor. Ya te lo dije dos veces, le dije serenamente: no te lo diré una vez más, aunque me digas “porfis”. Estoy seguro que ahora sabe bien cómo me llamo.
Cambié mi estilo de trabajar. Ahora lo hago más rápido y de manera más eficiente, según yo. Me levanto más temprano para ver las noticias antes de meterme en ese mundo de letras, fotos e información y de ese modo ya sé a lo que me voy a enfrentar día con día. Ya no me peleo con el jefe, simplemente le digo que tiene los empleados que paga. Pagas mal, tienes un mal empleado. A veces he tardado hasta tres o cuatro días en cobrar mi sueldo… haz tu propia deducción.
Cambié mi estilo de vestir, antes no me importaba y ahora sí. Trato de sentirme cómodo conmigo mismo y mi ropa y eso se refleja en la mirada de algunas mujeres que antes no me miraban. Pero no, no te equivoques, no lo hice por eso, lo hice porque me siento muy cómodo con mi ropa y lo que piensen ellas o dejen de pensar, realmente no me importa.
Cambié muchas cosas. Seguiré cambiando todo lo que me hacía desear morir. Hoy no tengo ese deseo. Pero lo que no puedo cambiar, es mi amor por ti…

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