Piliscsév, Hungría

Author: Zeth /

En todos lados se cuecen habas, chavo…

Ahí hay muchos eslovacos, chavo (no soy chavo, le he dicho un par de veces, soy mucho mayor que tú así que decirme chavo es una especie de indiferencia que raya en el insulto). También hay muchos ucranianos y rumanos, vaya, hay toda clase de europeos orientales que ya no diferenciamos de dónde es quién en Piliscsév. Ahí es una aldea donde viven más de dos mil gentes y cuando eso sucede, los pobladores cercanos llegan en montón… ¿qué quiere decir montón?

Me cuenta que en Hungría las posibilidades de vida son nulas. No alcanzó a cursar una carrera, pero a los 18 de inmediato se dio cuenta de que Piliscsév no era un lugar para vivir. Para colmo se enamoró de un ucraniano sin saber que lo era y en su aldea la tradición es que te cases con quien eligen tus padres. Por supuesto que ellos eligieron al húngaro vecino que les daba como dote un par de vacas y una hectárea de sembradío.
Yo no estaba hecha para esa vida, dice.

La interrumpo. ¿Y cómo es que escribes tan bien el español? Cuenta que el lenguaje en Hungría es derivado de lenguas romances muy cercanas al latín, así que no es tan difícil aprender, además ya lleva poco más de un año acá y sabe casi todas las palabrotas en español. Eh, pero no sabes qué quiere decir montón, le digo divertido…

Cuando sus padres dijeron que debía casarse con Ferenc, protestó porque ella ya estaba de novia con Leo, el ucraniano llegado de una ex aldea rusa a buscar mejor trabajo en Hungría.
Los padres enfurecieron y mandaron a sus hermanos a golpear a Leo.
Fue como llegué acá, me dice. Seguí las instrucciones de Leo cuando lo visité en el hospital y pregunté cómo había llegado al pueblo.
Un anuncio por Internet.
Busqué en la red algún anuncio que me convenciera y encontré este, mira, te lo voy a copiar para que veas lo que decía:
“Solicitamos modelos con buen cuerpo para publicidad comercial en México, contactar en el correo….”.
Escribí. Mandé un par de fotos y al siguiente día me mandaron dinero para sacar el pasaporte y varios boletos de avión. Nos trajeron a cinco mujeres en varios vuelos por toda Europa hasta que llegamos a Houston, ahí me di cuenta de que nuestra vida sería igual o peor porque había unas mujeres preciosísimas y no tendríamos oportunidad de competir contra ellas.
Aquí no es donde trabajarán, dijo la persona que nos recibió. Esperen a llegar a Monterrey.

Tu ciudad es muy calurosa, dice, ahora entiendo porque la gente tiene el tono de piel oscura. Allá en Piliscsév casi no hay sol, un mes al año y no quema, por eso todos los de allá tenemos la piel transparente. No seas imbécil, no somos vampiros, ellos son de Rumania.

¿Qué si extraño algo de allá? Pues sí… cuando llegué acá junté dinero para traerme a Leo, pero en la última comunicación que tuve con él dijo que se había casado con mi hermana. Pero ¿cómo? le pregunté, si mis papás no me dejaron a mí casarme contigo.
Bueno, dijo, es que logré comprar cuatro vacas y dos hectáreas de tierra…
Ah.
Y, pues, aquí estoy, sin esperanza de regresar a Hungría porque ya no tengo nada allá. Ah, sí, eso sí, tengo dinero, poco, pero no puedo salir a gastarlo porque no nos dejan salir del departamento. Conseguí un novio por acá, pero al poco tiempo me dejó por una yugoslava que recién llegó. Como te digo, en todos lados se cuecen habas, chavo…
Chale... no me digas chavo. ¿Qué es chale? dice.

¿Y cuándo te conoceré? pregunta antes de tomar su turno en la pista de baile.
Cuando conozca Piliscsév, respondo.

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