...La mujer del tiempo anuncia un vendaval
Luis tiene 21 años, apenas uno más que Iván, pero él no tiene la mirada ensoñadora y aún infantil del amarguetas que duerme de día y vive de noche.
Luis se arma historias diarias que lo llevan a ningún lado porque hoy ya no recuerda la mentira que inventó ayer y la de hoy será por demás contradictoria con la de mañana. Luis cree que no nos damos cuenta, pero algunos tenemos una infinita bondad con la gente que miente: simplemente pasamos el capote por su lomo, sin mancharnos de sangre, y los dejamos ir... como cualquier toro de lidia, los que mienten saben que su único e invariable final será el sacrificio.
Luis llegó frente a mi puerta un día y dijo que era especialista en lavar autos. Yo le miré y si hay personas que no tolero en el mundo, son los que se atreven a decir que mi auto es un cochinero viajando por la ciudad. No me interesa, le dije tras dejar de mirarlo.
Se fue sin comentario alguno. Minutos más tarde, llegó Arturo y dice que no sea gacho, que ayude a Luis porque se acaba de quedar sin trabajo. Según Arturo, Luis era auxiliar de contabilidad en una tienda de ropa y por motivos de crisis económica de pronto se vio un día en la calle, cargando en una mano cubeta con polish, cera, shampoo, cepillos y esponjas y en la otra mano una aspiradora según él tan potente que te absorbería un ojo si quisieras asomarte a ella. Pregunto ¿a quién le interesa asomarse al interior de una aspiradora? Eso es obsceno e insano...
Ok, dije a Arturo, le diré que lave mi auto pero sólo por cuestión de humanidad porque si hay algo que adoro en este mundo, es hacer las cosas como yo quiero y si eso incluye no lavar el auto, merezco respeto.
¿Trescientos pesos...? tú debes estar loco, le digo a Luis. Yo jamás pagaría cifra semejante porque alguien me lave el auto. Vamos, te la pondré fácil: un día Nelly me pidió lavar su coche, puedo hacerlo, le contesté, pero eso te costará un par de caguamas. Trato hecho, me dijo. Luis ¿sabes cuánto cuesta un par de caguamas? si lo sabes, y lo sé porque hueles a cerveza. Ajá, cuestan 37 pesos, así que si sabes algo de matemáticas, sabrás que me quieres cobrar poco menos que el mil por ciento que cobré yo algún día. Definitivamente no me interesa.
Bueno, dijo Luis ya confundido, pero tú eres amigo de Arturo y a los amigos les cobro la mitad. Yo no soy tu amigo, dije. Pero eres amigo de Arturo y eso te convierte automáticamente en amigo mío.
Hay argumentos que conviene mejor no discutir y con tal de quitármelo de encima dije, "ala, majo, que se hace tarde". En sus ojos leí "y este pinche loco de qué me habla...".
Luis hizo un buen trabajo. Este auto te da un par de chicas por kilómetro, pero estaba demasiado marrano, ahora ya puedes salir a galanear, me dice tratando de hacerse el chistoso.
Le pago y doy por terminada nuestra relación laboral, pero me lo encuentro en menos de cinco minutos con un par de caguamas en la mano. Qué... ¿nos la chupamos? eso me recordó un mal chiste: em... ¿las caguamas son para darnos valor o para enjuagarnos la boca...?
Las dos caguamas se multiplican aritméticamente y se vuelven cuatro y luego seis. Luis ya casi se gastó lo que le pagué por lavar el auto. Platica historias incoherentes acerca de que trabajaba en C&A no como auxiliar de contabilidad sino como empleado de piso. Dice que su novia está de visita en Beijing con su hermano que cursa una carrera allá. Asegura que ella lo quiere mucho y por nada del mundo lo dejaría a pesar de que ella estudia en el Tec y el lava autos.
Luis ya no puede sostenerse en pie, pero asegura que dejó la prepa para ser una especie de gigoló.
Le comento que eso puede ser más placentero que andar lavando autos. Te equivocas, dice, te encuentras con cada vieja sucia... No puedo menos que coincidir con él.
¿Y no piensas seguir en la escuela? no, dice lacónicamente, ya tengo 21 años y me sentiría extraño en un salón de clases.
Luis inicia una perorata acerca de lo que es su vida, la de su novia, la de sus amigos y la manera en que peleaba con sus padres porque ellos querían que siguiera en la escuela.
Escuchando su plática, Luis me hace pensar que es este un mundo extraño, donde hay gente que deja pasar la última oportunidad de ser feliz, mientras otros caminan primero, luego corren, buscando la casi exacta posibilidad de ser infeliz.
Luis tiene 21 años y se retira tambaleándose. Todavía tiene voz para pedirme cien pesos prestados que, por supuesto, se los niego.
Luis es un prospecto de alcohólico que no escucha la voz de la mujer del tiempo que dice que se le acerca un vendaval...

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada