Canción de palacio # 2

Author: Zeth /

Y a veces oigo a las ratas que roen la pared

Noté que era linda desde el preciso instante que entró al cibercafé. A pesar de su pants de color celeste deslavado y con sospechosas manchas, su blusita hacía contraste por su blancura.
Tiene el cabello castaño atado con una liga y su cuerpo no tenía más peros: en verdad era linda con esos ojos verdes marinos y sus labios rosas.
Hey, me dijo divertida para quitarme lo embelesado, ¿te interesan estas tarjetas de acceso a Internet?
Por favor, le dijeron mis ojos… mira a tu alrededor, tengo 7 máquinas funcionando con acceso a la red… ¿porqué habría de comprarte esas tarjetas?
Bueno, puedes venderlas aquí, me dijo todavía sonriendo. Ah, le contesto, o sea que les vendo tarjetas de acceso a Internet para quedarme sin clientes, ¿es así?
Avergonzada, deja de reír, pero su mirada es muy coqueta. Necesito dinero, dijo mientras voltea nerviosamente a mirar un auto blanco con tres sujetos de no más de 20 años.
Lo siento chava, no puedo ayudarte.
Por favor, dicen sus ojos…
Lo siento… no puedo.
Sale apresuradamente del ciber y sube al auto.
El reloj marca las tres de la tarde de un día muy caluroso y tengo que salir de aquí.
Cinco horas después regreso.
Un minuto después regresa ella.
Viene ahora recién bañada y con un aroma corporal bastante excitante. Ya no trae el cabello atado y sus piernas brillan bajo una breve falda de mezclilla. Tiene unos pies demasiado lindos.
Ya te dije que no necesito esas tarjetas, le digo.
Hace una mueca y dice que ahora no viene a ofrecer nada, que sólo necesita conectarse a Internet.
Ok. Le libero una de las máquinas y me olvido de ella.
Son casi las 11 y es la única cliente del lugar. No me desespero porque finalmente casi siempre duermo a partir de las tres de la mañana, así que aún dispongo de cuatro horas.
Poco antes de las 12, sacude su cabello, alisa su falda, se acomoda los pechos y se acerca a pagarme.
¿Cuánto te debo? dice.
30 pesos, contesto ya sin mirarla.
No tengo dinero para pagarte, dice.
Bien, regresa cuando lo tengas, por mi no hay problema.
Nunca tengo dinero, dice mientras pone su mano en el monitor de mi computadora.
La miro lentamente. De verdad que es linda. Piel muy blanca, aroma muy excitante, cabello muy bien cuidado y labios demasiado rosas como para no besarlos. Lo único que desentona es su mirada sin brillo y las ojeras que le atacan los verdes ojos.
Bien, no me pagues, le digo, esto es cortesía de la casa.
Puedo pagarte de otra forma, dice coqueta.
No es necesario.
¿No te gusto?
Sí, me gustas, pero no veo a dónde va esta plática.
Puedo quedarme contigo.
No quiero.
Si quieres.
No, no quiero.
Mueres por mí.
Ya estaba muerto antes de que llegaras, que seas linda no hace diferencia…
Hace un gesto de fastidio y dice que necesita droga.
Lo sabía. No tengo nada para darte, en ningún sentido, lo más que puedo hacer es llevarte a tu casa.
No puedo llegar, no así.
No puedo hacer nada más por ti entonces.
¿Podrías darme un abrazo?
Claro, siempre y cuando te sea necesario.
Lo es.
La abrazo y siento su cuerpo tibio, palpitante, sollozante. Se aferra a mi cuello y trata de besarme, pero se arrepiente y me suelta.
¿Me llevas a casa?
Claro.
Vivía en Cumbres segundo sector.
La siguiente vez que la ví, estaba muerta. Una ocasional pareja le consiguió algo de coca y tuvo una sobredosis.
Su cuerpo desnudo estaba bajo un puente cerca del Libramiento Noreste, en Ciudad Mitras.
En las fotos periodísticas se veía igual de frágil como cuando aquel día entró al cibercafé.
No tengo ninguna duda que era una mujer muy linda.
Tampoco me queda duda que de haberme quedado con ella aquel día, habríamos muerto los dos en ese abrazo que aún ahora siento alrededor de mi cuello.
Lo siento, Alejandra.

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