Ella

Author: Zeth /

Look inside the mirror, but I don't know who I see.
Smoke another cigarette, a smile holds back the tears.
These contradictions seem to be the story of my life.
A simple man with memories of those long lost golden days.
I close my eyes and slowly driftaway.

Cuando llegué a la cima del Boulevard Acapulco, ya estaba ella en el lugar, con su cuadernillo de notas y tomando datos, pero con un enorme pesar en la mirada.
Le pregunto que quién es el 51. Me mira curiosa y dice “¿el qué….?”. El 51 le repito, tú sabes ¿no? La jerga de los reporteros de policía…
Ah, responde, es que yo no soy reportera policiaca, soy de Cultura. Ah, contesto del mismo modo… y supongo que esta nota saldrá en la sección Cultural ¿Qué no?
Trata de sonreir, pero no puede. ¿Te pasa algo? Pregunté por fin.
Es que la persona que está ahí, muerta sin remedio, era vecino mío y todos los días me lo topaba por estas calles, los dos vivimos aquí abajito en Las Brisas y pues simplemente sí me afectó hallarlo de pronto ahí tirado, ya sin vida, con el rostro de que…. caray, no sé porqué te platico esto, no sé ni quién eres.
Soy reportero también, y aunque no lo creas, también soy de la sección Cultural en otro periódico, pero circulaba por aquí y me llamó la atención el tumulto, así que bajé para averiguar qué pasa y porqué tienes el rostro desencajado.
Ella contó entonces que a diario pasaba por el lugar y miraba a su vecino trotar por el parque ubicado al otro lado de la loma, ahí en Garza Sada. Cuando vengo del trabajo, decía, paso por aquí y siempre lo saludaba. Era un vecino de la misma calle donde vivo y duermo, pero además de eso tenía una historia muy triste: a su hija la secuestraron un día y no pudo pagar el rescate. La encontraron muerta “presumiblemente” ahogada en una alberca… su esposa no soportó la pérdida y luego de tratar de encontrar solución con algunos psicólogos, decidió que ya era demasiado y una pistola fue su alivio. Mi vecino cayó en un estado de total depresión y encontró de pronto que la mejor manera de curar algunos males era salir al aire, caminar, escuchar la música que canta la tarde cuando quiere ser noche, y sin embargo le detectaron un mal cardiaco. ¿Ves el frasco de pastillas que trae en su mano? Posiblemente no alcanzó a tomar el medicamento… dicen que murió de un paro cardiaco… yo digo que se le partió el corazón.

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Es el evento anual de recolección de fondos de la Cruz Roja. Cuando llegué a la cima de la colonia Anáhuac, ya estaba ella en el lugar, con su cuadernillo de notas y tomando datos, pero esta vez me saludó con un beso en la mejilla. ¿Qué te habías hecho? pregunta. Pues nada, aquí tratando de conseguir noticias, pero oye… apenas hace dos días que te conocí ¿cómo que qué me he hecho?
No me hagas caso, dijeron sus lindas mejillas. Una voz nos dice que el evento ha terminado y que en la mesa hay bocadillos para todos. Muero de hambre, dijo, pero en el periódico no me permiten recibir obsequios. Sólo estamos tú y yo, le comento… y yo no diré nada.
No puedo, dijo resignada… ¿me invitarías a comer? Por supuesto, le digo, larguémonos de aquí y vamos a comprar una buena comida corrida. Bien, contestó ella, pero yo pago el taxi, al fin y al cabo que ese sí lo cubre el periódico.
Comimos una milanesa empanizada acompañada de arroz y frijoles. La tarde se nos fue de tal modo que a las 7 de la casi noche ella recordó que debía cubrir la presentación de la Sinfónica de la UANL en el Teatro Universitario.
Con temor, pregunta que si puedo acompañarla. Mis ojos le dicen que no podrían dejar de ver los suyos en tan poco tiempo. Vamos allá y sirve que consigo una nota más.
Hay reglas no escritas en la presentación de una Sinfónica, me explicó, no llegues tarde, no aplaudas hasta que llegue el intermedio y por favor, no grites “bravo, bravo…”.
Entiendo.
La Sinfónica es sencillamente impresionante. Jamás había escuchado una armonía como aquella en la música y como tal me emocioné y tomé su mano. No la retiró y, al contrario, se recargó en mi hombro.
Terminó la presentación y dijo que si podíamos caminar a su casa, a pocas calles del lugar. Tomé de nuevo su mano y avanzamos platicando de niñerías y cosas sin importancia. Al llegar, un tipo completamente ebrio le reclamó el porqué la llevaba yo tomada de la mano. Ella no supo explicar y sólo dijo: tú ya no eres más mi novio,
Discutieron agriamente hasta que el sujeto se fue.
Ella, avergonzada, dijo que me pediría un taxi para que me llevara a la casa. No es necesario, le dije, sé cómo llegar desde acá.
Otro sujeto de mayor edad pero en igual estado de ebriedad sale de su casa y me dice que si quiero una caguama… es mi padre, dice ella.
Agradezco la invitación, pero le digo que es hora de dormir.
Ella me abraza y besa mi mejilla. Siento que una lágrima nos une y le digo al oido que no se preocupe, que mañana las cosas irán mejor.
Mañana salgo de vacaciones, dice, visitaré a unos familiares en Denver.
Te extrañaré, le digo nuevamente al oido.
Ella tiene un nombre. Pero es un nombre tan especial que no pronunciaré o escribiré jamás.
En Denver tuvo un accidente automovilístico… dicen que murió por las múltiples lesiones… yo digo que se me partió el corazón.

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