The Game Day

Author: Zeth /

En un lugar rodeado de montañas donde lo impredecible es una posible realidad, sentarse a mirar un juego de futbol puede resultar una riqueza anecdótica que nos dará de qué hablar por lo menos una semana. Poco importa la lluvia de balas o que el PIB se desplomara con cargo a la influenza: esos temas son para los políticos, acá tráeme una cheve y unas cocas para mis chavos y que de la política nacional y la seguridad local, pues que se ocupen quienes se ocupan. Lo curioso es que los que deberían ocuparse de esos asuntos están allá enfrente, sentados en las localidades más caras y pensando “bah, no creo que en pleno día de partido (game day, the gringos dixit) alguien tenga la ocurrencia de soltar una balacera”.

Sentarse a ver un juego de futbol es peligroso porque revela pasajes de la personalidad que quieres esconder cuando no hay partido. Esa fue falta, dice un alterado, a ese cabrón deberían llevarlo ante el ministerio público, mira que pegarle así a Lucas Lobos. Pero cuando Lobos patea en un partido “amistoso” a un contrario, ah, no, ahí se estaba defendiendo. Destilando maniqueísmo, comemos semillitas…

Juega Tigres contra Jaguares y la desesperación se apodera de los seguidores. Van perdiendo uno a cero y quedan diez minutos de partido… sacan un arrugado billete de a cincuenta para la cerveza sin despegar la mirada del televisor y sin recordar que esos cincuenta eran para la gasolina no de mañana: de toda la semana.
Mañana conseguirán dinero prestado. Siempre ocurre y nunca pagan.
¡Hey! ¿qué marca ese arbitro vendido? Gritan en coro. Hay que ver la jugada, digo sin alterarme. En la magia de la televisión, la repetición instantánea es un hecho que se ignora cuando la pasión se nos recarga en el hombro.
Ah, si… no era falta, dicen después de ver por ochocientos ángulos distintos que nadie le pegó al “Kikín” Fonseca.
Faltan pocas horas para el Clásico regiomontano. Uno de esos pocos partidos que no me gusta ver por el apasionamiento de los antagonistas. Los jugadores ganan millones de pesos por hacer algo que les gusta, nosotros les pagamos por que nos hagan sufrir cada semana.
Parece absurdo. Lo es.

Diputados que apuestan sus bigotes, sobrinos que apuestan el sueldo de la semana, promesas de que si gana Tigres dejaré de fumar o que si gana Rayados dejaré de tomar.
Fantasías puras que se esfuman alegando errores arbitrales: no me cortaré el bigote porque el árbitro nos anuló un gol legítimo. No te pagaré por que no jugó Suazo y sin él Rayados no son nada. Dame un cigarro, al cabo empataron. Pásame una cheve…

Desde el minuto siguiente al silbatazo final, comienzan las pullas: te dije que los íbamos a golear, no, yo te dije que las gatas no sirven para nada, no, espera, las rayas son gays, no, no, lo que pasa es que jugamos de visitantes, éjele, ya no se acuerdan del 6-1 ni del 6-3. Ustedes no se acuerdan de que los mandamos a Segunda….

Y el lunes hay que levantarse a trabajar de nuevo, sin dinero, sin esperanza, sin voltear a ver a la anciana que pide ayuda en la calle y sin dirigir la palabra a quienes consideramos seres inferiores. Rayado y Tigre incluidos.
El lunes volvemos a la realidad. Ah, si, y aguantar las burlas si nuestro equipo perdió.

De las cosas importantes, que se encarguen los que deben encargarse.

1 comentarios:

Jo Pelerín dijo...

Una palabra: Maravilloso

Haces de algo tan simple, un texto que de verdad atrapa al lector

Un saludo, y seguiré pasando a deleitarme con lo que escribes =D

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