La Santa Muerte

Author: Zeth /

Desde que salgo con la pálida dama
ando más muerto que vivo
pero dormir el sueño eterno en su cama
me parece excesivo...
Joaquín Sabina.

No amanece aún. Y el camino es largo. Un poco de lluvia adorna mi parabrisas y el asfalto de la carretera a Laredo. Escucho música vieja en la radio del auto.
Por la libre veo decenas de tráilers. Todos ellos con kilómetros de historias qué contar... kilometraje que se extiende en cada parador donde llegan a cenar. Donde juegan billar y apuestan la botella de whiskey guatemalteco contra la mujer que acaban de levantar.
Atrás quedó el travesti agitando su pañuelo rojo. La mujer les gana el cliente. Con las horas pasando sin protestar, esperan tener algo más de suerte.
En el camino hay huellas de correcaminos y zarihueyas que pasaron a mejor vida. De noche es difícil ver la línea divisoria y más difícil aún ser humanitario con los animalitos que cruzan una autopista de cuota, sobre todo cuando detrás de ti viene una poderosa Hummer haciendo cambio de luces.
Aburrido ya con el paisaje que dibuja la luna cuando la lluvia lo permite, hago conteo de los kilómetros que faltan para llegar a la frontera. Cuarenta, dice un pequeño anuncio al lado del camino.
39, dice otro más un kilómetro adelante.
No, son 38, alega otro que está mil metros más allá.
Qué demonios. Ya desvarío...
Para no dormir en este tramo donde se pierde la señal radiofónica, me entretengo en recuerdos que, aunque quiera, ya no tienen nada qué ver contigo. Estás aquí y a veces no estás, pero decidí por mera salud sentimental no guardar cosas que pudieran pincharme el alma.
Miro el teléfono descansando en el cenicero y recuerdo que ahí tengo un par de canciones que vale la pena escuchar. Abro la ventanilla para recibir una bocanada de aire fresco y la oscuridad me devuelve unos ojos curiosos que deben concentrarse en la intermitente línea de una carretera que, diablos, ya se hizo demasiado larga.

-oOo-

Es real, dice Tovar con la seriedad que no lo caracteriza. Míralo bien, insiste. Veo dos o tres veces el video en el celular y reitero mi opinión: ese video es falso y yo podría hacer uno más realista que ese, lamentablemente yo me especializo en el porno y, aunque quisiera espantar a alguien con un video de terror como ese, prefiero ver la belleza de una mujer cuando su rostro refleja felicidad al hacer el amor. Ya sé que eso no tiene chiste y que hay toneladas de pornografía no sólo en internet, sino en los celulares de las damas y caballeros más distinguidos que te puedas topar en el cruce de Aramberri y Juárez. Pura gente fina.
Recuerdo el video y lo reproduzco para no dormir en tan inhóspito lugar donde aún faltan 30 kilómetros para que un pueblo dé señales de vida.
Veo entonces en la pantallita de mi teléfono la burda escena donde unos jóvenes circulan por una carretera igual a esta, más o menos a esta hora y más o menos con esta combinación de lluvia-luna.
A la orilla del camino, en el video, aparece de pronto una figura humana cubierta hasta la cabeza con una túnica que voltea a ver el auto de los jóvenes y su mirada apaga el grito de una mujer que dice "¡no mames...! ¿qué es eso?".
Lo mejor de ese video es el final: un cartel cinematográfico donde se lee que los jóvenes perdieron la razón definitivamente (dudo que la tuvieran algún día, pero en fin...) y ahora están internados en alguna casa de locos donde vivimos más de cien millones de habitantes en México. Basura de la red, me digo antes de activar la música del celular y escuchar, plácidamente y durante 15 minutos, algo de Oceransky con un toque siniestro de Vegas y Bunbury. Bueno, por lo menos eso me quita el sueño. ¿A tí no?

-oOo-

La luz del auto descubre un cementerio de coches metros más adelante. Vaya, hay señales de vida por acá, respiro aliviado después de manejar esos 15-20 minutos sin ver un sólo auto, salvo la Hummer que venía pisándome las patas y a la que en un pase de torero con acento españolao le dije "ala, si lleváis prisa, que la Santa Muerte te acoja chaval...".
Qué rayos, dije la Santa Muerte sin querer. Es posible que esa imagen que hace rato miré en la pantallita del celular me hiciera recordar la serie de capillas que ahora ya no están en la entrada de Nuevo Laredo.
Hace unos meses hubo en ese lugar donde ahora es tierra y escombro capillas dedicadas a la mujer con rostro de calavera.
Esas capillas son las buenas, me dijo alguna hierbera del Mercado Juárez. Ahí llega la gente que necesita algún favor o requiere de algún sacrificio. O no te vayas tan lejos, dijo con una sonrisa desdentada: allá llega la gente que pide una muerte sin dolor y sin sufrimiento... la Biblia lo dice claramente en el Apocalipsis de San Juan, "Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.... La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego, este lago de fuego es la muerte segunda" Apocalipsis 20, 13-14.
La gente cree que la muerte los resguardará hasta el juicio final y entonces, cuando ocurra, Dios estará tan enojado con la Muerte que la arrojará al lago de fuego a cambio de las almas que le profesan algo de fe. ¿Creerás que funciona, Gerardo? preguntó la mujer y tuve que salir de ahí, turbado, sin responder cómo aquella vieja pudo saber mi nombre sin averiguarlo en el Messenger o en algún estúpido Facebook.

-oOo-

Las luces de la carretera alumbran botellas de tequila casi inexistentes, velas con el cabo agotado y la certeza de que afuera hay un frío que kilómetros atrás no se hizo notar. Rastros de las capillas están ahí, al lado de la carretera, y son mudos testigos de un fanatismo que no tiene explicación, me explico yo mismo.
Amanece ya y antes de que la luz solar extinga esa última farola de aquella carretera a Laredo, una mujer que vende naranjas en el primer semáforo de la ciudad asoma a mi ventanilla y pide que baje el vidrio. Lo hago a medias y entonces las cuencas vacías de unos ojos que no ven me dicen "¿Creerás que funciona, Gerardo?"...

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