Los coyotes

Author: Zeth /

Puedes seguir con tu vida...

A ver, abre los ojos… no po´s sí, bien decía el compadre Chuy que los tienes igualitos a la Lucía. ¿No sabes quién es el compadre Chuy? ¿cómo no vas a saberlo? Po´s si él ha estado siempre cerca de ti ¿ahí no lo traía tu padre primero de jardinero y luego de chofer? No, po´s cómo vas a saber quién es el compadre Chuy si eres igual de altanero que tu madre: no les gusta mirar para abajo.
Bueno, pues gracias al compadre Chuy supe a bien por dónde hallarte, ya ves que hace mucho tiempo que Lucía se fue de acá, ¿Qué porqué te buscaba? Po´s no lo vas a creer pero era por mera curiosidad. Cuando mi compadre dijo que eras igualito a tu madre quise conocerte y ver si aquello era cierto. Lo es, chamaco, tienes el mismo rostro angelical que tiene tu madre. ¡Claro que la conozco! Por eso sé de lo que estoy hablando.
Ella es hija de Don Arnulfo, aquel viejo que llegó de El Salto para establecerse acá y poner una cenaduría. Yo iba todos los días después de la chamba a cenar ahí, ah, porque debes saber que tu abuela hace el mejor pozole que he probado en mi vida. ¿Cómo que ya se murió tu abuela? Mentira, ella y Don Arnulfo todavía venden pozole y birria ahí cerca de la plaza, yo todavía los visito y de vez en cuando les pregunto por su hija, pero solo encogen los hombros. Nombre, chamaco, te dijeron mentiras: tus abuelos no vivían en Canadá ni murieron durante una tormenta de nieve… ellos están aquí vivitos y coleando. Es una lástima que no los puedas conocer.
Bueno, te decía que tus abuelos llegaron de El Salto y con ellos venía tu madre, una bellísima mujer de tez blanca, ojos y cabello más negros que la noche. Era muy bella cuando estaba joven, no te puedo decir cómo esté ahora porque hace muchos años, tantos como los tuyos, que no la he visto. ¿Todavía es muy bella? Bueno, debe serlo, después de todo ser la esposa de un distinguido médico cirujano no es cualquier cosa y me imagino que los eventos sociales están a la orden del día ¿no?
A ella le daba pena que tus abuelos la pusieran a servir las mesas, se ponía de un color rojo granada cuando retiraba los platos y alguien le decía lo hermosa que era, entonces ella le pedía a su mamá que siguiera con la tarea. Una vez que salimos de la chamba, al pendejo de Tomás, ya con unas cervezas encima, se le ocurrió darle una nalgada a tu abuela. Vieras visto la que se armó, no, espera, no te encabrones que todavía no termino de contar. Vino don Arnulfo y le pidió cortésmente a Tomás que se fuera de ahí, en serio, todavía recuerdo sus palabras, le dijo claramente “te me vas a chingar a tu madre de aquí”. Tomás envalentonado por la cheve se paró y le dio un empujón que mandó al suelo a don Arnulfo. A ver, sáqueme usted, le dijo.
Cuando tu abuelo se paró, ya estaban ahí doña Cuca y Lucía… ¿cómo que quién es doña Cuca? Po´s tu abuela pendejo, ah caray, no te lo había dicho ¿verdad? Bueno, po´s ahí estaban tus abuelos y tu madre forcejeando con Tomás, nosotros, conociéndolo cómo era de bravucón cuando estaba tomado, mejor ni las manos metimos. Ah, pero al muy pendejo se le ocurrió empujar a la Lucía y ahí sí no, le dije, serás muy cabrón pero a ella la respetas. Y que nos agarramos a moquetes.
Claro que me partió el hocico, pero eso valió para que Don Arnulfo me tomara en estima y Lucía se fijara en mi. Po´s sí, chamaco, yo no te voy a engañar: tu madre fue mi novia durante tres años. ¿Y pa´que te enojas si eso fue hace mucho tiempo? Además ni he terminado de contarte la historia ¿quieres oírla completa? Po´s me vale madre que no quieras escuchar porque de todos modos te la contaré.
Luego de esos tres años de noviazgo, po´s me animé a pedirle la mano de tu madre a Don Arnulfo. El sabía que yo tenía buena chamba en la Cyanamid, además sabía que yo amaba a Lucía con todo mi corazón y ella me aceptaba. Po´s nos casamos y nos fuimos a vivir allá por el panteón en una casa de renta que quedaba cerca de la fábrica. Yo le dije a Lucía que ya no trabajaría con sus padres y ella suspiró aliviada: por fin ya no pasaría vergüenzas.
Pasó un año y tu madre comenzó a sentirse mal de pronto, no había comida ya que le embonara y todo el día se la pasaba en cama. Me asusté y no quise llevarla con la Chona porque esa es buena pa´los partos, pero no para los males, así que fuimos con el doctorcito recién llegado al pueblo. “No se apure amigo”, me dijo el tipo que más bien parecía actor de cine que médico de pueblo. “Su esposa va a tener un hijo”. ¿Sabes lo que es eso? No, que vas a saber tu, un niño mimado que se la pasa de fiesta en fiesta y de vieja en vieja, ustedes los de ahora no quieren a nadie más que a sí mismos, se la pasan de guevones todo el día y en la noche sólo salen a ver a quién se cogen… no les importa nada.
Po´s a mi sí me importaba y ya me la pasaba de arrumacos todo el día con la Lucía, tanto que la hartaba. “Ya, déjame que me puedes lastimar, además es hora de ir a que me revise el doctor”, decía. Y siempre que la quería consentir, era hora de ir al doctor. Tenía tres meses de embarazo.
Un día que llegué de la chamba, encontré una carta en la mesa, es más, mira, todavía la traigo aquí, ¿quieres leerla? ¡ya sé, pendejo, que el papel está muy viejo! ¿sabes tú cuánto tiempo he guardado esta carta? No, qué vas a saber. Pues te la voy a decir de memoria porque debes saber que tantas veces la he leído que sé cada palabra, cada punto y cada coma.
“Juan, perdóname por el dolor que te voy a causar, pero es necesario que sepas que me voy de este pueblo… nunca me gustó la miseria con la que me rodeabas y creo que merezco algo más que ser la esposa de un obrero. Por favor, si en verdad me quieres, no hagas un escándalo y si mis papás te preguntan por mí, sólo diles que me fui y que no sabes a dónde. Adiós”.
¿Miseria? ¿cuál pinche miseria? ¡si todos los días comía y tenía una cama donde dormir y un techo que la protegiera del frío y la lluvia…! ¿miseria? ¡a la chingada con esa excusa!
Salí corriendo a la cenaduría de tus abuelos y pregunté por ella. ¿No está contigo? preguntaron… supe entonces que era real. Que Lucía me había abandonado.
En ese momento recordé que ella llevaba a mi hijo en las entrañas… fui a buscar al doctor y en la puerta del consultorio había un letrero de Se Renta.
Enloquecí. De verdad, chamaco, te juro que enloquecí, durante varios días me emborraché hasta caer y cuando se me acababa el dinero, contaba mi historia en la cantina y todos se apiadaban de mi y me daban más alcohol.
Perdí el trabajo. Perdí la dignidad. Me fui a vivir a un jacal que mi padre había dejado más allá de la loma, en medio de la nada. Ahí me quedé dormido no sé si fueron tres o cuatro días hasta que llegó mi compadre Chuy.
Estás hecho un asco compadre, mejor no te digo a lo que vine…
Yo pensé que venía a decirme que Lucía había regresado, pero dijo que no, que ya estaban viviendo en la capital y a él se lo llevó el doctor a que le cuidara el jardín de la casa. Pero no vine a decirte eso, me dijo, vine a pedirte que vayas con doña Chona.
Fui con la vieja sin saber a qué. Ella sólo me entregó una cajita como de zapatos. ¿Qué es esto? Le pregunté. Me contó entonces que hace tres días había ido la Lucía y que el doctorcito le pidió darle un te “de los que usted sabe”. Ah, chinga, y porque no se lo da usted, le dijo la Chona. Entonces el médico sacó un fajo de billetes.
Apenas iba a preguntar si le dio a beber el té cuando la Chona me dijo “creo que esto es suyo” y tras empujarme, cerró la puerta. En la cajita estaba mi hijo. Ya tenía formadas las manitas y los pies.
¿Sabes cómo duele eso? No, qué vas a saber, cuando murió tu padre, a lo mucho sentiste algo de pena, pero nunca un dolor como el que tuve cuando enterré a mi hijo en el patio del jacal de papá. Lloraba y maldecía a Lucía por arrancarme de un tajo la vida.
A la siguiente noche, escuché el aullar de coyotes muy cerca del jacal y armado con un machete, salí al patio y vi a un par de animales peleando por un trozo de comida. Al acercarme, miré que los coyotes habían escarbado y la caja donde estuvo el cuerpecito de mi hijo había sido destruida. Ciego de coraje y dolor agarré a machetazos a los dos coyotes y los maté. Uno de ellos alcanzó a morderme aquí, mira, asómate.
Así es muchacho, a partir de ahí no volví a ser el mismo. Me acostumbré a la soledad y la compañía de esos coyotes que escuchas allá afuera. Por mi cabeza jamás pasó la idea de vengarme… hasta que el compadre Chuy vino al pueblo y me contó lo que pasaba con la vida de Lucía. Dijo que había tenido un hijo y que cuando cumpliste 10 años, tu padre murió de una extraña enfermedad y que Lucía había heredado toda su riqueza y se la pasaba cuidándote a ti, a pesar de que eras un bueno para nada y ya tenías los 18 cumplidos.
Me dijo el compadre que ella te adoraba con toda su alma, casi tanto como la amé yo a ella y entonces decidí que era hora de actuar. ¿Creerás que hasta aprendí a manejar para buscar trabajo de taxista en la capìtal? Así es, no te sorprendas, anduve varios meses tras de ti, esperando la mínima oportunidad, hasta que te ví salir de aquel bar en completo estado de ebriedad. ¿Recuerdas lo que me dijiste? “eh, pinche bato, llévame a Zapopan, tengo un bisnes allá, pero de volada cabrón”.
En el camino te me quedaste dormido, así que ni cuenta te diste de cómo llegamos a Atequiza.
Ahora que te veo ya con los ojos bien abiertos, ya no me recuerdas a Lucía… tus ojos ahora se ven temerosos y los de ella supongo que deben estar hinchados de tanto llorar. Ya van tres días que no te reportas.
¿Qué si te voy a matar? Por favor chamaco, yo no sería capaz de tal barbaridad, en todo caso quienes lo harán serán los coyotes porque hace tres días que no les doy de comer.
Pero no, no te asustes, ¿sabes que la soledad muerde más duro?, y ya ves, a todo se acostumbra uno…

Miradas que matan

Author: Zeth /

Necesito estar en movimiento, ahora que te vuelvo a ver lejos de mí…
Nacho Vegas


El sitio está cerca, así que no tenía la menor idea de porqué no podía encontrarlo. Las instrucciones eran precisas.
“Por Paseo de los Leones, hay una gasolinera, bueno, hay dos, pero de la que te hablo es la que está más cerca de Plaza Cumbres… ¿sabes dónde esta el Deportivo Cumbres? Bueno, pues es ahí, subes por esa calle hasta topar con el Deportivo, luego das vuelta a la derecha y en la siguiente esquina está la casa, ahí puedes llegar”, dijo una voz por teléfono.
Podré llegar ahí antes de las 3 de la tarde, dije a la voz. No hay problema, contestó, aquí estará mi suegro, el te atenderá.
Es 31 de diciembre. Por todos lados hay jolgorio por un año que se nos va y sin batallar distingo a quienes, manejando, ya comenzaron con su personal festejo.
Doy vuelta por enésima vez en la misma calle hasta que una patrulla se empareja y me pide detenerme. ¿A quién busca? Pregunta de manera hosca el policía. Busco esta dirección, digo mientras le muestro el papelillo donde la anoté. Es ahí, dice su dedo fastidiado. Tenga cuidado, lo reportaron porque anda vuelta y vuelta, dice antes de alejarse.
Pinche gente delicada, pienso mientras bajo del auto.


-oOo-

No termino de quitar el dedo del timbre cuando sale un anciano de 65-70 años, vestido con elegante saco negro, una mano al teléfono y la otra pidiendo si puedo esperar.
No tengo remedio, le dicen mis ojos. Son las 2:30 de la tarde del último día del año.
Cuando miro de nuevo el reloj, han pasado 10 minutos y el viejo no termina su llamada ni sus ademanes pidiéndome un poco más de tiempo.
Me entretiene el paisaje. Desde esta zona puedes sentirte el rey del mundo aunque no hayas visto Titanic. Es preciosa la vista desde esa zona de Cumbres, la ciudad está a tus pies y la brisa fresca huele de otro modo, vaya, hasta el humo de las chimeneas industriales abajo se ve pintoresco… comienzo a hacer cuentas de cuánto costaría vivir en un sitio como este cuando escucho una voz coagulada: “disculpe la tardanza, pase señor, pase…”.
Le digo que no es necesario (“tenga cuidado, lo reportaron porque anda vuelta y vuelta…”), que sólo vine a pagar y llevarme un artículo comprado en una subasta.
Suena de nuevo su teléfono y su mano repite el gesto de “déme un minuto”.
Resignado, miro de nuevo la ciudad y me llegan recortes de una conversación telefónica: “si, hija, visita a tu hermana, no quiero que te le despegues, no ahora, ya ves cómo están las cosas… también dale una vuelta a tu hermano, no sé cómo esté, ese día se puso mal y pues ya no supe cómo la está pasando… si, si, claro que cenaremos juntos… pues si, si alcanzó a conocer a su quinto nieto…. Estuvo con mi hija el jueves y ya luego se puso malita el sábado… ayer se nos fue…”.
¿Qué, qué? volteo de inmediato a ver al anciano y noto un enorme pesar transformado en lágrimas.


-oOo-

Disculpe, dice limpiando su rostro. Es que ayer falleció mi esposa…
Le comento que no pude dejar de escuchar la conversación y antes de que pueda decirle lo siento mucho, el anciano se abraza a mi soltando un convulsivo llanto que no sé cómo detener. Pasan cinco minutos en donde el viejo se aferra a mí y yo trato de consolarlo, pero no sé cómo y lo único que se me ocurre es darle unas palmadas en la espalda.
Le digo entonces que es muy duro perder a un ser querido, pero que sería mejor recordar los instantes bellos que pasó a su lado antes de pensar en la soledad que ahora lo agobia. Estoy seguro que ella sufre si lo ve sufrir a usted… ¿le gustaría que ella, donde esté, sufra ahora? Dios (quien quiera que este sea) tiene designios muy extraños y no podemos sentirnos tristes por ello, al contrario, tiene marcado un camino para todos nosotros y El no nos hará daño ¿sabe porqué? Porque es un Dios bueno y estoy seguro que pronto le colmará de bendiciones y ¿porqué no? Lo llevará a reunirse con esa mujer que tanto amó.
“Tiene razón, discúlpeme, es que no hay nadie en casa y me siento tan solo… a esta hora ella y yo solíamos sentarnos aquí para platicar de los hijos, de los nietos, de cómo han crecido…”.
Me entregó el artículo comprado, le pagué y antes de despedirse, me abrazó de nuevo. Gracias, dijo otra vez.
Encendí el auto pensando todavía en las palabras que dije y que jamás pensé que le diría a alguien. Rayos, si yo no creo en Dios…
El viejo seguía parado en la puerta cuando arranqué. Su mirada es una de las más tristes que he visto en mi vida, pero su mano, al decirme adiós, tenía guardada una brillante esperanza.
Demonios. Casi lloro…

Ese olor I

Author: Zeth /

Y cuando abrí la caja, había dos gatitos…

La ventana del auto deja entrar una bocanada de aire con sólo bajar el vidrio… aire fresco e impregnado del Monterrey que, sin proponérselo, tanto daño hace. Ruidos por cualquier parte, gente que camina, camina mucho y no llega a lado alguno, buscando cosas que se convierten en otras a medida que avanzan entre el olor a aceite quemado del Ruta 35 sazonado con los tacos grasosos del cruce de Aramberri y Juárez.
Olor a cebolla y aceite, cilantro y carne de res que salpica la nariz y pica las costillas al estómago.
Frente al Mercado Juárez, el Lontananza huele como siempre al chicharrón de pescado tradicional desde hace varias décadas y al que hay que acompañar con una espumosa y fría cerveza (de preferencia caguama). El cuchillo del cocinero del Lontananza es hábil: filetea el cazón o la mojarra de modo tal que los ebrios no se espinen porque mueren y entonces termina su clientela. Luego lava perfectamente los filetes y los sumerge en la mezcla de harina, leche y condimentos necesarios. Si no has comido el chicharrón del Lontananza, no sabes de lo que te pierdes.
Metros más allá está la tienda de armas de juguete, pero la sensación de oler pólvora verdadera es real. Chalecos antibala de imitación, escuadras Beretta calibre nueve milímetros que parecen reales, ahí se respira el peligro y la sensación de poderío que da un arma en la mano. He visto policías de verdad probando armas de mentira. Ironías de la vida.
Modesto Arreola en su cruce con Juárez es famoso porque en esa esquina se reúnen cada día 15 o 30 filas de gente que cobra su salario en el cajero automático. Una auténtica democracia en esa fila, desde la secretaria que huele a Burberry hasta el albañil que no logró bañarse el día de hoy, la joven que transpira líbido por cada poro de su bien torneado cuerpo y el anciano que respira miedo porque van dos veces que le roban su pensión en ese mismo lugar.
En la acera del frente, el olor de cuero nuevo de la zapatería Tres Hermanos se pierde con el aroma de laurel y ajo de la barbacoa mañanera que permanece el día entero a pesar de que los taqueros se van a las doce del día.
Caminar por esas calles es una tradición añeja, sea por cuestión laboral o sea por la necesidad de conservar esos olores en algún lugar de la memoria para poder recordar después, para cuando ya todo se haya ido y me sirva para seguir vivo…

-oOo-

- Pa, tu carro huele feo.
- Es que no lo he lavado- le digo con algo de pena a Adrián
- Siempre huele mal, pero ahora huele peor… huele a orines de gato – dice.
- Ah, es que ayer en el trabajo me regalaron un gato y venía en una caja… supongo que se orinó aquí dentro y por eso huele así ¿y sabes qué?, cuando abrí la caja, había dos gatitos…

-oOo-

La Michoacana de 5 de Mayo entre Guerrero y Galeana tiene una variedad de olores, desde la agridulce piña hasta el corrosivo tamarindo. Nieve de todos tamaños, agua de mil sabores, conchitas con crema y salsa o chocobananas golpean el olfato con sólo acercarse a unos metros.
El estacionamiento del trabajo siempre está solo cuando llego. Abro la puerta corrediza y el olor ocre del fierro oxidado inunda el ambiente, pero sin profanar los sabores de la Michoacana. También huele a grasa que pusieron al riel para facilitar a damas y flacuchos el abrir y cerrar de esa puerta.
Hace dos semanas que una gata blanca vigila sigilosamente bajo mi coche.
Hace quince días que la miro darle vueltas y vueltas sin cansancio, de pronto sube al cofre y se asoma por la ventana. Maúlla tratando de encontrar respuesta y huye cuando quito la alarma para echar el motor a andar.
Guiada por el olor, esa gata sabe que ahí estuvieron sus gatitos.
Tiene la esperanza de encontrarlos algún día.
Yo me pregunto… ¿entonces olvidé tu olor o tú olvidaste el mío?

El Tren

Author: Zeth /

Aquel tren pasa por algún lado. Nunca supe dónde y tres décadas después trato de recorrer el camino. Definitivamente no lo encuentro.
A Víctor le decían “El Pixie” por sus pestañas raras. En la década de los 70´s hubo pestañas postizas llamadas así y Víctor se involucró de algún modo con un equipo de futbol.
Tocaba jugar los sábados muy temprano y creo con certeza que Víctor no soportaba levantarse tan de día. Por lo menos tenía que levantar a alguien más.
Esa vez me tocó a mi la desmañanada… había que jugar en un lejano país llamado Guadalupe y partir de un desconocido lugar llamado colonia Independencia..
En aquella década, viajar a cualquier lado era una fiesta: lonches de huevo con chorizo, refrescos Bimbo (eran más grandes y alcanzábamos todos), cantar algo de Bobby Shermann o Mungo Jerry y luego dormir lo que resta del camino.
Yo nunca pude dormir luego de despertar y me dediqué a mirar la carretera. Hay vacas, chivas, cabras (Miguel dixit) y plantíos de verduras desconocidas para mi… y más allá, el tren.
La máquina es color bermellón y avanza a paso lento en la lejanía. Con los dedos índice y pulgar puedo saber lo que mide ese convoy: no más de 20 centímetros y me pregunto entonces si los periódicos mienten cuando dicen que alguien murió arrollado por el tren.
Si está bien chiquito, pienso.
El chofer del camión tiene un radio. Mientras veo una oruga en la lejanía, él escucha la canción que 20 años después supe se llama “Young girl” de los Union Gap.
Los futbolistas y su director técnico “El Pixie”, duermen a pierna suelta mientras en el Cerro de la Silla, el sol se asoma


-oOo-


El árbitro da un silbatazo. Todos corren tras la pelota mientras trato de adivinar a dónde va ese tren con la música de los Union Gap.
Vamos perdiendo hijo, me dice Víctor.
Rostros se atraviesan en el camino. El árbitro decide que es medio tiempo y tengo a mi lado una docena de cuerpos sudorosos…
- ¿Qué te pasa pendejo, a poco no viste que estaba en fuera de lugar….? ¿para que vas tras él?
- Si cabrón, como estás lejos se te hace fácil….
- ¿Puedes o no? – dice alguien.
El árbitro pita el inicio de la segunda mitad. Los amigos del “Pixie” caminan sin convicción. El marcador es en contra.
Víctor se desgañita en la banda tratando de ordenar al equipo. Y fracasa.
Dos balonazos al poste lo ponen nervioso. Le alegra la vida que un fuera de lugar anulara un gol en contra.
El balón va y viene mientras persigo una rana.
De pronto Víctor salta, grita y dice “así se hace cabrón”.
Empatamos, m´ijo, dice.
La edad y los kilos echan fuera uno a uno al equipo del “Pixie” y cuando todo parece quedar en empate, una patada lesiona al último jugador reglamentario de Víctor: hay una falta fuera del área pero no puedes seguir jugando porque sólo tienes seis jugadores en la cancha, dice el árbitro.
Víctor me mira. Sólo tiene 5 años, se dice…
Baja lentamente su pantalón. Calza tachones y se pone la camiseta…
Tío Víctor ¿vas a jugar? Pregunto.
Si m´ijo. Y voy a meter gol
La barrera está bien colocada. Víctor toma vuelo y….


-oOo-

Regreso a casa, el camino es enervante, todos gritan y dicen que no lo pueden creer… ¿en serio… el Pixie?
Yo veo a lo lejos si no el mismo, otro tren, y escucho a los Union Gap.
Ganamos, m´ijo. Me dice.
¿Y cómo le hiciste, tío? Pregunto.
Cerré los ojos…. Las pestañas me molestaban, dice antes de quedarse dormido….

10 de Mayo

Author: Zeth /

Jugando futbol, raspé mi rodilla izquierda, esa que siempre me da problemas cuando cambia el clima y cuando no cambia, también. Te dije que no jugaras más al futbol, quise escuchar al entrar a casa pero no pasó nada y seguí de largo hasta la regadera.

Me embelesa el hilo de sangre que escurre de la rodilla hasta el pie, el delta que hace al llegar a los dedos y cómo escurre lentamente por el resumidero… pasan más de quince minutos y yo mirando ese hilo rojo, supongo entonces que me gritarás que ya basta, que estoy acabando con el agua caliente y que el recibo saldrá de tres o más dígitos si sigo aquí.

Miro la herida. No es tan profunda como para molestar a alguien, así que me pongo merthiolate y corro aullando de dolor hacia mi cuarto.

Esto arde.

Arde en serio.

Te quería platicar de ella, preguntarte qué debo hacer para que se sienta feliz y me ame como creo hacerlo yo… sé que me dirás que es muy joven y pocos aceptarán que sea yo su novio… ¿me podrías ayudar? Dicen suplicantes mis ojos, pero no escucho respuesta y asumo que verás lo que puedes hacer.

También quería decirte que hoy en la escuela nos pusieron, como siempre, a concursar hombres contra mujeres.

El grupo de los hombres se dividió porque algunos querían que fuera yo quien participara al último y otros pedían que fuese Jesús Carlos. María Elena estaba lista para cualquiera de nosotros y lo decía su mirada.

Ganábamos en ese momento… inexplicablemente Jesús Carlos falló en su respuesta cuando teníamos todo para ganar y ahora quedaba en mis manos… había que terminar en el menor tiempo posible una ecuación trigonométrica que valía dos puntos y María Elena me miraba con aire de suficiencia.

No debería decirte que resolví el problema en menos de un minuto. No debería hacerlo porque tú no sabías que era demasiado bueno para los cálculos mentales… y María Elena soltó una lágrima tan desgarradora que a partir de ahí le tengo odio a las matemáticas.

Sí, sé que te estoy molestando con estas historias, pero ¿sabes qué bien me hace contártelas? No es como Juanita Cavazos, a quien su mamá le lleva el lonche puntualmente a las 10 de la mañana y todos los días le dice “échele ganas, m´ija, no vaya a ser como la bruta de su madre”.

No, no es así, yo sé que tú esperabas mucho de mi y no te sorprende lo que te platico, no tenías porqué decirme que le echara ganas porque de algún modo sabías que eso pasaba todos los días.

¿Recuerdas mi graduación en primaria? Fue linda, hubo bailables y oratoria, Juana Hilda dio el discurso de agradecimiento a los padres… yo pasé al estrado como dueño absoluto de un segundo lugar de la generación (recuerda que desde aquel concurso, odié las matemáticas y a partir de ahí, María Elena me ganó en cada una de las competencias). Ah, si, no recuerdas esa graduación porque no estuviste ahí.

Debo tener en algún lugar aquel reconocimiento…

A la secundaria me siguieron Rudy, Kily y conocí ahí al Juanón. Los conocí el día de la inscripción porque ellos tres iban delante de mí para entregar la papelería. Los cuatro estuvimos en medio del mar de madres que llevaron a inscribir a sus hijos.

¿Recuerdas mi graduación de secundaria? No fue linda… apenas comenzaba a bailar Paty y su grupo cuando se fue la luz… de ahí en adelante una vela nos reconoció como candidatos a una prepa desconocida y una botella de Viejo Vergel nos aguardaba en el canal del Aguila. No recuerdo haber vomitado tanto como aquella vez y cuando llegue a casa hice lo posible porque no te dieras cuenta. Creo que lo logré.

Ya en esos momentos me preguntaba, si no fuiste a las graduaciones cuando te quedaban a pocas calles la escuela ¿irías ahora que la prepa quedaba en el Colegio Civil?

La respuesta es correcta. No te miré por ahí.

¿Sabías que un audiovisual mío sirvió de muestra durante muchos años en la Facultad de Comunicación? Si, aunque no lo creas, ya me decían Panchito (yo siempre preferí que me dijeran Eddie, por lo de Van Halen ¿sabías?) en ese entonces y como tal el maestro en turno decía “este audiovisual lo hizo un alumno de esta escuela que ya terminó la carrera, pero quisimos conservarlo porque creemos que tiene un valor extra porque él tomó las fotos, él puso la música, él sincronizo imagen y sonido… esto es de él”.

Todavía recuerdo los gritos de Noé el día en que se transmitió ese audiovisual en la fiesta de fin de cursos… Sí, entiendo que tú no los recuerdes.

Y ya ves, aquí estoy, con mas de cuarenta y la misma rodilla dañada, escribiendo porque ya no juego futbol (por mi rodilla) y tratando de entender lo que te separa de mi. Sabes que no pondré un anuncio en el periódico ni te buscaré en los lugares que vaya visitando (me faltan muchos), pero seguramente sabes que tu ausencia de siempre me dolió, me duele y me dolerá hasta que muera.

Que tengas un Feliz Día de las Madres.

En carne viva

Author: Zeth /

Just forget the world…

Impaciente, cambio de estación la radio mientras una nenita hace señas en el auto de al lado. Sonrío con desgano y la nenita pone gesto de enojada. Hace calor. Mucho. ¿Por qué no prendes el clima? Preguntó alguna vez un ocasional pasajero. Comencé a contar la historia de Luis “Huesos” Montoya, habilidoso extremo de los Rayados de Monterrey quien tuvo un precipitado final de carrera. Venía de familia acomodada y se le notaba al verlo jugar con aquella picardía y diversión de quienes tienen por trabajo un hobbie. Nuestra ciudad es el retrato de la camiseta que se vende como souvenir: “En Monterrey, cerveza bien helada y un calor de la chingada…”, pues bien, el clima acá es más bien extremoso, pasando de los 40 grados en verano y descendiendo a menos de cero en el duro invierno, sin embargo hasta la naturaleza nos trató con benevolencia porque entre esos dos extremos, hay tiempo para comprarse un short o una abigarrada chaqueta, según sea el caso… y entonces ¿qué te estaba contando? Ah, sí, el “Huesos” Montoya es alguien como tú, una persona que no soporta la inclemencia del clima y ¿sabes qué? En el infernal verano regio salía del rico ambiente de 20 grados proporcionado por un hogareño clima artificial al abrasante calor de 40 que lo acompañaba camino a su auto y, ya en él, encender el clima del coche y llegar sin gota de sudor a la concentración rayada.

Pero claro que no siempre fue así, en invierno sucedía exactamente lo contrario… en la puerta de su casa lo despedía el calorcillo de 24 grados para entregarlo al ingrato frío de los 2 bajo cero, de nuevo hasta el auto en donde la calefacción se encargaba de revitalizarlo para llegar al entrenamiento sin la piel de gallina que sus compañeros exhibían sin pudor.

Al paso de los años, esos cambios extremos de la puerta de su casa a la del auto y de ahí a la del campo rayado y viceversa, terminaron por cobrarle la factura: sufrió una extraña deformación en los tobillos que lo obligaron a retirarse cuando aún tenía mucho futbol en los zapatos. ¿Qué por qué no prendo el clima? Ahí tienes tu respuesta.

No mames, tú no eres futbolista, cabrón… me dijo con acalorado fastidio.

Río al recordar la anécdota y no me doy cuenta que lo hago de forma tal que la nenita de al lado se esconde espantada tras el asiento de su mami.

Hay tráfico. Mucho. Debe ser uno de esos estúpidos choques en donde cualquier rayoncito al auto amerita la llegada de Protección Civil, Bomberos, Paramédicos, Tránsito y finalmente las aseguradoras para acordar que sí, que sólo es un rayoncito y hay que agilizar la circulación porque hace dos horas esto está quieto.

Avanzamos, ahora sí, de a poco y a lo lejos descubro la luz de una torreta. Lo sabía, pienso, es uno de esos choques imbéciles… me entretengo en cambiar la radio que nos avisa que en Constitución hay un accidente y que el tráfico está seriamente obstaculizado (¿en serio, pendejos?).

Diez minutos después paso justo al lado del accidente y debo reconocer que en realidad estuvo aparatoso: el auto ha perdido parte del motor al estrellarse de frente contra la base de un puente y dentro hay una persona que se debate entre la vida y la muerte. Curioso, bajo del coche sin importarme los gritos que me piden regresar y mover el auto. Volteo para contestar con una seña obscena y veo el auto donde va la niña que hace minutos hacía gestos pero ahora tiene terror en la mirada.

Ignoro los bocinazos y me acerco al oficial. ¿Qué sucedió, señor? Le pregunto. El agente me mira y pregunta si conozco a la persona accidentada. Déjeme ver, digo mientras avanzo hacia la zona del accidente. Hay restos de coche repartidos en el asfalto… veo un libro que se mancha con aceite automotriz y lo recojo. “En carne viva”, reza el título y a pesar del negro aceite distingo la sonrisa malévola de Joaquín Sabina… vaya, mira dónde te vengo a encontrar, pienso luego de recordar que recibí ese mismo libro como regalo hace un par de meses y no terminé de leer.

Avanzo hasta lo que quedó del auto mientras Bomberos y paramédicos hacen un esfuerzo por retirar el capacete del coche y mantener con vida al conductor. No se acerque, me dice un oficial de Tránsito. Me quedo a unos pasos del lugar mientras los esfuerzos desesperados de los bomberos parecen tener éxito al partir en dos el techo del auto. ¿Es usted pariente del accidentado? pregunta un paramédico y, sin esperar respuesta, me jala del brazo y dice que por favor le hable y trate de mantenerlo con vida mientras ellos despejan el tablero y liberan sus piernas severamente maltrechas. Me acercó no sin miedo y estoy a punto de devolver el estómago cuando veo sangre y su olor ocre invade el ambiente.

A lo lejos se escucha aún las bocinas de los autos que me piden mover el coche pero es inevitable que poco a poco me acerque a donde está la persona prensada… veo que aún se mueve y tomando fuerza le pregunto su nombre. Sólo escucho borbotones de sangre que salen por su boca. ¡No seas estúpido! Grita el socorrista, dije que le hablaras, no que lo hicieras hablar.

Me disculpo y me acerco…lo tengo al alcance, veo que todavía se mueve y cuando logro aferrarme a su mano, escucho el desencanto de los paramédicos y veo la frustración de los bomberos. No hay nada más qué hacer…

Suelto al conductor y corro con el paramédico ¿qué, no harán nada para rescatarlo? ¡Por favor, acabo de ver que aún se mueve!… ¡hagan algo por favor!

El rescatista no me contesta y saca una sábana azul para cubrir el cuerpo… no tenemos nada más que hacer, le dice a un bombero sin voltear a verme.

Derrotados, uno a uno recogen sus herramientas mientras se consuelan unos a otros. Hicimos lo que pudimos, dicen entre ellos.

Confundido y derrotado, vuelvo lentamente hacia mi auto pero no lo encuentro. Pregunto al oficial que desvía la circulación en dónde quedó mi auto pero en el frenesí de claxons y luces no me escucha, camino entonces hacia lo más nutrido del tráfico y nadie parece notar mi presencia, hasta que veo de nuevo a la nena que ya no me hace gestos. Simplemente me mira con compasión y hace un ademán parecido a un adiós.

Camino en la misma dirección de los autos y noto que ya no traigo el libro manchado de aceite y el sonido de los coches comienza a hacerse imperceptible.

Miro los restos de mi auto estampados en el puente y pienso que no llegaré a tiempo a casa, pero en este momento parece que eso a nadie le interesa…

Rayos

Author: Zeth /

Saquen a los niños


¿Escuchaste? No me digas que duermes, no ahora que afuera llueve y yo tengo frío y miedo… no me digas ahora que tienes sueño cuando yo no sé dónde ocultar o a donde llevar mi angustia… hey, despierta, afuera hay un relámpago que me aterroriza y quiero que me protejas, que me abraces de algún modo y si Dios (quien quiera que este sea) decide que en esta noche nos partirá un rayo quiero estar contigo y no sólo eso: quiero saber que valió la pena.


-oOo-


¿Escuchaste? Por supuesto que sentí la vibración y vienen más tras de esa ¿o qué? ¿a poco no sabes que las centellas no llegan de a una y es falso que un rayo no cae en el mismo lugar? Mira hacia allá ¿qué es lo que ves? Nada… allá no hay nada más que la vieja frase de “vete a dormir porque el tiempo se puso peor…” ¿Qué quién la dijo? No sé… hey, pásame una cheve… ¿no hay?"


-oOo-


¿Escuchaste? No, no escuchaste… hace rato cargaste con los naipes y las monedas para ir a un lugar seguro… uno de esos en donde el cielo no alumbra y el temor no crece. Desde acá no te puedes explicar lo que sucede allá abajo, crees que todo saldrá como siempre, es decir, me las arreglaré y de rato te pediré alguna moneda para seguir jugando. Que traiga dinero o no es irrelevante: siempre sale algún billete con el que la pasaremos bien por la noche y amaneceremos mal, pero ¿a poco no estuvo bueno el baile?


-oOo-


¿Escuchaste? No, no podrías hacerlo, estabas entretenida en un juego y cuando se dio la ocasión yo estaba más espantado que tu. No puedo decir que te veías cómica ahí, boca abajo y con dos cobertores encima tratando de alejar luces y ruidos porque no estaba contigo…. Sí, te grité dos o tres veces y no llegaste… ¿Qué porque no fui por ti allá donde estabas?, no sé… explicarte ahora sería ocioso, sobre todo porque no tengo excusa.


-oOo-

¿Escuchaste? Hey… te estoy hablando… ¿escuchaste….?

No nos duele tanto...

Author: Zeth /

Avanti morocha, que nadie se ha muerto…

Hoy pasé a verla. Sigue en la posición de hace varios días. No mueve un dedo para decir que no. La cabeza hace mucho que olvidó cómo decir sí.

Verla en situación tan penosa no ha sido agradable… siempre le miré sonreír por el mínimo suceso y ver ahora el entusiasmo consumido me apena y no sé qué decir o cómo consolar.

Cuento un chiste subido de tono y no tengo respuesta. Le cuento entonces una de esas historias para cuando no puedes hacer el amor pero resulta contraproducente: su posición fetal indica que le duelen esas historias.

¿Puedo ayudar? Pregunto tímidamente.

Sin obtener respuesta, miro entonces el historial médico. Algo no anda bien aquí, digo en voz alta, parece que estás en coma, y remato festivamente “ea, levántate que no ha llegado aún el punto final”.

Nada sucede.

Salgo a la calle derrotado. En el cruce de Juárez e Hidalgo hay un niño que come manzana cubierta de caramelo… más allá otra nena ríe feliz de la mano de un globo y entonces pregunto si era tan difícil que encontraras sentido a esos pequeños regalos de la vida.

Camino entre gente que hace planes para comer juntos hoy por la tarde, para ver el juego de futbol y seguir con el box nocturno… no puedo sacarme de la cabeza las veces que te dije “hey, anda, vamos a ver el futbol y a embriagarnos, después de todo creo que nos lo merecemos ¿que no?” y sin embargo traigo tatuada tu respuesta de que el futbol es para los enanos mentales y el box es un deporte tan salvaje que deberían tener una agencia del Ministerio Público en cada ring.

Hay 40 grados de temperatura, me lo dice no el termómetro, sino las sudorosas caras de los que caminan por Juárez hacia el norte, pero eso no afecta cuando pienso que tu temperatura debe rondar el punto de congelación.

Te pregunté días antes si algo andaba mal. Te empeñaste en decirme que no, que todo estaba bajo control y te creí, creí en serio aquello de que eres como los gatos y caes de pie.

No fue así. Nunca lo fue pero pensé que estarías bien y que de algún modo sabrías cómo escapar de esta como lo habías hecho siempre…

No pudiste y… espera, parece que alguien habla… ah, sí, está bien, no señor, haga lo que tenga que hacer y no escatime en gastos, después de todo ella se lo merecía por los años que debió soportar tanto daño…

Casi llegando a la iglesia del Roble, me pregunto en dónde diablos se puede enterrar un alma que se cansó de mantenerme en pie…

1964

Author: Zeth /

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


Jorge Luis Borges, 1964

1988

Author: Zeth /

Y... ¿Por qué no me besas? Dijo de manera impersonal, como si fuese obligación hacerlo.
¿Es necesario? Pregunté en el mismo tono.
No lo es, contestó, sólo pensé que podrías hacerlo sin que te lo pidiera.
No lo pediste, dije, pedir es ¿puedes darme un beso? Lo que tú dijiste es ¿Por qué no me besas?
Guardó silencio. Guardamos silencio. Yo miraba la calle mientras ella lo hacía al suelo.
Nunca estuvimos juntos, me reprochó. Ni una sola vez.
Lo estamos ahora, le recordé, sólo estamos tú y yo, los demás están en el patio.
No en ese sentido, por favor, no trates de desviar lo que quiero decirte.
Buscó en su bolso. Maldijo mientras trataba de encontrar algo. Sacó un teléfono del interior y luego de maniobrar escuché algo de música.
Bonito celular, me limité a decir.
¡No te portes como un imbécil! gritó… no es el teléfono lo que quiero que veas, quiero que escuches, estúpido, lo que ahora no sé cómo decir…
Escuché una canción de Heart que siempre me gustó y pensé que no le gustaba a alguien más… “All I wanna do is make love to you, say you will you want make too...”.
Todo lo que quiero es hacer el amor contigo... dime que tu también lo quieres. Sabía la traducción, pero no lo dije..
Lo siento. No entiendo el inglés, dije tratando de ser gracioso en el momento más inoportuno.
Apagó el teléfono.
Escapa un hilo de voz cuando dice “Jimmy siempre me lo dijo. Norma, ese cabrón no te hace en el mundo, no sabe de ti y no te buscará nunca porque no quiere nada contigo, el no te querrá nunca como lo puedo hacer yo…”.
No entiendo el comentario y volteo a ver a Jimmy. Lo descubro mirándonos fijamente. Mira qué cabrón, le dicen mis ojos, tú sabías porqué no.

-oOo-

¿Gerardo? Hey, yo te conozco, bueno, no, realmente no te conozco, pero conozco a tu hermana, dijo una nena extremadamente blanca y con un espantoso acné brotándole en la cara. Ah, ok, y… ¿a cual de mis dos hermanas conoces? Pregunté.
A la Baby , me dijo. Caray . ¿Quién es ella? Pregunté otra vez.
A Toñita.
Ah… ¿y es amiga tuya? Si, cantamos en el coro de la iglesia.
Qué bien, le digo.
Norma Esmeralda, dijo que se llamaba. La miro sin poder evitar que su cuerpo es lindo. Pero solo eso.

-oOo-

¿De verdad no te gustaba?, me dice todavía con la mirada opaca cubriendo el suelo.
Espanto los recuerdos y le digo que sí, reconozco que me gustabas mucho, pero eras menor de edad… cuando me dijiste que eras amiga de Toñita de inmediato te miré como una nenita porque para mi ella es mi hermanita menor, así que cualquier amiguita que tuviera era una extensión de ella. Por cierto no recuerdo haberte visto nunca por la casa.
Ya te dije que sólo coincidíamos en el coro de la Iglesia, dice sin levantar la mirada, pero me enamoré de ti con la plática de ella… decía que sabes tocar guitarra y que tenías el cabello largo, que dormías en el día y por las noches mirabas la luna, dijo además que sólo tenías unos jeans de mezclilla que combinabas con un par de camisetas para que los demás no se dieran cuenta de que siempre traías el mismo pantalón. Contaba que tocabas la guitarra hasta altas horas de la noche y luego desaparecías… yo me hice la idea de que eras una especie de vampiro e inevitablemente comencé a quererte a pesar de que no te conocía.
Cuando me mandaron a hacer el servicio social ahí, te juro que no imaginaba que terminaría por encontrarte.

-oOo-

Diciembre. 1988. Comenzamos a recoger la basura que generó la posada del Instituto Nacional del Consumidor para dar por terminado el año. Mañana estaremos todos de vacaciones y voy al segundo piso a revisar que mi oficina quede cerrada.
Volteo al escuchar un ruido y la miro ahí, parada en la puerta, tratando de parecer sensual pero lo que logra es una mueca extraña.
¿Ya nos vamos? Pregunta.
Claro, es de madrugada y a los 17 no deberías andar con un grupo de zopilotes que esperan la oportunidad de encontrar carne fresca…
¿Zopilotes? ¿Y entre ellos no estará un vampiro? Pregunta. La miro con curiosidad porque no le entiendo.
¿Un qué…?
Se sonroja y eso provoca que el acné sea más notorio.
Viene hacia mí tambaleándose. Lo que faltaba, pensé, esta niña tomó alcohol y ahora es una bomba de tiempo por ser menor de edad.
Antes de alcanzarme tropieza y cae en mis brazos y me da un beso torpe mientras comienza a decir que por favor no la suelte, que mi abrazo es muy tibio y tiene demasiado frío.
Escucho caminar a alguien y veo a Jimmy entrar al sanitario mientras me mira con reprobación. Imbécil, no es lo que piensas, le dicen mis ojos.


-oOo-

Entonces, como hace 20 años, tampoco me besarás esta vez, me dice resignada.
Trato de explicarle que puedo hacerlo, inventar que tenemos un romance y que no puedo vivir sin ella. Trato de decirle que puedo hacerla imaginar que pienso en ella día y noche y que cuando no la tengo cerca la vida es tan estéril que no vale la pena vivirla. Intento hacerla sentir bien con ella misma pero sólo atino a decir que no, que tampoco esta vez la besaré…
Suspira derrotada. ¿Por lo menos me darás un abrazo, igual que en 1988?
Siento su cuerpo frío junto a mí. Repite, como aquella vez, que no la suelte porque mi abrazo le da calor y ella justo ahora tiene mucho frío. Jimmy pasa de nuevo al baño y me lanza la misma mirada de reproche de hace 20 años… Te dije que no era lo que pensabas, imbécil, le recuerdan nuevamente mis ojos.

¿Quién eres tu?

Author: Zeth /

No, nunca jugaste conmigo, si acaso aquella vez que después de golpearme luego te arrepentiste y me cargaste en tu hombro izquierdo. Yo todavía lloraba pero Fernando reía feliz en tu hombro derecho. A él también lo habías golpeado.

Siempre te vi como un ser de otro mundo. No me culpes. Yo sólo tenía dos años cuando pasó todo.

Y tú nunca me explicaste.

Dejaste que el tiempo pasara y se nos olvidara. Pero para mi es difícil. Lo ha sido siempre. Nunca entendí porque rodábamos de casa en casa, de familia en familia y de abuso en abuso. Querrás explicar que estabas solo con dos críos pero yo te diría que no es así: hay que saber con quien dejarlos y si no, llevarlos contigo. Fernando nunca te dirá lo que pasó con Gonzalo porque tiene una mala noción de lo que es la lealtad. Nunca me preguntaste porqué siempre me negué a ir con la tía Lupe.

Entiendo ahora porque Fernando habla de que “pase lo que pase” habrá que apoyarte.

Lo siento.

No puedo hacerlo.

Me di cuenta de todas las veces que golpeaste a tu esposa.

Nunca te dije nada y no por lealtad… simplemente pensaba que si ella aceptaba esa clase de vida, era problema suyo. No podía yo meterme en sus problemas porque suficiente tenía con los míos.

Sí, muchas veces explicaste tu conducta con aquello de que desde los 14 años tuviste que trabajar y aquella vieja historia de que nunca fuiste a la escuela porque no tenías más que una libreta y un viejo pantalón roto. También dijiste que no tenías calcetines.

Esa clase de vida también la pasé. Sin dinero para libretas ni para ropa. Tengo ahora que recordarte algo. Un día Fernando te pidió dinero para comprar zapatos “para salir”. Así lo dijo. Zapatos para salir…

Te rogó varias veces hasta que le diste dinero.

Yo te dije que necesitaba un pantalón para la secundaria. Dijiste que no tenías dinero. No te rogué. Me puse a trabajar como lo hiciste tú, a los 14 años y pensando en comprar un boleto para ir a un concierto anunciado, tuve que comprar el pantalón y le di a mamá el resto para que pagara el agua. No lo sabes, pero no hubo tal concierto.

No, no te equivocas, esto es un reproche. Quería que vieras que los ciclos se repiten pero en mi caso se rompieron. Yo amo a mis hijos y aunque probablemente mi relación con su madre esté agonizante he tratado de protegerlos. Cometí algunos errores pero trato de rectificar el camino. Me preocupo porque lleguen a la escuela y le robo tiempo a mi trabajo para llevarlos, traerlos y hacerles de comer… aún así te puedo decir que soy uno de los periodistas más informados de la región. O por lo menos de mi colonia. Te quiero decir que siempre hay tiempo para todo.

¿Recuerdas cuando te dije que quería ser periodista y me dijiste que con eso no me haría rico? Tuviste razón, no me hice rico pero no fue por falta de capacidad. Supongo que explicártelo ahora sale sobrando.

¿Recuerdas que siempre pensaste que Fernando sería el primer licenciado-ingeniero-doctor o qué sé yo en la familia Ramírez? Pues no, fui yo. Y cuando bailé el vals de la graduación con mamá allá en aquel salón de la Chepevera, le recordé a ella y a ti que nunca fueron a mis graduaciones de primaria-secundaria-preparatoria. Quizá pensaban lo que dijo Doña Esther un día: “Este greñudo terminará algún día en la cárcel”. Estoy de nuevo greñudo y no, no estoy en la cárcel. Cuando alguien pregunta por el licenciado Ramírez siempre digo “llámame Gerardo… o Yayo, que es más sencillo”.

Si, sé que dirán que si tengo tantas cosas que reclamarte porqué estoy viviendo en una de tus propiedades (ese pequeño local que me sirve de refugio)…te lo diré a ti sin que nadie más se atreva a opinar: a los seis años me llevaste a vivir contigo. Acá apenas llevo cuatro de esos años de soledad.
De lo que te lleva ahora lejos, supongo que sabrás mi opinión.

Ojalá que estés bien.

Mexican tour

Author: Zeth /

El sol ilumina el camino que va de Pánuco a El Higo en un Veracruz bañado de eterna lluvia. La gente del pueblo sabe a qué hora cae la primer gota, pero le divierte no avisar y ver a los foráneos rebosantes de la lluvia que cae puntualmente de cuatro a ocho de la noche.

A las ocho y treinta El Higo cobra vida en ese mercadito donde las cenadurías impregnan al viento con olor de sopes y tamal veracruzano, zanahorias y papas fritas en aceite y aroma de café con piloncillo.

Ella se llama Isabel, le decíamos la Chabela y contábamos que era como la víbora de la Tucita en los Tres Huastecos, dice mi abuela mientras señala a una mujer regordeta y blanca… ora verás, me dice, la saludaré y hará como que no me conoce porque yo soy prieta y ella blanca.

“¡Chabela, Chabela…!” grita la abuela mientras Isabel, con la gracia de un torero, hace un pase maestro al desaparecer entre el gentío.

Te lo dije, es una víbora, dice pícaramente la abuela.

Entre olores de tomillo y clavo, flores, palma y pescado, caminamos por ese mercado que tiene en las entrañas la tradición del pueblo costero, siempre húmedo, siempre amigable salvo cuando descubren que mi abuela lleva seis personas en el lomo a los que hay que alimentar y llevar a pasear.

Porque ellos son de Monterrey, se encarga de explicar. No saben lo que es la Huasteca, remata.

Cenamos zacahuil y atole de masa con leche de cabra antes de buscar donde dormir… Los hombres pueden quedarse en el cobertizo, donde se quedan todos y las mujeres vienen a la casa, donde estamos todas, dijo la tía María.

Ya en el cobertizo pregunté ¿cómo hacen para reproducirse si ellas están allá y ustedes acá? Una decena de pares de ojos me miran con curiosidad. “¿Reprodu… qué?” se escucha una vocecilla al fondo. Calla, me dijo una voz coagulada por el tiempo, hay cosas en la Huasteca que conviene mejor no saberlas.


-oOo-


Amanece y el sopor de la madrugada enloquece. Estoy sucio y pegajoso al levantarme y ver lo que no pude la noche anterior: un cobertizo lleno de gente morena y enjuta que viste sucios pantalones de manta y tienen como almohada un gran machete.

Uno a uno comienzan a levantarse y veo al abuelo sonreír en un rincón.

¿Pasó una buena noche? Pregunto.

No. ¿Y entonces porqué la sonrisa? Le digo.

No contesta pero tampoco deja de sonreír.

Bajamos la escalera rumbo a la casa donde ya huele a café y empanadas de calabaza, frijoles de olla y huevo del día. Las mujeres huelen a limpio y justo cuando nos sentamos a la mesa, la fría mirada de la tía María nos detiene. Nadie desayuna sin antes bañarse… Pero María, se atreve a protestar el tío Emilio, son invitados, no podemos ser descorteses. Descortés sería sentarse a la mesa oliendo a paja y caca de gallina, dice severamente la tía. A bañarse o no hay comida, sentencia.

En lamentable procesión, caminamos al río, cada uno mascullando su propia maldición y los que no saben alguna tiran de machetazos a los arbustos del camino. Sólo hasta que llegamos a la ribera entiendo el motivo del enojo y deja de parecerme divertido el asunto: el agua está helada, a poco menos de cero grados y hasta los peces salen a la orilla a tomar algo de sol.

El abuelo sigue sonriendo sin meterse al agua mientras los demás somos estatuas con un río en la cintura. ¿No se piensa bañar? Pregunto? “No ahora”, dice entre dientes y sin dejar de sonreír… “se me ocurrió bañarme a eso de las cuatro de la madrugada y diablos, no sabía que el agua podría ser tan helada… creo que se me torcieron los labios”. Vaya, y yo pensando que me sonreía. Pendejo, me dice.

Inmóvil, veo que los demás se mueven de a poco hasta que festivamente se hunden en las aguas heladas. Que ¿no te bañas? Pregunta alguien. No puedo moverme, digo, estoy congelado. Ah, entonces deberías tomar el baño Pasoco, dice otro.

¿Baño Pasoco? Pregunto sin dejar de temblar. Patas, sobaco y cola, dice alguien más y los otros estallan en carcajadas.

Patas, sobaco y cola… no es mala idea, pero igual da frío.

¿Y ora tu, porqué no traes mojado el cabello? Ah, canijos, te dijeron del baño pasoco ¿verdad? Dice divertida la tía María mientras me sirve el desayuno. ¿Y tu abuelo de qué se ríe? Pregunta. No sé, contesto, parece que se contó un chiste que ni él mismo se sabía.

Pendejo, vuelve a decirme el abuelo.


-oOo-


Dejamos El Higo con la nostalgia del cobertizo y el aroma del delicioso desayuno cocinado a la leña. Camino a Xilitla, avanzamos entre piedras añejas e historias del paso de Moctezuma por estos lugares. ¿Ves allá, en aquella loma? Bueno, pues ahí le llaman así, el Paso de Moctezuma porque hay una cueva que te lleva de Xilitla a Pisaflores que usó el emperador azteca para engañar a los guerreros toltecas que lo perseguían para darle muerte, platica la abuela mientras la sonrisa del abuelo desaparece y asegura que se alivió por beber de la sangre de Dios.

Pero abuela ¿usted cómo sabe eso? Pregunto curioso. Porque yo estuve ahí, dice muy segura. Ah, entiendo, pienso al recordar que ya había platicado de sus andanzas por París y Roma sin salir de casa. Tú crees que estoy loca, dice, pero no: he visto la mitad del mundo sólo con cerrar los ojos. Pensé contestar, pero sólo atino a decir “ah…”.

¿Sangre de Dios? Sí, sangre de Dios ¿ves esta planta? Dice mi abuelo, fíjate la forma del tallo, la textura y el color vino que tiene la savia, esta planta sólo se da en estos lugares y tiene la propiedad de curar casi cualquier mal, sólo basta masticarla, beber la savia y poner un poco de fe en ello… verás que no hay mal que no se cure con este remedio.

Le creo mientras avanzamos entre platanares y cafetales, cañaverales y ríos caudalosos.

Allá está Xilitla, dice triunfante la abuela. Y llegamos a tiempo: casi es hora del café de la tarde.

Violentamente, mi estómago anuncia que no, que no será posible avanzar un paso más sin consecuencias y pregunto desesperado: abuela ¿aquí donde está el baño?

Todo queda en silencio, sólo se escucha el griterío de unos loros verdes que pelean por alimento.

El baño, dice la abuela, el baño… voltea a tu izquierda ¿lo ves? No abuela, contesto. Bien ahora mira a tu derecha ¿lo ves? Sigo sin verlo, respondo. Ahí está, no hay tal baño… en estas tierras puedes escoger donde zurrar siempre y cuando lo hagas por donde ya pasamos y nunca delante de nosotros. Ora, pues, menso, hazlo donde quieras.

Todavía escucho sus carcajadas al meterme entre unos platanares a la orilla del camino. Zurrar, me digo, ¿qué rayos será eso? mientras siento que grandes gotas de sudor surcan mi frente.

Bien, ya terminé. Em… demonios, no quise preguntar si había rollo porque no terminaban de reírse. En fin…

A medida que alcanzaba al grupo, sentí un escozor en la parte baja de la espalda que me hizo caminar un poco más lento. ¿escuchaste que te dije que no usaras hojas de platanar para limpiarte? dice la abuela, eso provoca una comezón enorme que sólo se quita frotándote con la piel de un conejo…

¿Y de dónde demonios saco yo un conejo? Todos quedan en silencio nuevamente, hasta estallar en sonora carcajada…


-oOo-


Las calles de Xilitla son empedradas como en la mayoría de los pueblos huastecos. Tiene su kiosco en la plaza principal y frente a ella el palacio de gobierno y la Iglesia. En contraesquina, la cantina del pueblo y los billares, es decir, el bien y el mal separados por una plazoleta sin chiste.

Por las tardes se deja caer un olor a café recién cosechado y por las noches siempre hay fiesta en el lugar, pero esta vez no: hay un muerto y habrá luto que guardar.

¿Quién murió? Le pregunto a la abuela ya en el panteón, luego de seguir una larga procesión que dio dos vueltas al pueblo para que el difunto se despidiera de amigos y enemigos.

No sé, pero debe ser un primo. Aquí todos lo somos, me dice.

No me gustan los sepelios, pienso, no me gusta ver que la gente sólo muestra su amor cuando ya no hay remedio. Pero entonces un grupo comienza a entonar sones huastecos y alegres huapangos mientras alguien saca botellas de ron y las mujeres sirven café con piquete. Caray, pregunto, y ¿a qué horas le lloran al difunto? Cuando vengan las plañideras, dice la abuela, es que parece que hoy también hubo muerto en Pisaflores y traen algo de trabajo.

Dos horas después, mientras las plañideras cumplían con su labor, el resto del pueblo comía tamales y bebía ron, todos decían lo bueno que había sido don… este, don…. ¿cómo se llamaba el viejo? Bueno, quien haya sido, salud por él y por lo bueno que fue en la vida.

Nos vamos a dormir, dijo la abuela cuando vio que el sepelio se transformó en parranda. Pero viejita, aquí estamos recordando a don… este, don… bueno, quien haya sido, no podemos ser irrespetuosos con la viuda y sus hijos.

Quédate si quieres, dijo la abuela, nosotros nos vamos... todavía tenemos que buscar la casa de Sara y ya es de noche.

Xilitla tiene luz en las calles pero no en las casas. Las luces de la calle no se encienden porque espantan a las buenas almas, dice el alcalde, además hay que ahorrar energía, así que caminamos iluminados gracias a un enjambre de luciérnagas.

Eran las tres de la mañana cuando tocaron la puerta de la casa de la tía Sara. Un policía me mira duramente cuando abro. ¿Quién eres? dice ¿quién pregunta? contesto. ¿Esto es de aquí? Pregunta furioso mientras toma a mi abuelo por el cuello. Si, contesto, pero cuando lo dejamos todavía traía camisa y pantalones…

Ah que mi abuelo, mira que revolver el ron con el sotol y rematar con un sorroncho, ¿pues que no le advirtieron antes? Un sonido gutural me contesta mientras lo llevo al río a que se dé un buen baño antes de que la abuela se entere y pregunte qué andaba haciendo en calzones encima del kiosco cantando canciones de Pedro Infante.

Por la mañana, durante el desayuno, la tía Sara pregunta ¿de qué se ríe tu abuelo? No sé, le digo, parece que algo tiene que ver el agua helada del río o un kiosco o Pedro Infante.

Pendejo, me dice el abuelo con aquella mueca que parece una sonrisa…

La vida es muy corta

Author: Zeth /

And you run 'cause life is too short

Hey, levántate, dije mientras ofrecí mi mano. Hizo un esfuerzo y me pareció ver la mueca de un payaso… dejó caer su cabeza nuevamente para recibir otro golpe…

Hey, repetí… te estás lastimando.

Su rostro carecía de forma. Más simétrico que un cuadro de Picasso era a su vez bastante más desfigurado. Ayúdame carnal, gritó al verme pasar por Nogal mientras tres sujetos se ensañaban con su mal alimentado cuerpo. Ayúdame, pidió de nuevo antes de desmayarse víctima de una patada en la nuca.

¿Qué pasa? Grité a los tres sujetos que le propinaban la golpiza de su vida. Pararon al instante para mirarme. Imaginé muchas escenas y en todas ellas apareció claramente la frase: Quién te manda meterte donde no te importa.

Pero ellos, tan estupefactos como yo, emprendieron la huida.

Entonces pude verlo bien. Era El Burro, así le decían y nunca quise averiguar porqué. Reaccionó después de un par de minutos, tras decirle que una ambulancia estaba por llegar.

Le ayudé a cruzar el arroyo de la Infona y en ese breve trayecto me juró lealtad eterna: nombre carnal, se lo agradezco, esto no lo voy a olvidar.

Luego de ver su rostro amoratado y sangrante, supe que mentía.

Pero no fue así.


-oOo-


De nuevo camino hacia el norte por la calle Nogal. Eso me provoca un conflicto de información porque cuando alguien dice que va hacia el norte lo imaginas caminar en ascenso. Después de bajarme de aquel Ruta 23 y dirigirme hacia el norte, me doy cuenta que desciendo. Entonces ¿desciendo hacia el norte y asciendo al sur? Es la pregunta que me toma cuatro calles antes de descubrir que tras de mi tengo a cinco o seis tipos mirándome fijamente.

¿Eres el novio de Blanca? Pregunta Saúl, esa especie de clásico pandillero drogado que hay en todas las colonias.

Si, le respondo.

Pues ella ya no quiere nada contigo, dice amenazante. Tendré que preguntárselo yo, digo sin dejar de mirarlo.

Esquivo un golpe, pero me estorban los libros y cuando los dejo en el piso alguien me empuja y caigo sin defensa. En mi nariz hay una bota dispuesta a partirla, pero al momento se retira. Me extiende la mano y dice hey, levántate…

Recojo mis libros y alcanzo a escuchar que Saúl discute con El Burro y comienzan a pelear…


-oOo-


Tres años después llega la Navidad. Los dos años anteriores también llegó pero apenas hoy me entero.

Sentado afuera de la casa de la abuela, veo como Blanca la pasa bien con su familia y de cuando en cuando me regala una sonrisa. Me trajo un gatito y promete que las cosas entre nosotros funcionarán mejor. No le creo.

Siguen con su festejo y yo sentado en la banqueta. Luego todos corren hacia el Sexto Retorno de aquella Infona. Patrullas y ambulancia detienen bruscamente su carrera frente a la casa de El Burro.

Adentro la voz de una anciana grita que la están matando. Entre mirones, me acerco lo más que pude y miro a dos policías que encañonan a un sujeto.

¡Lárguense perros o la mato¡ grita desencajado. A los policías les tiembla el pulso entre los gritos del loco aquel y de las señoras que gritan “¡hagan algo, por Dios, va a matar a su mamá!”.

El Burro trató de mirarme. Batalló un poco para saber que estaba ahí y cuando dijo “carnal, ayúdame” yo iba de regreso a casa de la abuela.


-oOo-


En la mesa de redacción de El Porvenir destaca una nota. “Salen libres por crimen que no cometieron”. Leo los datos relevantes y entre la maraña de nombres, lugares, fechas y coartadas, entiendo que tres tipos mataron a su compañero de parranda en un terreno baldío, ubicado entre las colonias Valle de Infonavit primero y segundo sector.

Es una nota más, pienso, pero cambio de opinión cuando alcanzo a leer el nombre de la víctima y no se me queda grabado.

Le apodaban “El Burro”, dice la noticia.

Y lo imaginé ahí, tirado de nuevo recibiendo patadas, escupitajos y, finalmente, la roca que destrozó su cabeza.

“Ayúdame, carnal...”, decía su boca ya sin dientes.

San Luis

Author: Zeth /

Calles tapizadas de iglesias y polvo. Mucho polvo. San Luis es polvo e iglesias. Mucho de los dos.
Eso pienso mientras el autobús maniobra para entrar a la Central Camionera.
Tomo mi maleta con desgano. Despierto a Danny, Oscar y Javier para avisarles que llegamos. No terminan de abrir los ojos cuando se acerca un tipo de tejana maltratada y botas deslucidas.
¿Van pa´l otro lado? Pregunta. Yo los puedo llevar.
Venimos de allá, contesto sin dejar de caminar.
Encontrar a la tía Esperanza fue tan difícil como convencerla de que nos dejara quedarnos en su casa. No tenemos para el hotel y sólo traemos para comida, le digo… estamos de vacaciones y sin dinero.
No hubo manera de quedarnos con ella. Tú si. Ellos no.
No quise. Iba con ellos. Nos lanzamos a la calle a buscar donde reposar el viaje.
Oscar cuenta que también tiene una tía en San Luis, pero hace tiempo que no la ve. Caminamos de nuevo entre calles polvosas e iglesias barrocas para encontrar la casa de la tía de Oscar. El lugar es perfecto: un cuarto abandonado en la parte trasera donde podemos dormir y con acceso a la cocina para preparar los alimentos. Tenemos baño exclusivo pero no podemos entrar a la casa: María de la Luz, la hija mayor lo impide con un gesto.
Además de polvo e Iglesias. San Luis sólo es Tangamanga y puestos de antojitos mexicanos tan sabrosos que a los dos días se nos acaba el dinero.
Luz se apiada y nos lleva a comer y patinar en la zona más exclusiva de San Luis, un bello lugar lleno de gente que no lo es tanto. De los que llegamos de Monterrey, sólo yo sabía patinar.
Luz es bella pero intolerante. No la soporto así que me lanzo a la pista como lo hacía en aquellos años en que un chimuelo canoso y yo nos apropiábamos de la pista del Patinadero Obispado como si no existiera nada más que la velocidad de los patines y las piruetas que lográbamos hacer.
Dos vueltas bastaron para ver a Luz trastabillando con sus patines…me acerco lentamente para preguntar si sabe lo que hace. Sus ojos toman un aire tierno para decirme que no.
¿Quieres que te enseñe? Sin esperar respuesta tomo su mano y damos mil vueltas a la pista… por única vez en quince días pude ver su sonrisa.
Regreso a casa se notaba radiante, yo un poco feliz. Tomar su mano no fue tan indiferente como hubiese querido. No da tiempo a una despedida formal y se apresura a entrar a casa. Me quedo imaginando lo que habríamos visto de madrugada si no le hubiese dejado ir…
Minutos después, Oscar, Javier, Danny y yo vemos un quinceaños callejero, saboreamos las cervezas que vemos pasar a lo lejos. Con los últimos pesos que nos quedan compramos seis que se convierten en cinco cuando el hermano mayor de Luz toma una y dice que hay fiesta en casa de su amigo.
Sin nada que perder, vamos al festejo no sin antes aclarar que disponemos de nada en el bolsillo
La fiesta es en la carretera a Matehuala, kilómetro 35, en un jacalón de madera podrida y luces rojas en la entrada. Dentro todos son rostros anónimos. También lo somos mientras alguien de los nuestros pide una botella de vodka.
Danny, Oscar y Javier agitan con alegría la botella mientras yo miro con recelo: el vodka jamás me cayó bien y me resisto nuevamente a probarlo. Dejo pasar dos rondas y decido que es suficiente. Preparo una bebida justo cuando comienza el show. Paty, una morena en prendas mínimas y carnes máximas organiza sus músculos en una danza reptiloide que no entusiasma a nadie. Una tras otra vienen las siguientes rondas y sendas cajas de cigarrillos hasta que en medio de la bruma miro a Javier prenderse de los labios de la Paty. Puedo describir un acceso de asco si supiera cómo hacerlo, pero sólo se me desprende una sonrisa burlona y la pregunta para Oscar: ¿Qué le pasa a este bato?

-oOo-

La luz del día taladra mis oídos y el caminar de los gatos lastima mis ojos. Lo más lento que puedo, reviso el entorno… este cuarto no lo conozco. Con clavos hundidos en la sien, trato de voltear pero el esfuerzo sobrehumano cobra la factura: un penetrante dolor en la frente me aconseja mantenerme quieto, respirar profundo y recordar qué demonios pasó la noche de anoche.
Cualquier movimiento provoca náusea. Permanezco una hora, dos, tratando de estabilizarme sin lograrlo hasta que luego de contar uno, dos, tres me levanto con un solo movimiento… demonios… la eternidad es un cuarto desconocido.
Conservo el equilibrio pese a que mis piernas no obedecen. Jadeando, escudriño la alfombra donde recién dormía y miro a Danny, en posición fetal, chupando su pulgar y con la cabeza llena de vómito. Más allá Oscar tirado boca arriba… de momento creo que no respira pero un sonoro y hediondo pedo me indica lo contrario. Está vivo muy a pesar mío.
En el rincón hay un cuadro pintado por Botero: dos figuras obesas, malolientes y desnudas emiten toda clase de ruidos por cada orificio posible. Javier tiene una especie de líquido verde que recorre su rostro mientras Paty se rasca de manera obscena los hongos de sus negros pies.
Fue suficiente.
Tiemblo al llegar al baño y aún con la ropa encima abro la llave del agua fría. Permanezco 45 minutos sentado en la regadera, ojos entrecerrados y manos caídas mientras espero que el agua se lleve ese infame cuadro de Botero.
Al salir del baño no espero descubrir vida. Pero la hay. El dueño del departamento me mira fijamente sin articular palabra y en su piel azul se nota la necesidad de bañarse de inmediato porque es lunes y debe trabajar. Su opaca mirada trata de decirme que lo convenza de no ir, total, es sólo un día menos en la nómina.
No me da la gana y le abro paso.
El cuarto donde hace minutos dormía es todavía un cementerio. Me quito la ropa mojada, tomo un pantalón y una camisa de franela que encontré en el closet.
Los gordos siguen intercambiando ruidos y líquidos espesos con los ojos cerrados y la escena me provoca un nuevo acceso de asco. Harto de esa imagen, pateo las costillas de Javier tras decirle “ya estuvo, maestro, ¿sabes lo que estás haciendo?”.
No me contesta y soy yo quien sale de cuadro para buscar algo comestible. En la cocina encuentro huevos, tocino y tortillas. Luego de un rápido cálculo mental creo que con eso bastará, pero el malestar de mi cabeza no se va y caigo como el bulto que soy… pasan los minutos y no sé reaccionar.
Decir que el departamento cobra vida horas después sería una exageración. Arrastrando los pies de a poco, Oscar entra a la regadera gruñendo algo que nadie entiende. Danny maldice en el más puro inglés What a fucking shit y es lo más claro y repetido de la tarde. Javier permanece de pie. Con mirada torva pregunta qué chingados pasó. ¿No te acuerdas mi amor? Preguntó la melosa voz de la Paty, parada tras él previniendo que su tonelaje lo hiciera perder el equilibrio.
Javier rechaza el último beso de Paty. En lastimosa procesión caminamos a casa de Luz. Al llegar el tío de Oscar nos reprocha por llevarnos a su hijo a la parranda. Tuve que levantarlo a patadas, nos dijo, no quería trabajar el muy guevón. Dijo además que era hora de largarnos a donde sea, pero que no regresáramos.
Luz alcanza a despedirse de mí con una pregunta: ¿La Paty estuvo con ustedes? No entiendo lo que dice, pero creo que se debe a las pésimas condiciones en que me encuentro.
En silencio, tomamos las maletas y partimos. El camino a Monterrey es largo. Muy largo.

-oOo-

Dice mi tío que sólo pudo ser alguien de ustedes, el chavo lo que quiere es que le regresen la pulsera de plata y la camisa de franela, el dinero no le importa pero la camisa y la pulsera sí porque fueron regalo de su chava, nos dice Oscar.
Javier, Danny y yo coincidimos con la frase: no jodas ¿de qué hablas?
El chavo del departamento dice que el día de la borrachera se le perdieron una camisa, una pulsera y cerca de dos mil pesos que guardaba en un cajón y quiere que se los regresemos porque éramos los únicos que estábamos ahí. El dinero no le importa… quiere la camisa y la pulsera.
Carajo, yo me puse una camisa de franela que encontré en el closet ese día… demonios, creo que me la traje puesta, le digo a Oscar. Danny confesó. Yo tengo la pulsera pero no robé dinero alguno. Ahhh, pinche Paty, dijo Javier, con razón me dijo fue un placer, mi gordo, luego nos vemos…
Hay una denuncia por robo en la Ministerial, dice la mamá de Oscar. Que se jodan, digo yo, acá es Monterrey y no tienen jurisdicción. Probablemente no, dice la señora, pero pidieron la colaboración de la Ministerial de acá y se acaba de ir un agente después de preguntarme dónde vive cada uno de ustedes.
Pasan dos días en los que Danny compra cartón tras cartón de cerveza hasta que Javier le pregunta ¿de dónde sacas dinero para gastar? Danny dice que sus papás le mandaron algo de efectivo.
¿Y cómo va la bronca en San Luis?, me atrevo a preguntar… Yo no sé nada, dice Javier, los agentes ya fueron a la casa y mamá está enojada conmigo, casi no me deja salir a ningún lado.

-oOo-

Entonces tú amaneciste con Paty, dice el ministerial mientras comparte una sonrisa burlona con su compañero. Que no, le digo por enésima vez, fue Javier el que amaneció con ella.
Claro, dicen de nuevo ambos mientras murmuran ¿este es el pendejo que se acostó con la Paty?, ja,ja, ja.
Cuando se van, camino hacia el barrio donde nos juntamos, ahí están Oscar y Javier. Pregunto por Danny y dicen que sigue gastando dinero en las cantinas.
Pinche Javier, le reprocho ¿tú dijiste que yo amanecí con la tal Paty?
No, dice entre atemorizado y serio. No me jodas, Javier, sabes que de algún modo tú estabas abrazado a ella cuando desperté. No recuerdo, dijo. Mira qué cabrón… ¿y porque dijiste a los agentes que ella amaneció conmigo? Yo no dije eso, contesta. Con una chingada, dime pues qué demonios les dijiste…
Javier agacha la cabeza. Joto de mierda, le digo tras aventarle una colilla de cigarro.
Oscar nos pide calma. Hay que resolver esto. Danny ya me regresó la pulsera y creo que el dinero que gasta es el que se perdió, pero bueno, eso no importa porque aquel chavo no quiere el dinero, quiere la camisa y la pulsera ¿tienes todavía la camisa? me pregunta.
Digo sí y pregunto qué hay que hacer. Hay que llevárselas porque si no acá nos van a detener en menos de una semana, dice Oscar muy preocupado.
Yo no puedo ir, dice Javier. Mamá no me deja.
Yo tampoco porque mamá está igual, dijo Oscar.
Ni pensar en que Danny lo hiciera…

-oOo-

Debes caminar entre vías, más allá, unos 500 metros, porque el tren que llega de Nuevo Laredo viene lleno, pero muchos descienden aquí, dice un teporocho en la vieja estación del Ferrocarril, allá frente al Casino Ferrocarrilero.
No sé porqué le atiendo y comienzo a avanzar… el tren que va de Nuevo Laredo a la Cd. de México llega primero a Monterrey a cargar pasaje. Reduce la velocidad al entrar al andén y diez gentes incluido yo trepamos por las ventanillas para adueñarnos del lugar de quienes bajarán aquí.
Maldigo a la mamá de Oscar por darme dinero sólo para ir y venir, total, mi delito era una camisa y la pude mandar por paquetería…
Llevamos tres horas de viaje cuando decido que no puedo, en verdad no puedo dormir en ese asiento. Miro al pasillo y un anciano duerme de pie, colgado del pasamanos. Le cedo mi lugar… de inmediato hace un ovillo y comienza a roncar.
En cada pueblo sube alguien que vende quesadillas, tacos, carnitas que huelen delicioso y descubro que mi bolsillo no da para lujos. Muero de sueño y creo que dormir en el pasillo no es mala idea…
No sé cuánto tiempo transcurre cuando una voz intenta despertarme. Hey, chamaco, levántate, ya llegamos… abro lentamente los ojos y alcanzo a esquivar los pies que tratan de brincarme con la prisa de quien baja en San Luis. Dos garroteros me miran de manera divertida y les pregunto entre la modorra el motivo de la risa. ¿Eres tú el que se acostó con la Paty? Me pregunta uno de ellos. Chingado, que no… repito como lo hice con los Ministeriales. Sí como no, se dicen entre risas mientras se alejan.

-oOo-

No sé si eres valiente o pendejo, me dice el dueño de la camisa y la pulsera. ¿Sabes que puedo agarrarte a madrazos ahora mismo? Hazlo, contesto, me darás el motivo exacto para partirte la madre por meterme en una bronca que sólo en parte fue mía. Se le borra la sonrisa. Sabe que hablo en serio. Antes de cerrar la puerta del departamento, me pregunta con curiosidad, oye ¿es cierto que te acostaste con la Paty?
Con una chingada… que no, murmuro mientras regreso a la estación del tren con la seguridad de que algún día olvidaré este episodio de mi vida.
Llego al andén y los guardias cuchichean mientras revisan mi pasaje... “no estoy seguro, pero parece que ese es el bato que amaneció con la Paty… a ver, pregúntale… no, ni madres, pregúntale tú”.
Con una chingada… ya dije que no, no fui yo, fue Javier, entiendan, fue Javier.
Si, cómo no, dicen burlonamente.
Creo que ya es suficiente. Esta vez no cedo mi asiento a nadie y duermo las doce horas de vías que separan a San Luis de Monterrey.

-oOo-

La madrugada inicia cuando llego a casa. Mamá despierta y pregunta dónde demonios estuve y entiendo en la alegata que unos Ministeriales me buscaban para decirme que ya no hay problema alguno acerca de una denuncia por robo.
Cruzo la sala con lentitud… me duele todo el cuerpo. Con señas le digo que se lo contaré luego. Mi padre asoma discretamente por el hombro de mamá y pregunta con algo de temor y diversión: “Hijo, ¿es cierto que amaneciste con la Paty?”.
Que no, con una chingada, fue Javier, digo tristemente mientras pienso en darme un buen baño para quitarme de encima la suciedad que traje de San Luis. “¿Y te gustó, mi amor?” rezumban en mis oídos las palabras de Paty…

La bestia

Author: Zeth /

Siempre llegaban. Siempre. Me daban miedo las 6 horas de la tarde de cada día porque por alguna maldita razón siempre llegaban. Se hizo tal costumbre que mamá aprendió a dar toquecitos a la ventana para avisarme lo que ya presentía: ahí estaban de nuevo.
Desde la ventana del cuarto los miraba uno a uno, invadiendo mi espacio sin pudor alguno… ahí va pasando el Mesti, siempre con camisetas sin mangas generalmente robadas de algún tendedero… detrás va Ricardo, vestido con camisetas de béisbol y botas vaqueras que lo hacían parecer más alto de los 1.50 metros que se le adueñan.
Atrás. Siempre detrás, pasaba ese flaco greñudo que miraba a todos lados con el temor de que Doña Jaramilla les gritara “eitale, ¿a dónde creen que van”?
Un sofá cama destartalado y los restos de algo comestible los recibían cada vez, pero eso no importa cuando ante tus ojos hay un estante lleno de discos: un álbum triple de Rush en vivo, la colección de Kiss, Grateful Dead y hasta Joe “King” Carrasco,
Escuchar esos discos era lo máximo… yo no podía entender cómo era posible que mamá me sacara del cuarto cuando ellos llegaban. No podía entender porqué me ataba a la cama dentro de la casa…
Aquel día llovió y llovió bastante.
Ricardo y sus amigos salieron a ver cómo el Canal del Aguila arrastraba un par de coches… lejos de tratar de ayudar, los imbéciles gritaban ¡hurra! cada que un auto azul se sumergía en el agua y salía de nuevo.
Mamá no estaba.
Se le olvidó atarme.
Fui a mi cuarto y puse el disco de Rush… Live without net, se llamaba.
Comenzó a llover en serio.
Entraron corriendo, nuevamente en ese orden el Mesti, siempre con camisetas sin mangas generalmente robadas de algún tendedero… detrás va Ricardo, vestido con camisetas de béisbol y botas vaqueras que lo hacían parecer más alto de los 1.50 metros que se le adueñan. Atrás. Siempre detrás pasaba él… ese flaco greñudo que miraba a todos lados con el temor de que Doña Jaramilla les gritara “eitale, ¿a dónde creen que van”?
Pero esa noche y después de escuchar el disco triple de Rush, mamá entró al cuarto y me gritó “¿Qué crees que estás haciendo aquí?”.
Jamás volví a ver al Mesti, al greñudo aquel y pocas veces ví a mi hermano Ricardo.
Estoy seguro que aquella noche que escuchábamos a Rush, éramos cuatro, a ver, eran el Mesti, Ricardo, el greñudo, y … y… estoy seguro que éramos cuatro, era el Mesti, Ricardo, el greñudo y….y… no me acuerdo quién era el otro.

-oOo-

Francisco Jaramillo Sánchez, alias "La Bestia", quien según su madre padecía de sus facultades mentales, fue encontrado ahorcado con una soga en su cuarto, ubicado en el patio trasero de la casa de sus padres. A su lado estaba un disco triple de Rush titulado “Live without net”…

Abre la puerta

Author: Zeth /

¡Abre la puerta! ¡Te digo que abras la puerta! ¡Te estoy hablando...!


Yo dormía. Es bastante probable cuando son las 2 ó 3 de la madrugada y tienes algo por hacer al día siguiente. Muy de mañana.

Dormía... soñaba.

Me cansé de jugar futbol y bendije la lluvia cuando llegó; es hora de largarnos, dijimos muchos. Vamos empatados y uno tiene que ganar, dijeron los otros. El que meta gol gana.

Volteamos hacia Constitución al escuchar el estruendo: una pared gris nos acecha, Y corrimos. La salvación está a media cuadra y al llegar volteamos a ver esa pared. Se estacionó a medio río, donde minutos antes jugábamos a ser Rayados de Monterrey.

Llovió a cántaros y nunca supimos porqué esa lluvia no llegó a casa y se quedó en el camino.


¡Abre la puerta! ¡Te digo que abras la puerta! ¡Te estoy hablando...!


Yo dormía. Eran las doce del día y soñaba que una bomba nuclear acabaría con los cucarachos que transitan por mi cuarto. Entonces recordé que debía pasar a la escuela y traer a Rocío.

Lo hice de mala gana porque hace apenas unos minutos yo dormía.

Cuando llegué ella lloraba. Dijo que se sintió sola en el mar de madres que van a recoger a los hijos y pensó en mi. Creyó que llegaría a tiempo pero me tardé.

Porque estaba dormido.

Camino a casa quiso agradecer con un Gansito. ¿Quieres un Gansito? Me dijo. No, contesté.

Y le pedí perdón cuando abrió aquel panecillo empapado de lágrimas.


¡Abre la puerta! ¡Te digo que abras la puerta! ¡Te estoy hablando...!


Es que tu no me quieres, dijo Roberto. Me corres de tu cuarto y te enojas con mis amigos porque quieren parecerse a ti. No me dejas dormir en tu cama porque crees que soy muy chico y no tienes tiempo para hablar de Black Sabbath o de Led Zeppelín, pero los he escuchado y a pesar de que no les entiendo ni madres, los escucho porque los escuchas.

Porque quiero estar contigo.

Te miré sollozar. No sé como reaccionar ante eso y te prometo que te regalaré el disco de Gun´s n Roses que tanto te gusta y que es mío.

Te lo regalé y una especie de sonrisa se te dibuja. Eso lo recuerdo bien..


¡Abre la puerta! ¡Te digo que abras la puerta! ¡Te estoy hablando...!


Yo dormía y cuando desperté recordé que debía pasar por Blanca. El camino es largo y la modorra gana. Por más que escucho a Bon Jovi no logro despertar del todo.

Llegas tarde. Me dijo. Es que anoche me desvelé estudiando para el examen de Opinión Pública, contesté.

¿Y eso te servirá de algo? Me dijo mientras meneaba en su dedo un anillo de no sé cuál quilataje y de no sé que bajas intenciones.

Callamos el resto del camino. Encendí el cigarrillo y fue un detonador. Mira qué carajos, o sea que ya fumas, dijo.

No contesté. Iba concentrado en los caminos..

El golpe me volvió en si. La escuché gritar y la escuché llorar y la escuché maldecir y sentí su impacto en el pómulo y lo mejor que pude decir fue “está bien, baja del coche y que tu Dios te bendiga”.


¡Abre la puerta! ¡Te digo que abras la puerta! ¡Te estoy hablando...!


Yo dormía. Lo hacía apenas hace unas horas. No sé porqué estoy ahora lleno de intravenosas con el eco de la voz de mi madre gritando que abra una puerta, que me está hablando, que por favor abra la puerta...

El periódico

Author: Zeth /

Desde el tejado de la casa (chamaco menso, te he dicho mil veces que el techo de la casa es de cemento, no de tejas... no es un tejado ¿entiendes? hace dos meses dejamos el tejado y si no te importa, ahora podrías comenzar a respetar lo que es una vivienda mejor, decía mi papá) se puede ver, si volteas a la derecha, el Cerro de la Silla. Si es a la izquierda el movimiento, está el Obispado. Al frente esta la muestra del arte kisch de los 60-70: el cine Rio 70.
El horizonte se reducía a eso y a observar accidentes en el puente de Pino Suárez, pero había tantos que ya era vano el empeño de asomar.
Pocas veces volteamos atrás y eso se volvió en una mala conducta: no voltearé aunque grites.
Atrás estaba la calle. ¿La dirección precisa? Occidente y 16 de Septiembre en la colonia Independencia. Bajo nuestros pies emergía la vida: decenas de niños jugaban a la pelota mientras se burlaban de nosotros gritando “eh, miren a los mensos del segundo piso que no pueden bajar”.
No podíamos bajar.
Desde ese punto de vista jamás mintieron.
En la acera de las calles las señoras se sentaban plácidamente a ver películas de Angélica María, Enrique Guzmán o Palito Ortega. Los señores tomaban cerveza escuchando a Teen Tops y bebiendo temas de Vianey Valdez mientras echaban un ojo a sus retoños. En la casa gris de dos pisos nunca hubo nadie capaz de un acto similar.
Hasta que llegaba Víctor.
Entonces disfrutábamos la venganza.
Víctor llegaba en su motocicleta. Cabello largo y lentes negros... chamarra de piel. Volteaba desafiante a ver a quien lo quisiera ver, luego nos decía “vengan, vamos a la tienda...”.
Con singular alegría (Alfa dixit), bajábamos de a dos los escalones a ver quién llegaba primero a montar aquella motocicleta roja... yo siempre ganaba y alcanzaba el lugar justo detrás de Víctor y entonces él arrancaba antes de que subiese Fernando. Lo hacía dos o tres veces hasta que Fernando parecía a punto de llorar y le decía “anda, sube... sólo estaba jugando”.
Así recorríamos los miles de kilómetros que nos separaban de las dos calles donde se ubicaba la tienda, y entonces nos decía: Unos cigarros Raleigh.
Fernando brincaba de la motocicleta y entraba al estanquillo para comprar los cigarros de Víctor.
Siempre nos llevó de regreso con una moneda de 50 centavos en cada mano. Aquello era una fortuna.
Apenas partía Víctor de nuevo al trabajo y llegaba Berna... siempre pendiente de que llegara el periódico y siempre enojado porque nunca podía leerlo.
Se preguntaba porqué nunca lo encontraba si en la redacción de aquel Tribuna le decían que puntualmente hacían la entrega.
Fernando y yo acumulábamos un paquete de periódicos bajo la cama...
El rugir de la moto de Víctor nos hizo asomarnos a la calle donde los niños ya comenzaban a decir “eh, miren a los mensos del segundo pis...” callen, decíamos... ya llegó Víctor.
Bajó los lentes oscuros hasta las mejillas y nos dijo “¿qué, ahora no me comprarán los cigarros?”.
Bajamos de nuevo de a dos en dos escalones hasta que Berna detuvo a Fernando. “Hey, chamaco, compra el periódico...”. Y le dio un billete de a 50. 50 pesos. Algo que no imaginamos que existiría...
Llegamos a la tienda y mientras yo bajaba a comprar los cigarros de Víctor, Fernando buscaba la Tribuna para Berna. Pagué y regresé con Víctor para recibir mi recompensa en forma de una moneda de 50 centavos, mientras escuchaba que el tendero decía que no había periódico, pero que en un momento se lo traerían.
Víctor no podía esperar y preguntó si podíamos regresar solos a casa. Claro... le dije con valentía, yo ya tengo cuatro años y Fernando seis.
Víctor se fue y no se dio cuenta cuando un señor de buen vestir se acercó a Fernando y le dijo “hey, yo también estoy buscando la Tribuna, si quieres, dame el dinero y yo te lo traigo...”.
Dos horas después, cansados de esperar, llegamos a la casa gris de dos pisos.
Los niños comenzaron a gritar “eh, miren a los mensos del segundo piso que no pueden bajar”... cuando llegamos al segundo piso, salió Berna en pantunflas. Sólo preguntó “...¿y el periódico?”

El inge

Author: Zeth /

El inge tiene un Javelin 75 y el tabique desviado, producto de un pleito de juventud nunca resuelto por las autoridades correspondientes. Gracias a eso su voz se escucha nasal y su risa da mucha risa.

Su Javelin es un potente auto de ocho cilindros, rojo con franjas blancas, capaz de competir con cualquier Mustang o Barracuda que se le ponga enfrente. El inge lleva el cabello medio largo y completamente revuelto porque el inge quiere aparentar que las cosas terrenales no le interesan en lo más mínimo y parece inclinarse más hacia los asuntos espirituales y, a pesar de eso, siempre está al día con las mejores cámaras fotográficas, los más avanzados televisores y los más finos estéreos.

El inge viene a la casa cada fin de semana. Llega con una botella de vino y una baraja de naipes para jugar al conquian. Trae también sus discos de los Apson y los Teen Tops, trae música de Vianey Valdez y presume de un disco inédito de La Tribu. Así, escuchando música y jugando baraja el viernes se nos hace sábado y sin saber. La botella de vino está vacía y el Inge se tiene que ir porque debe constatar que los trabajadores de Orión estén donde deben estar.

Juany no tomó vino y perdió en el juego de baraja, pero sus ojos brillan cuando miran al Inge. Y cuando los ojos del Inge miran a Juany, se escucha música clásica y el cuarto se llena de olorosas flores.

Juany no lo confiesa ni a nadie, pero el Inge le despierta cosquillas en el alma… tiene miedo de que el Inge sepa que regresó de San Luis encerrada en un ropero para evitar que Graciano, su novio, se la llevara aquella noche de noviembre en que su juventud se fue al carajo.

Ahora tiene 38 y el Inge 40. Ahora siente que aquel su corazón agonizante de San Luis ha tomado nueva vida. El Inge y Juany se dirigen miradas cuando nadie los ve y se lanzan besos cuando nadie lo nota.

El inge está feliz y se le nota: ahora manda a lavar todos los días su auto y le compra cerveza al equipo de futbol de Orión aunque pierdan por goleada. No tiene en mente las derrotas ni la suciedad cuando piensa en Juany.

Juany se ruboriza cuando mamá Esther le pregunta porque de pronto anda cantando canciones que nunca cantó y ella avergonzada le dice que no lo hará más. Mamá Esther, con su ojo izquierdo más pequeño que el derecho sospecha que algo pasa con Juany y frunce el ceño tratando de adivinar.

Es Navidad y el inge le regala a Juany un hermoso ramo de rosas, un perfume y en un arranque de amor sincero coloca su bufanda alrededor del cuello de Juany. Ella se siente abrumada y sin saber qué hacer y cuando apenas reacciona mira el tabique desviado del inge muy cerca de su propia nariz. Me va a besar, piensa, tiene que hacerlo, ahora no hay manera de echarse para atrás.

Juany cierra los ojos y espera.

Juany se queda esperando.

Cuando abre los ojos, el inge no está y tampoco está su Javelin rojo con franjas blancas y a lo lejos escucha un rechinido de llantas y la voz de mamá Esther preguntando porqué rayos el inge quiere llevarse a Juany si ella está destinada a cuidarme hasta que yo muera porque para eso es mi hija y para eso yo fui su madre.

Juany tiene ahora una edad indeterminada y todos los días se sube a un viejo camión para ir a trabajar. Ya no hay Javelins que le recuerden al inge y hace mucho que no sabe nada de él. No lo vio ni en el sepelio de Mamá Esther y pensó que entonces ese era el destino.

En Reforma y Rayón hay una cantina llamada El Jefes. El cuidacoches del lugar presume que algún día tuvo un Javelin 75 capaz de competir con cualquier Mustang o Barracuda que se le ponga enfrente… y también dice que tiene el tabique desviado, producto de un pleito de juventud nunca resuelto por las autoridades correspondientes.

Oasis

Author: Zeth /

El anuncio lo decía claro. Estaba en la Calzada Madero en el cruce con la avenida Colón, justo donde se hace una y griega. Mostraba una portada de un disco que no recuerdo, pero se veían claritos, Gene Simmons, Peter Criss, Paul Stanley y Ace Frehley. Kiss en una palabra de cuatro letras.
Kiss venía a Monterrey en el mes de abril. Era hora de mostrarles a los amantes de Los Sepultureros, de Lila y su Perla del Mar, de Ramón Ayala y entes similares que acá en el reino no todo es grupero. Me preparé con tiempo. Trabajé de cerillo en una tienda de autoservicio y pagué recibos de agua y luz con tal de que me dejaran ir al concierto que Kiss daría en la Monumental Monterrey.
Compré los cancioneros donde venían las letras del grupo y me divertía con los traductores que en la rola de I was made for lovin´you ponían “haz, haz, haz, haz” en la parte donde debería decir “do, do, do, do, dooo, dooo, doodo”.
Repasé todas las letras que me sabía. Aprendí nuevas. Compré posters y leía cada semana el Conecte donde daban los pormenores de lo que sería el gran concierto.
Estaba emocionado.
Estaba feliz.
Siempre he sido taciturno, pero con la posibilidad de ver al gran grupo, les decía a las señoras que acudían al autoservicio que me dejaran llevarles el carrito al coche y acomodar las bolsas del mandado con tal de ganarme unos cuantos pesos mas… el boleto para el concierto costaba 250 pesos y yo sacaba en promedio unos 20, 25 pesos diarios.
Pero descuidé la secundaria. Reprobé algunas materias y mamá me sacó de aquel trabajo. Yo había gastado algo en la compra de un pantalón del uniforme y el resto en pagar un recibo de agua que estaba vencido así que me quedé sin dinero para comprar ese boleto.
Me olvidé del gran concierto.
No tenía dinero.
Es el mes de agosto y no encuentro en lugar alguno la reseña de la presentación de Kiss en la Monumental Monterrey. Borré la memoria cuando supe que nunca podría verlos y los negué. Sólo después de que rompí la bolsa trasera de mi pantalón de secundaria, aquel que había comprado cuando trabajé en busca de un boleto para ver a Kiss me propuse averiguar cómo había estado y a la vez engañar a la memoria pensando que con la lectura podría decir que yo estuve ahí.
El concierto se había suspendido. ¿La razón? No les dieron permiso de tocar en el DF ni en Guadalajara y mis héroes consideraron que no valía la pena trasladar las toneladas de equipo sólo para satisfacer a unos cuantos fans que como yo, dejamos una parte de nuestras vidas tratando de conseguir un boleto para verlos…

-oOo-

Son las 5:30 de la tarde. Veo en el cielo un enorme Boeing 757 de Iberia inclinarse a la izquierda para aterrizar en el aeropuerto de la Ciudad de México. Le digo a Iván que lo observe porque es de los aviones más grandes que hay en el mundo pero no le presta atención: me dice que en junio estará en uno de esos cuando se vaya a Italia. Tras del Boeing llegan varios más, de Aviacsa, de Aeroméxico, de Mexicana… el ruido de los aviones comienza a molestar justo cuando pasa un hombre vendiendo nieve, otro más preguntando si me sobra un boleto o si me falta otro. Miro gente con cabellos parados, con sacos negros que les quedan chicos y con nenas que me miran raro haciendo fila para entrar al concierto.
He aprendido a ignorar las opiniones y fielmente sigo la línea para entrar a aquel lugar. Pero siento que necesito una cerveza.
Tres horas después suenan los primero acordes y entonces aquello estalla en miles de pantallas de celulares. Sonrío con tristeza luego de recordar que antes había que comprar varios encendedores para acompañar las baladas rockeras y ahora solo basta con sacar el Nokia, el Motorola, el Samsung o el Panasonic para mostrar nuestra sensibilidad…
No me siento afín a las 18 mil gentes que se desgañitan o se descomponen en cada brinco. Pero entonces Noel Gallagher cambia su guitarra, se acomoda después de mirar a su hermano Liam alejarse del escenario y comienza a tocar algo que no voy a olvidar nunca en donde quiera que esté.
Miro a todos alrededor y volteo al escenario y ahí está Ace Frehley tocando New York Groove, Gene Simmons con World without heroes, Peter Criss con Hard luck woman y Paul Stanley canta Reason to live.
Entonces entiendo que valió la pena, que lidiar con una centena de adolescentes en el camino sirve porque Iván ha logrado un sueño. Noel Gallagher nos canta Don´t look back in anger.
Salimos lentamente mientras en el Palacio de los Deportes se escucha Let there be love….

La loma

Author: Zeth /

Aquel cerro era la frontera. Esa loma no era motivo de albas ni de ocasos pero por alguna razón estaba ahí, retándonos siempre a escalarlo, a subirlo, a conocerlo a pesar de que no medía más de 50 metros de altura. Más allá no hay nada: todo es seco y fastidio, así que no vale la pena acercarse, decían los mayores, pero a mi la explicación me parecía siempre inconclusa: yo había visto perderse aviones justo tras la cima, así que algo debía existir de aquel lado.
De camino a la escuela, las siete de la mañana siempre nos pesan en la mochila de los que vamos a la primaria, pero esa carga siempre se hacía ligera con la idea de subir algún día a esa loma detrás de la escuela que separa a Valle Verde de... no sé, no sabía en ese momento qué había más allá, o sí, lo sabía a medias: había un cerro mucho más alto y mucho más misterioso que esa loma. Ahí estaba un majestuoso y árido Cerro del Topo Chico.
Tenía apenas ocho años cuando llegué ahí y esa loma siempre me causó fascinación. A los diez decidí que era hora de la excursión y sin avisarle a nadie eché a andar por toda la calle Cisne hasta llegar a No Reelección. Ahí terminaba el mundo conocido y sentí el temor de quien tiene a la espalda la seguridad de algo y en el frente el temor de la nada.
Seguí caminando, encontrando nidos de animales desconocidos, arroyitos nunca transitados y piedras, muchas piedras rodeando nopales silvestres. En el camino recordé los sueños recurrentes en los que yo estaba en una playa y para regresar a casa debía cruzar esa loma en donde de pronto se desataba una tormenta con rayos y truenos. En mis sueños nunca llegaba a casa y siempre me encontraba en otro lado aunque nunca supiera de qué forma había llegado hasta ahí.
Sigo caminando y en la medida que avanzo escucho el rugir de un mundo nuevo, un lugar desconocido hasta ahora y que me obliga a sentarme en una roca justo cuando pierdo el aliento: visto desde la cima, el mundo de allá abajo es impresionante. Veo coches, gente, casas, humo de fogatas y entonces pienso que los adultos mienten cuando te dicen que no hay nada más allá de algo que te llama la atención.
Me quedo hasta el anochecer sentado en la cima, mirando cómo se encienden las primeras luces y confieso que me siento bien luego de descubrir que hay algo más en este mundo que ese camino de la escuela a la casa y de la casa a la escuela.
Regresé muchas veces más, la última cuando tenía 12 años. A esa edad volví a sentarme en la misma piedra en la víspera de la Navidad. Subí a pesar de saber que en casa ya estaban casi todos esperando la Navidad pero con la certeza de que no me esperaban a mi.
Como siempre, las luces comenzaron a encenderse puntuales y en eso descubrí algo que en esos dos años de excursión nunca había visto.
Una escuela.
O al menos eso parecía a juzgar por los salones y el patio de juegos, pero extrañamente tenía las luces encendidas y en su interior se podían ver algunos niños realizando actividades.
Nunca había bajado de esa loma por el lado contrario, es decir, siempre me cuidaba de no perder el camino de regreso, pero ese día 24 de diciembre tuve la inquietud de saber porqué unos niños se quedan tan tarde en un salón de clases.
Bajé no sin temor. Me acerqué lo suficiente para darme cuenta de que era verdad lo que veía desde arriba: eran las 10:00 de la noche y había niños en esa escuela.
Desde donde estoy me doy cuenta que tras una ventana un niño de 6 años me mira con curiosidad mientras me dice, con su voz infantil, "Ey ¿qué estás haciendo allá? le voy a decir a la dire que te escapaste...".
Le dirá a la dire que me escapé... me dice, pero a mi lo que se me escapa es una sonrisa y con algo de ironía le pregunto que de dónde me escapé.
Pues de aquí menso, me contesta con inocencia.
Me dice que se llama Pablo. Le pregunto que qué hace ahí y me dice que esa noche es Navidad y que está esperando un regalo.
Me gustaría decirle que para mi las Navidades son tristes y que más de una vez me he quedado igual de despierto que él para esperar los regalos, y sin embargo invariablemente me levanto con el frío de las ausencias. Pero lo ví tan entusiasmado que preferí no hacerlo.
¿Y qué regalo esperas? le pregunté. Una rila, me dijo.
¿Una qué...? pregunté de nuevo.
Una rila que anuncian en Julio Cepeda, de esas que traen una corneta y que en la noche le puedes prender una lucecita. Si no me la traen de regalo de seguro me la saco en la rifa. ¿Tu crees que me la gane? No sé, le dije, depende mucho del número que te haya tocado. ¡El 190! me dijo triunfante...
Ah, entonces sí tienes muchas posibilidades de ganártela, le dije sin convicción luego de recordar que yo también esperaba una bicicleta de esas hace años y nunca llegó.
Le pregunté si no sabía qué hora era.
Las 10:30 de la noche, dijo.
Sin alarmarme, entendí que ya era tarde y le pregunté a ese niño que hasta qué hora estarían ahí.
¿Aquí? me miró con asombro. Yo aquí vivo, me dijo.
No puede ser, esto es una escuela, le dije.
Ah, bueno, es una escuela en la mañana, pero en la noche es una casa grandota, me explicó con una sonrisa brillante.
Sin entender del todo, eché a andar hacia la loma de regreso y antes de comenzar el ascenso, el chiquillo me gritó ¡Eh! ¿verdad que el 190 se va a ganar una rila?
Sonreí y le contesté que sí, que no se preocupara... que de algún modo alguien sabría que en ese orfanatorio un niño de seis años esperaba con ansia un par de ruedas para darle sentido a su vida.
Muchos años después de ese episodio aún espero que Dios, quien quiera que este sea, le haya dado esa alegría a un chiquillo que atesoraba un papel de libreta con el número 190 marcado de esperanza...

Salisbury

Author: Zeth /

Un gris plomo cae sobre los techos en esta parte del norte de las Carolinas. Es la tristeza del cielo, dicen unos, es temporada de lluvias, dicen los más ordinarios.
De cualquier modo, el llanto del cielo se hace presente sólo cuando es preciso, es decir, cuando quiere borrar de un plumazo los restos del pasado. Si sabes de lo que hablo ¿O no?
El camino hacia acá, desde donde quiera que lo emprendas, es largo. Muy largo.
Acá con cada milla se agrandan las goteras de la memoria y es una verdadera hazaña mantener en su sitio los recuerdos más lejanos.
He llegado aquí con 31 años de vivencias y dos mudas de ropa. Dejé allá en el sur, en alguna esquina, un diario, una mirada, un sueño: dejé allá la mitad de mi vida.
De manera lamentable, no pude guardar en mis bolsillos alguna piedra de ese Monterrey tuyo y mio que ahora no está al abrir la cortina de mi cuarto.
¿Que si te extraño?
No sé.
No sabría cómo llamar a esa grieta en mi corazón, a ese vacío en el estómago... a esa indescriptible fractura de mi carácter.
Puedes llamarle síndrome del recién llegado, pero yo prefiero creer que mi mente sigue allá, en un lugar de Hacienda Santa Clara, mientras mi cuerpo se empeña en sobrevivir acá, donde la temperatura siempre desciende a poco más de seis bajo cero....

De Xosse, estética unisex

Author: Zeth /

Me levanté sudando. La respiración entrecortada. Soñé que esperaba el cambio de luz en el cruce de Lincoln y Cisne (ahora Agami) y sin saber cómo sentí un impacto en la cadera, en el lado izquierdo, entre la cintura y mis piernas. No podía reaccionar por el dolor y porque hace algunos segundos yo esperaba cruzar la calle y ahora solo veo luna y estrellas. Escucho el ruido de autos que pasan y de gente que grita y cuando trato de abrir los ojos sólo veo un letrero: Estética Xossé, en vez de la X unas tijeras…
¿Estás bien? Me pregunta una melena de cabello despeinado y por miedo le digo que sí, que no siento las piernas pero de ahí en adelante todo está perfecto. La melena sonríe maligna y me dice ¿sabes qué, cabroncito? Eso te pasa por no contestar mis llamadas….

-oOo-

El estruendo del choque se escuchó hasta la calle Cóndor. La mayoría de las casas de Valle Verde apagan sus luces a eso de las dos o tres de la mañana, la hora a veces no importa cuando estás dormido y alguien te despierta por alguna causa, como el aparatoso accidente de aquella noche de abril.
Dormía yo en ese cuarto de ventanas oscuras forradas de cartón pero el estruendo rebasó mis intentos por detener los cucarachos: Escuché el ruido y pensé que el techo se derrumbaba bajo el peso de esos asquerosos insectos. Pero no pasó nada. No sentí las escamas de sus patas caminando por mi rostro ni su maligno aleteo.
Entonces abrí los ojos.
Después del estruendo había ruido de ambulancias y gritos de gente, ruido de tenis y zapatos corriendo por todos lados como si rodearan mi cama y un aire frío que se colaba por debajo de la puerta. Salí a la calle y miré cantidad de personas en ropa de dormir corriendo sin control hacia el cruce de Cisne y Lincoln, rezando porque alguna de las víctimas no fuese su hijo que hasta esa hora no llegó a dormir.
Yo también corrí para ver si no quedé muerto en el choque, pero al llegar al Canal del Aguila comprendí que no podía ser: yo no puedo estar ahí por la sencilla razón de que estaba durmiendo hace unos minutos.

-oOo-

Hay hierros retorcidos por todos lados. Nadie se atreve a avanzar entre el humo negro que presagia el gran incendio, pero entre los añicos del cristal del conductor se adivina un movimiento de manos: Un dile a mamá que no se preocupe por mi, que este choque no me va a matar… un prométeme que si este accidente me mata ella no verá mi rostro y si por aquellas costumbres a las que nos obliga la distancia ella me quiere mirar: dile que no soy el mismo. Que no me reconocerá.
Le digo que puedo prometer eso siempre y cuando me dijera su nombre. Soy Gerardo, me dice. Soy Gerardo…

November rain

Author: Zeth /

Si, este es un beso guardado para ti

Me fui para el estado de Hidalgo cuando supe que no habría más nada, que no cabía más mi vida en la suya y me fui pensando que jamás volvería a saber de ella. Me llevé dos cantos grabados mil veces y repetibles cuantas ocasiones yo quisiera para asegurar que mi dolor estuviese siempre presente, para mantener abierta siempre la herida y negar con ello la posibilidad de un reencuentro.
Wake me up when september end era el inicio y November rain el gran final.
Mi viaje duró exactamente 428 repeticiones de la primera y 357 la segunda. Vamos llegando, me dijo el camino de dos vías que divisa al poblado de Pisaflores desde la montaña y que mira el campanario de la Iglesia como quien mira un precipicio. En esos caminos de Dios sólo nos resta caminar, me dije al cargar la mochila y decirle adiós a mi anciano compañero de viaje que nunca entendió porqué repetía mil veces una canción que sólo yo podía escuchar y comenzar a caminar tierra abajo, donde el olor del café y el barro se confunden.
Pocos me conocen. Pocos saben que hace 25 años estuve ahí, pero ahora nadie sabe porqué cargo esa mochila y me encierro en unos audifonos. En el camino recojo una figura prehispánica que sobresale de la tierra... aquí abundan y me pregunto si estaré mancillando el recuerdo de algún azteca ofrendado a su mujer... creo que no le importará que la guarde en la mochila como un mero recuerdo que ella tendría que conservar y que de algún modo vino a dar a este camino.
Con ese pensamiento se me vino la noche y apresuré el paso. A unos cuantos metros la casa de la Tía Clara me esperaba con la luz de las velas y un jarro de café con piloncillo pero al llegar no había nadie... la puerta estaba abierta pero yo sé de la condición de la gente de la Huasteca: La puerta siempre está abierta pero tu salida depende de la intención de la entrada, puedes salir con vida o sin ella.
Entré. Una veladora alumbraba una virgen y otra vela alumbraba el café. No había nadie en la planta baja y subí a las recámaras. Ahí estaba ella, la Tía Clara con 25 años de mayor vejez y abriendo de más los ojos para saber que era yo quien la miraba. ¿No está nadie con usted? pregunté asombrado al descubrir que su cuerpo era apenas la mitad del que tenía hace un cuarto de siglo. No hay nadie, me dijo en un susurro... hace años que no hay nadie aquí. Pero ¿y el café que humea allá abajo...? pregunté. Lleva ahí los dos días que no me he podido levantar... tengo miedo que se vaya a quemar la casa ¿podrías apagar las brasas? me pidió antes de decirme que la despertara cuando en noviembre dejara de llover.
Esa noche tomé café. En la misma taza de hace 25 años. Y platiqué con ella. No sé cuánto tiempo escuchó de mi éxito en la vida, no sé si me escuchó que fui yo lo que ella predijo: un tipo licenciado, con una buena esposa y un par de hijos buenos, un tipo con su propio negocio y con el futuro resuelto... no sé cuánto tiempo escuchó de lo bien que me va en la vida y sólo cuando me acerqué a cobijarla me di cuenta que había muerto. Quise entonces decirle que mi vida era una mentira y que nada de lo que le había contado era cierto pero su mano, cálida todavía, me dijo que todo estaba bien, que a la gente de la Huasteca le gusta recibir visitas y que cuando son buenas, un café es el remedio para agradecer cualquier consideración.
La sepultamos un empleado del panteón municipal y yo en ese mes de noviembre, justo cuando el cielo se llena de negros nubarrones y los cafetales comienzan a florecer en esa honda planicie que es el pueblo de Pisaflores.
Pero ese día no llovió.

La medalla

Author: Zeth /

Es la niña...

La ví salir de la cocina con la ropa mojada, no supe si era sudor o el agua que utiliza para lavar los trastes. Señor, me dijo, (le he dicho mil veces que no me diga señor, pero sólo atina a turbarse) la semana pasada usted me pidió que tirara una bolsa que estaba junto a su guitarra y pues yo la iba a tirar, pero ví que entre la basura iba un rosario color verde y pues me dije pa´qué lo tiro, mejor me lo llevo a la casa y así le rezo a la milagrosa y me llevé el rosario, pero cuando llegué a la casa y abrí la bolsa, me di cuenta que en el fondo venía esta medallita y pa´pronto pensé que usted creería que yo me la robé, ya ve usted que a veces traigo a mis niños y me dije que a lo mejor usted podría decir que lo robamos o no sé, hasta le platiqué a Raúl, mi viejo, y él me dijo que mejor le contara a usted la verdad porque nosotros somos pobres, pero no robamos…

¿Cuál medalla? Le pregunté sin prestarle atención mientras buscaba las llaves del carro. Esta, me dijo. Es de oro y trae a la virgencita por un lado y por el otro al Sagrado Corazón.

Tomé la medalla entre mis manos, la miré bien y le di dos vueltas. Efectivamente era de oro y por un lado traía a la virgencita y por el otro al Sagrado Corazón.

No es mía, yo no acostumbro usar esas cosas y no creo que alguien la haya olvidado en esta casa porque aquí nunca viene nadie, le dije.

Mírela bien, insistió mientras extendía su mano para dármela de nuevo. A lo mejor alguien se la regaló y usted ni se acuerda… ¿no sería su mamacita la que se la regaló?

Para complacerla volví a tomar la medalla unos segundos y estuve a punto de contarle la historia de mamá, pero simplemente le repetí que esa medalla no era mía.

Es de oro, dijo casi en un susurro, y a lo mejor hasta la bendijeron y usted ni se acuerda…

No es mía, le repetí, y confío tanto en usted que sé que no robaría nada de lo que hay en esta casa, así pues, quédese con esa medalla si acaso significa algo para usted porque mía no es.

Me miró unos instantes, los suficientes para que el tiempo se coagulara en sus pupilas e insistió. Señor, esta medalla es suya.

Ya no le puse atención. Encontré las llaves del carro y salí a la calle. Un poco más tranquilo repasé la plática con la señora de la limpieza y no pude evitar reconocer que la señora es honesta, es grata y es una buena persona, pero es imposible que esa medalla la encontrara en mi casa.


-O-

¿Y le dijiste que era de oro? Preguntó la mujer sin dientes. Eso debe haber bastado para que él se quedara con ella, no conozco hombre alguno que no sea ambicioso y que no le ponga precio a las cosas.

Sí, le dije que era de oro, pero apenas la miró.

¿Y tocó a la virgencita?

Si, dijo la señora de la limpieza. Sí la tocó.

¿Y al Sagrado Corazón?

También lo tocó, respondió de nuevo. Tocó la medalla porque yo se la dí esperando que se quedara con ella. Pero no se la quedó.

Ni modo, dijo de nuevo la señora sin dientes, vas a tener que ponerte esa medalla cada que vayas a su casa, y es importante que reces un Ave María y un Padre Nuestro antes de que abras la puerta… Por cierto, dijo, ¿él ya sabe que en su casa juega una niña de piel blanca y que sonríe de manera mortífera?

No creo, contesta la señora, y no quiero decirle porque la niña me ha dicho que no le cuente nada, que sólo está esperando a que el señor la llame alguna noche para poder decirle que lleva años esperando ese llamado…

Los quince años

Author: Zeth /

El vestido de quinceaños color violeta estaba sobre la cama, esperando con Doña Lupe que se llegara la hora. Doña Lupe no durmió por contar el tiempo que faltaban para las 6:00 de la tarde. Son muchas horas, se dijo, pero hay que madrugar para revisar que el asado quede bien y las cervezas lleguen a tiempo, hay que apurar a los meseros y adornar con flores la iglesia. Eran las 8 de la mañana cuando Doña Lupe hizo un llamado para confirmar que a las 4:00 pm el padrino del auto tendría que estar a tiempo para la fotografía y con ello llegar puntuales a la misa. Con una sonrisa de satisfacción le dijeron que sí, que no se preocupara.

Doña Lupe salió al patio a bañarse y gritó a quien la quisiera escuchar que nadie entrara a la regadera porque se los iba a sonar. Se desvistió lentamente, imaginando que era ella la que en unos momentos más tendría en su cabeza una tiara y puesto en el cuerpo un vestido color violeta.

Lentamente deslizaba la espuma jabonosa por su cuerpo y en algún instante recordó que todavía era una mujer capaz de tener sensaciones, pero la realidad se burló de ella: Don Cuco hace años que había olvidado no sólo el cómo, sino el porqué.

Ándele Doña Lupe, que traigo suelta la panza, gritó uno de los sobrinos y ella, con toda paciencia, terminó de secarse y, femeninamente, se colocó una toalla en la cabeza para salir coronada en este su día soñado. No me vayas a cagar las patas escuincle imbécil, le grito a su sobrino antes de hacerse a un lado apuradamente ante la urgencia del pequeño rapaz.

Mirando al espejo, Doña Lupe recuerda que hizo un juramento ante la tumba de sus padres: “Cuando yo tenga una hija, le voy a hacer su quinceaños como el que ustedes no me hicieron a mi, no importa qué es lo que tenga qué hacer, pero ella no se quedará sin su fiesta”. El espejo le devuelve la imagen de Carmen, su hija mayor y a quien esperaba hacerle un festejo que toda la colonia Independencia no olvidaría jamás. No quiero en el salón a gente de La Risca ni de la Nuevo Repueblo, amenazó a sus hijos, así que no me inviten a sus amigos que yo decidiré quién va y quién no. Pero Carmen no quiso fiesta y de la manera más simple se lo dijo: No quiero una fiesta.

Doña Lupe enfermó luego de esa discusión y hasta el momento en que Carmen murió, le sostuvo sin mirarla que no, que ella no era su hija y que si Don Cuco quería mirarla, tendría que hacerlo en la calle porque desde ese momento Carmen ya no tuvo casa.

Doña Lupe pensó que no viviría el suficiente tiempo para hacer realidad ese juramento porque tras de Carmen venían Ernesto, Juan, Jesús, Arturo y Sergio. Puros hombres, solía quejarse mientras Don Cuco se relamía los bigotes.

Pero llegó Coco y con ella la nueva esperanza. Sufrió lo indecible mientras cuidaba un embarazo de alto riesgo. Lloró noches enteras junto a su nena cuando enfermaba y le agradeció infinitamente a Sergio cuando, por accidente, unos tubos de drenaje casi aplastan la cabeza de Coco, pero Sergio la rescató a tiempo.

Ahora Coco tiene catorce años y en unas horas más estaremos festejando, sonrió Doña Lupe frente al espejo. Nada importaban ya las quejas de los demás hijos reprochándole porqué no invitó a Carmen. Ella será su hermana, pero no es más hija mía, les respondía.

Miró su reloj. Son las doce del mediodía. Puso el radio de bulbos en donde tocaran música tropical porque se sentía alegre y quería contagiar a los demás de eso que presagiaba sería un gran día. Le extrañó que Coco no se hubiera levantado porque ya eran las doce y tenía qué llevarla a maquillarse. A peinarse y perfumarse.

Se dirigió a su cuarto pero Coco no estaba.

Había un vestido de quinceañera color violeta. Pero Coco no estaba.

Se estará bañando ya, se dijo Doña Lupe y a pasos agigantados se dirigió al patio en donde estaba la letrina y una regadera con puerta de cortina.. Hizo de lado la frágil tela pero sólo se encontró a su sobrino, tratando de contener la respiración para no morir víctima de sus propios gases.

¿Dónde está Coco? Le preguntó y el chamaco, que a duras penas podía mantener el equilibrio en la letrina, hizo un gesto parecido a no sé, no la he visto. Doña Lupe corrió entonces a la cocina, a la sala, al resto del patio y al cuarto de atrás.

Coco no estaba.

Cuando llegó Don Cuco y el resto de sus hijos, les dijo que no, que no habría fiesta porque Coco no estaba. Estaba su vestido color violeta y sus zapatos nuevos, su tiara y su ramo, sus calzones nuevos y las medias sin abrir, pero ella no aparecía.

Hubo que suspender todo.

Dos días después apareció Coco de la mano de Cony, estilizado apodo para quien se llama Concepción a quien dijo querer con toda el alma “porque es el que juega mejor al futbol en el barrio de la Indepe".

Doña Lupe no dijo nada. Envejeció de pronto y comenzó a padecer de sordera cuando las vecinas le preguntaban el porqué de la suspensión del gran festejo.

Para Doña Lupe las navidades y los años nuevos ya no fueron aquellos en donde presumía el fiestón que le organizaría a Coco, ahora se la pasaba en un sillón esperando el desfile de regalos sólo para rechazarlos porque a ustedes les hace falta más que a mi, les decía cuando consideraba que un extractor de jugos no era suficiente para compensar los años de su sacrificio.

Coco tenía ya tres hijos cuando llegó con su regalo un Día de las Madres, temerosa de que de nueva cuenta Doña Lupe lo fuera a rechazar. Tras de ella estaban Ernesto, Juan, Jesús, Arturo y Sergio, esperando a ver la reacción de la Doña con su hija preferida. Recordaban todavía que hace un par de años había muerto Carmen y cuando fueron por Doña Lupe para llevarla al sepelio, les dijo vayan ustedes, ella será su hermana, pero hace mucho que no es más hija mía.

Coco entró a la habitación pero no escuchó ningún ruido, le sorprendió de pronto que la piel de Doña Lupe estuviese tan fría, así que a tientas buscó el apagador y lo que encontró fue un añejo vestido color violeta encima del cuerpo de su madre...

Pese a que los doctores les dijeron que su muerte fue por una causa natural, Coco y sus hermanos todavía se preguntan cómo es que Doña Lupe fue capaz de arruinarles el único día en que podría causarles, muy en el fondo, un poco de ternura...

Cuenta regresiva

Author: Zeth /

Papá dijo que había muerto. Una severa hemorragia fue la causa. No hubo manera de salvarla, nos dijo que contestáramos a quien preguntara. Yo me aprendí esa tonada e invariablemente contestaba que a mamá la había matado una hemorragia. Una severa hemorragia.

La compasión de los de al lado hasta me hacía sentir especial. “Hey, no le digas nada, ¿no ves que su mamá se murió de una hemorragia?”, escuchaba decir a los amigos cuando alguien se atrevía a mirarme a los ojos.

Crecí con esa idea. Con la idea de que papá amaba a mamá y que por alguna causa del destino mamá había muerto de una hemorragia. De una severa hemorragia.

Por eso me quedé con los ojos abiertos cuando papá llevó a una nueva esposa. Ella es tu mamá, me dijo. Caray, creí que mamá había muerto de una hemorragia. De una severa hemorragia, le dije.

No, tú nunca lo entenderías, pensó mientras me golpeaba para hacerme comprender que hasta ese momento mamá había sido una mentira, una ficción y que ahora esa señora vestida con ropa de Vianey Valdés era la realidad.

No lloré porque no sé hacerlo. Siempre me aguanto y eso desespera a quien me golpea o me lastima. Porque siempre los miro a los ojos sin una expresión, sin un reclamo, sin una discusión. Puedes pegarme duro y no sé levantar una mano para defenderme. Sólo te miro y trato de entender porqué me lastimas, si yo te quiero.

Así pasaron los años de mi vida. Tratando de incorporarme a lo que los demás les gusta, hablo de ganar dinero, de tener un bonito auto, de tener una bonita novia, de vestir bien, de tener unos zapatos bonitos y tener el mejor estéreo de la cuadra.

Esas son cosas que lamentablemente no me interesan. Me importa ahora saber qué le pasó a mi madre, me interesa saber porqué una mujer es capaz de abandonar a dos hijos y no volver o volver luego de siete años nada más para vernos de lejos y saber que tenemos mochilas y que vamos a la escuela, que recibimos un cuartito de chocolate y una pieza de pan a la entrada de la escuela mientras ella le murmura a mi padre lo crecidos que estamos.

Me interesa saber porqué rayos mi padre me oculta una verdad que a mi edad ya estoy en condiciones de entender aunque con ello sea capaz de darme un tiro en la cabeza por no comprender cómo diablos llegamos a esta situación cuando todo pudo haberse resuelto cuando apenas tenía yo dos años.

¿Acaso no saben que todo ese engaño me hizo añicos la vida? ¿Acaso no ven mi rostro, no ven mi ropa, no ven mis ojos? ¿No leen lo que escribo?

¿No entienden que cada borrachera termina en esa piedra de sacrificio que es el dormir?

Creo que ya no buscaré respuestas.

Papá ya está viejo y siempre capotea las preguntas que realmente te pueden alumbrar la vida.

Tengo un hermano que hace tiempo no lo es. Ya no estoy a su altura porque necesito un coche nuevo y eso es algo que no entra en mis planes.
De aquí en adelante, en cualquier momento comenzaré la cuenta regresiva….

Porque la quería

Author: Zeth /

Yo la abrazo. La quiero en verdad y no deseo que en su alma se anide algún tipo de miedo. Yo sueño con ciclones y terremotos y me veo caminando en medio de charcos y nadando entre corrientes tormentosas para salvar la vida. Pero yo no quiero que algo le pase a ella. Y puedo morir pero tengo tres minutos para salvarla.
Y lo hago.
Porque la quiero.
Ella sacude las gotas de lluvia en su cabeza y murmura un gracias que no suena a eso.
Y se va.
Enciendo la vela que me sirve de iluminación y comienzo a andar por esos caminos en que podría perder la vida con sólo asomarme. Me asomo por túneles olorosos a suciedad y con gente que se ofrece a mostrarme el camino y a la que le digo que no: yo sabré cómo llegar a donde quiero ir... pero de manera invariable pregunto si alguien tendrá un mapa para ilustrarme...

Mirando la luna

Author: Zeth /

- Oiga - le grito al viejo que vende leña a la orilla de la carretera. - ¿A dónde me lleva esta carretera? -.
- ¿Pa´dónde va usté? - responde sin voltear, mientras con el cordel ata un bulto de leña.
- ... no sé, me da igual... - digo con desgano.
- ¿Ton´s pa qué quiere saber a dónde lo lleva este camino...? -.

Veo el tablero y me dice que van más de 500 kilómetros recorridos. Llevo tres latas de atún en la cajuela y cerveza que necesita hielo. ¿Quiere leña? preguntó el viejo. No... no, gracias, digo titubeando, no me serviría de nada. Usté se lo pierde, contestó con una sonrisa enigmática.
Arranco sin mirarlo. Comienza a anochecer y la carretera se vuelve de pronto angosta. Con dificultad manejo entre la división de carriles y estoy a punto de chocar contra las luces que llegan desde el lado contrario, veo ojos centelleantes y manos que me insultan... escucho sonidos que me recuerdan a mi madre ausente y comprendo que necesito pararme en algún lugar de este camino: Ya casi es medianoche.
Doscientos metros adelante descubro a una pareja sentada a la orilla de la carretera. El, de unos 50 años, ella de apenas 20. Miro el reloj y me parece riesgosa esa acción: todo está oscuro y en ese momento él se acerca a la ventanilla. Jefe, me dice con aliento a fango, ¿le interesa una movida?
No comprendo del todo.
Si, una movida, me explica, mire para la orilla del camino, ¿ya la vé?, pues pude ser suya, nomás deme 300 varos y yo le puedo asegurar que no ví nada...
Ella está parada. Tiembla. No levanta la vista pero cuando lo hace, en sus ojos hay una especie de súplica. Un grito de por favor no me haga daño.
Pago lo solicitado y bajo del auto. Caminamos los tres por entre arbustos y de pronto el terreno se enriquece de polvo: este sitio es la nada. Miro hacia todos lados y encuentro lo mismo, polvo. Cerros de polvo. Polvo de siglos que no encuentran destino fijo.
Mire jefe, me dice él, métase en esa choza que está allá adelante, usté puede hacer con ella lo que quiera ¿verdá m´ija que vas a complacer al señor? ella gime y mueve afirmativamente la cabeza. Algunos opacos cabellos le cubren el rostro y ella los usa para ocultar penas y pudores.
Abro la puerta de la choza y aparte de un chirrido, no descubro más que un viejo catre y una chimenea llena de ceniza. Ella permanece afuera. Con la madrugada comienza a hacer frío. Pasa, le digo, no tengas miedo, en realidad no pensaba hacerte nada, sólo quería un lugar donde pasar la noche.
Levanta la cara y en sus ojos hay desconfianza. No se atreve a entrar y trata de cobijarse con el sucio vestido que apenas cubre sus rodillas. Busco entre la oscuridad algo de madera para encender y entiendo ahora la sonrisa del viejo de la leña asegurando que yo me lo perdía. Ni pensar en ir al coche a traer alguna cobija porque en este inmenso desierto perdería el rastro.
No sé si dormir ahora o convencerla de que siempre estará mejor dentro de la choza que afuera soportando el viento y respirando arena.
Me coloco frente a ella. Tomo sus manos y la atraigo al interior. Comienza a llorar y la abrazo como a un animalito asustado... siente el calor y deja de sollozar. A los pocos minutos se queda dormida. Yo junto a ella, tratando de que el frío tenga piedad de dos seres que no se conocen.
No sé cuanto dormí. No sé cuándo ella se fue. Sólo siento el agudo dolor de una bota que se estrella en mi quijada y me obliga a mirar al norte. Escucho a lo lejos el ruido de mi auto arrancando a toda velocidad, todavía en el radio la canción de amor que traía tocando.
Con dificultad me pongo boca arriba. Miro la luna. Tengo como consuelo saber que en algún lugar de Guadalajara alguien podría estar mirando lo mismo que yo... tengo como consuelo saber que, en esta parte del desierto, también yo extraño a la lluvia...

El huracán II

Author: Zeth /

Cuando desperté todo era agua. Sólo eso. Agua, mucha. Asomarse a la ventana era inútil: sólo había agua. Mirando al techo buscando las posibles goteras, recordé los días del verano en Guadalajara... allá, a mediados de los noventas las tormentas tenían un estricto horario y comenzaban exactamente a las cuatro, ocho horas antes de que dejaran de vender cerveza así que no había más remedio que ser precavido. En Guadalajara llueve y llueve en serio (debe ser por la tristeza que algunas veces se carga Anaita), entonces la verdad no me sentía sorprendido por esa cortina humeda, esas nubes grises y el viento que de pronto se desataba sin aviso previo acá, en el pueblo de montañas. Lo peor de la lluvia cuando es abundante no son las inundaciones, sino los recuerdos que nos traen de otros días, cuando el aguacero nos obligaba a quedarnos en casa y nos dimos cuenta de que mis papás no se hablaban, de que entre mi hermano y yo no había una plática placentera y de que todos metidos cada uno en sus habitaciones prendíamos la tele por mero reflejo, sólo porque se escucharan algunas voces y no sentir tanto el hastío.
Hubo tanta agua por este lado que tuve miedo por mis perros. Salí en medio de la tempestad para ver cómo les iba y los muy inconcientes nadaban "de a perrito" entre los charcos y los espacios lacustres. Eran felices, tanto como no lo podía ser yo porque estaba desvelado, porque no tenía cerveza y porque no podía platicar con nadie de los sucesos climatológicos que rondaban allá afuera. Habló mi hermano desde Tijuana para decirme que no saliera de la casa porque allá estaban pasando en la tele escenas desgarradoras de gente que se quedó sin hogar. Le aseguré que no saldría, pero me aseguré de que le pidiera a alguien con un mejor coche que el mío que me trajera algo de provisiones, no sé, un par de cartones de cerveza servirían en una situación como esta.
No deja de llover y no quiero ver las noticias no porque no me interesen sino porque son muy dados a poner las tragedias por encima de los heroísmos. Las provisiones no llegaron y salgo decidido a ser autosuficiente. Me subo al coche y al avanzar veo rostros temerosos y sorprendidos unos, hastiados y aburridos los otros. Dos arroyos me cortan el paso y un par de agentes con impermeables amarillos me hacen la seña de que no, de que sería muy arriesgado perder la vida por un par de caguamas. Retrocedo y aplico el plan B: dejo el auto en casa, me quito los zapatos y vuelvo a caminar bajo la lluvia, como cuando era chico y como apenas el día de ayer, cuando todos hablaban del huracán que está por venir.
Con el lodo hasta las rodillas, llego triunfante a la tienda y la misma señora de anoche me mira alarmada. Oiga, me dice, ¿usted ve la tempestad y no se hinca? Podría haberle platicado sobre mis estudios teológicos, sobre la enseñanza de Cristo de no adorar imágenes y no sujetarse al rosario para pasar bien la noche, pero la verdad mi punto de tolerancia estaba en el nivel más bajo. No son para mi, le dije a la señora, son para un sujeto que lo acaba de arrastrar la corriente y tan está atorado en un árbol bajo el arroyo de Valle de Infonavit, que ha pedido como última gracia este par de caguamas. Me las cobra no muy convencida y vuelve la vista para seguir las noticias en el televisor.
El regreso a casa es nostálgico y abrasador... la gente camina como en cámara lenta, volteando la vista al cielo y tratando de protegerse de su furia. Los que manejan autos parecen gritar que tenga cuidado, que estamos en medio de un huracán y yo les hago la seña para darles a entender que no les entiendo... ellos gritan con más fuerza pero no bajan los vidrios y yo vuelvo a poner la mirada que ponen los que no entendemos nada. Un ruido seco se escucha tras de mi, entonces miro a la señora que maneja su coche y noto su desesperación por algo que me señala en la parte de atrás.
Volteo sin convicción y sin soltar la cámara lenta antes de notar que una camioneta en descontrol viene hacia mi. Doy un paso atrás, y siento el golpe entre las manos... caigo. Escucho ruidos de cristales y gritos. Por un momento todo lo que veo es cielo y agua. Mucha agua. Las grandes gotas se estrellan en mi rostro y yo no atino a detenerlas. Escucho ruido de tambores y en el fondo creo que estoy escuchando Bloodflowers. Todo queda en silencio y entonces, levanto la cabeza. Metros adelante está la camioneta estrellada en un poste, desechos los cristales y mis caguamas.
Me levanto lleno de lodo, sin otro rasguño más que el del alma, y camino a casa, a reponer los dos envases y regresar con la señora de la tienda...
El pronóstico del clima dice que seguirá lloviendo, pero creo que a mi, eso ya no me importa.

El huracán I

Author: Zeth /

Martes 19 de julio. 5:40 pm. Mira, maestro, si esa estructura la dejas así, mañana va a estar movida ¿ah, que no? es neta, la otra vez a mi me dijeron aguas, que se viene un aguacero tan fuerte que parece un huracán y yo, igual que tú ahora, dije neh, lo que quieren es que me quite de aquí con mi puesto de revistas, pero no: al otro día lo encontré allá por Santa Catarina ¿te figuras? ps si estaba aquí mero donde estamos, en el centro, a un lado de la iglesia de El Roble y al otro día mi puesto ya iba pa´Saltillo. No, si no quieres no me creas, pero tu puesto va a estar movido...
Las nubes grises parecen danzar por la calle Juárez y de vez en cuando dejan caer algunos goterones, sólo para burlarse de los regiomontanos que corren como gallinas cuando ven al lobo... muchos de ellos olvidando lo divertido que es caminar bajo los aguaceros, empapados los calcetines y las medias, zapatos, tenis y tacones en la mano mientras el agua fría escurre por el rostro. Las nubes grises van ahora a Padre Mier y hacen la misma maldad: la gente se sube al primer camión que encuentran, o se refugia bajo algún techo, o se abraza al primer transeúnte con paraguas, pero nadie se moja. Como si fuera un delito...
9:25 pm. Dicen que está estacionado, pero con vientos de 250 km . por hora ¿saben ustedes lo que es eso? pregunta un señor de mediana edad con un aire de suficiencia que tiene boquiabiertos a sus interlocutores. Es más o menos como viajar en un auto deportivo a 250 km. por hora dando vueltas en círculo. ¿Y se siente feo? le pregunta su esposa sorprendida de la repentina sabiduría que ahora muestra ese señor de mediana edad. Mira m´ija, le responde, un día yo intenté hacerlo, pero nomás llegué a los 120 km. por hora, y no me gustaría recordar lo que pasó después. Un ahhh de admiración se escucha entre el grupo.
10:00 pm. Maldiciendo al destino, con un bote vacío de agua purificada y dos envases de caguama camino con dirección a la tienda. Hace un rato me dijo una voz con falso dolor, hey vecino, figúrese que arreglando el carro se me cayó una parte de la dirección en el tobillo y no puedo caminar... ¿no me haría el favor? Ya en la tienda y mientras los clientes compraban latas de alimento y agua purificada, se me quedaban mirando con extrañeza, cargando en cada mano un envase de cerveza caguama vacío. No entiendo cómo hay gente que ni se preocupa, murmura una cliente a la dueña del establecimiento. Hago como que no escuché y muy dignamente tomo mi par de cervezas y me formo en la fila. La señora de la tienda me pregunta si no voy a llevar agua, o pilas, o velas, o comida. Le digo que nadamás llevaré, aparte de las cervezas, el agua que me encargó el vecino. ¿Y para usted no lleva agua? me pregunta alarmada. No, señora, a estas alturas de mi vida le puedo asegurar que la cerveza todo lo soluciona, le digo. Y salgo de ahí con la frente en alto.
11:30 pm. Un par de parejas no saben que viene un huracán y se entretienen dándose besos en el parque cercano a mi casa mientras saco a pasear a la Wendy, mi perra pastor alemán que no parece inmutarse porque aparentemente se nos viene una tragedia. Unos minutos después, unos niños corren en el mismo parque con la alegría que sólo se nota en las vacaciones largas mientras me preguntan que dónde dejé al perrote que traía hace rato y acarician a Doña Rosa y al Flaco, el par de chihuahueños nerviosos que hoy aparentan estar tranquilos a pesar de que los noticieros nos dicen que hay que ir a los refugios, que no vayamos a trabajar y que no salgamos ni a la tienda de no ser necesario. Reviso mi refrigerador y creo que es necesaria otra vuelta a la tienda: Ya no tengo más cerveza.
11:45 pm. Apresurados, los taqueros de la avenida quitan lo que quedó del trompo mientras miran al cielo señalando algo. A mí me divierte la situación y recuerdo las películas japonesas donde esos habitantes de piel amarillenta y ojos rasgados señalan un punto en el espacio mientras gritan alarmados "¡Godzilla!". En la tienda la gente sigue haciendo fila y llevan de todo, y vuelven a mirame con extrañeza con mis dos envases de caguama como fiel compañía. Es que yo no soy de este mundo, nenita, le digo a una niña que con pantunflas, bata de dormir y osito de peluche entre los brazos, se me queda mirando sin despiste alguno. El aire ahora se torna un poco más frío y entonces me decido a mirar la luna: es tan bella con esa especie de neblina que la rodea y que me dice que algo va a pasar esta noche. Sin embargo, ya es la 1:24 de este miércoles, se me acabó de nuevo la cerveza esperando a un huracán que no ha llegado y que sin embargo sé que de algún modo vendrá porque sé que no será capaz de decepcionar a miles de prevenidos que compraron lo que debían comprar. Sólo espero que no cause víctimas y que al puestero no le mueva su estructura, ni deje mareado al conductor de los 120 km. por hora o a la señora de la tienda sin compras de pánico. Yo, por lo pronto, voy a buscar a ver quién me vende cerveza fuera de horario, aunque sé que me saldrá un poco más cara...

Todavía no te he tocado

Author: Zeth /

Había qué salir de León, Guanajuato, pasar por Lagos de Moreno y llegar a Ojuelos, para llegar a la carretera que nos llevaría a Saltillo, pero eso podía ser una experiencia aterradora.
Viajaba de regreso a Monterrey en punto de las 10 de la noche cuando descubrí la más redonda luna que pudiera verse en esos días. En las carreteras de México no hay luz y todo se nos va en rogarle a la naturaleza que no nos mande lluvia. Era una noche estrellada y fantasmagórica.
Yo manejaba un antiguo y cansado Volkswagen y a cada curva veía en la carretera a un viejo de enorme sombrero vestido de blanco, acompañado de dos renegridas señoras. Cada curva era esa imagen, hasta que paré a la orilla del camino y tras dormir 10 minutos, sentí que estaba de nuevo listo para manejar 12 horas seguidas. Dí marcha al auto y a los pocos minutos una falla mecánica me obligo a parar. Nelly se fue en el primer autobús que pasó.
Yo me quedé a 10 kilómetros de Ojuelos, el pueblo más cercano, hasta que amaneció. Llegué a Monterrey dos días después, con un libro que un anciano en una cantina de Ojuelos me obsequió... aquí te dejo lo que más me impresionó de ese escrito.

-La muerte es nuestra eterna compañera -dijo don Juan con un aire sumamente serio-. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo estará hasta el día en que te toque.
Extendió el brazo y me tocó levemente en el hombro, y al mismo tiempo produjo con la lengua un sonido profundo, chasqueante. El efecto fue devastador; casi volví el estómago.
-Tú eres el muchacho que acechaba su caza y esperaba pacientemente, como la muerte espera; sabes muy bien que la muerte está a nuestra izquierda, igual que tú estabas a la izquierda del halcón blanco.
Sus palabras tuvieron la extraña facultad de provocarme un terror injustificado; la única defensa era mi compulsión de poner por escrito todo cuanto él decía.
¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando? -preguntó.
Sentí que mi respuesta no era en realidad necesaria. De cualquier modo, no habría podido decir nada. Un nuevo estado de ánimo se había posesionado de mí.
-Cuando estés impaciente -prosiguió-, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí vigilándote.
Volvió a inclinarse y me susurró al oído que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal, podría ver nuevamente a mi muerte en el peñasco.
Sus ojos me hicieron una seña casi imperceptible, pero no me atreví a mirar. Le dije que le creía y que no era necesario llevar más lejos el asunto, porque me hallaba aterrado. Él soltó una de sus rugientes carcajadas.
Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría desazón y miedo.
-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”

Carlos Castaneda. Viaje a Ixtlán

Por si no te vuelvo a ver

Author: Zeth /

Tuve que elegir a la nieve, dijo para sí mismo, para que nadie lo escuchara sino su propia voluntad, la que a veces le recrimina el frío de las compañías.

¿Vendrás mañana? y escucho una voz casi extranjera diciendo claro, nena, ¿cómo no voy a venir si eres mi amada clara?

No sintió remordimientos hasta que cruzo la esquina, cuando un coche rojo atravesó de pronto la neblina y lo lleno de aquel aire regiomontano, tan dispuesto siempre a darte vida y quitártela en un segundo.

Claro que vendré mañana, le dijo, pero en la superficie sabía que mentía y en el fondo también: hace dos horas que su corazón se ha marchado y en ese espacio no queda lugar para uno más.

Cuando para ella llegó la mañana, hacía años que reinaba la noche... no supo que algo pasaba porque todo estaba tan iluminado que casi no le dio importancia al asunto. Estaba tan alegre por aquella claridad, que dejó de distinguir las líneas divisorias.

Llevaba un par de años buscando alguna señal, algo, alguien que le dijera qué clase de espiral se llevaría aquellos besos tan conocidos, pero no lo supo hasta que aquel hombre que prefirió las heladas tierras de la ausencia tuvo un recuerdo para ella.

Y lloró.

Porque entonces presentía que volverían de algún modo a estar juntos, porque creía con aquella fe ciega de quien se aferra al rosario que cumpliría con la ultima promesa sellada en un papel sin importancia: Haré de algún modo que me quieras, por si no te vuelvo a ver.

El no la supo ajena.

Ella se marchitó con la falta que siempre hacen las palabras del amor.

Ha muerto. Dijeron a sus padres.


Cabizbajo, Dios no entiende aun porque las cosas del corazón se salen de su control...

Zombie

Author: Zeth /

Cuando esos ojos me miran, soy indefenso. Podría permanecer quieto el tiempo en que ella me mira para capturar algún mágico momento, pero no sé lo que piensa. En realidad no sé si me observa, pero quiero pensar que sí, que trata de saber qué hay detrás de mi a pesar de que han pasado los años. Creo que se pregunta si he sido feliz, si he salido con alguien o si he leído algún libro, si tengo música nueva o si he comprado algún par de pantalones. Supongo que desea saber si sigo estallando en carcajadas cuando veo Seinfield como cuando ella reía junto conmigo (eres un ridículo ¿sabías? Solía decirme cuando le comentaba que Kramer era mi gurú espiritual).Creo que en esa mirada trata de reconocerme y de pensarme nuevamente, pero no lo logra y eso me pone triste, porque mis ojos quieren decirle que aún le amo.

Ha cambiado. Se le mira en el rostro un aire de felicidad que no le conocía y que me asegura que ha superado lo nuestro y quiere ser amiga mía. Sus manos son las mismas, pero no tienen ese romanticismo que era usual cuando tomaba las mías, ahora las siento igual de cálidas que antes, pero más frías. No me preguntes porqué.

Ha cambiado, pero su sonrisa sigue siendo la misma, esa terrible carcajada que alguna vez nos sorprendió en el camión cuando le conté un chiste y enrojecí de la pena cuando todos voltearon a verla. Era mi amiga entonces y la abracé. Y la besé. Y entonces no fue más mi amiga...

Sus ojos brillantes me miran aún y no sé decirle que no, que no he sido feliz y que no he salido con alguien más, que no he leído ningún nuevo libro ni tengo música nueva y sigo con los pantalones con que ella me conoció. Le digo que sí, que he salido con alguna gente y que he leído a García Márquez, Aguilar Camín y que me compré el CD de Coldplay a pesar de que no lo he escuchado. Le digo alegremente que mis pantalones los compro en la ropa de segunda porque los prefiero viejos y ella sonríe con el comentario porque sabe que puede ser cierto y me dice, como antes, “eres un ridículo”.

No me platica de su vida no porque sea un secreto, sino porque me va a decir lo mismo de siempre, que se levanta muy temprano y que a veces no come y que en muy contadas ocasiones piensa en mi porque no le queda mucho tiempo. Y entonces comprendo que sus metas en la vida eran distintas a las mías y no lo supe desde el principio.

Yo también he cambiado. Dejé la guitarra y las canciones porque suelo deprimirme por la nada. La música no me ayuda. Tampoco Joaquín Sabina. Perdí el rastro en algún lado del camino y no he hecho gran cosa para recuperarlo porque he faltado a la promesa de morir antes de los 24 y ahora soy casi un zombie, alguien que en realidad murió a esa edad pero no le avisaron y sigue caminando, sigue intentando algo que ni él sabe lo que es. Me es difícil sonreír y mirar por encima de lo que me dicen. No sé descifrar si alguien me quiere o me detesta porque no aprendí esas señales nunca y me equivoco de cualquier manera.

Ella me mira con simpatía y entonces me dice que es hora de dormir, que mañana se va a levantar nuevamente temprano y que se siente muy cansada y que si mañana tiene algunos minutos, seguramente pensará en mi.

Yo sonrío con tristeza y le digo que está bien, que no se preocupe. Le pregunto que a qué hora le pongo el despertador y que si tiene un poco de calor le puedo traer el abanico. Ya no me contesta porque se ha dormido. Yo me quedo despierto mirando ese cuerpo ya sin movimiento, dormida profundamente, y con aquella infinita tristeza, me levanto de la cama y voy al refrigerador en busca de una cerveza...

Invierno

Author: Zeth /

Estropeados los recuerdos, atinó a ponerse en pie antes de que muriese la noche. No le conocía y sus pies nunca dejaron huella... en esas condiciones no puedo emitir más que una verdad: no le conocía en absoluto.
Convencida, su día comenzó como lo habían hecho siempre en esos sus 36 años cumplidos. Caminó por donde siempre y nada había cambiado a pesar de que todo fuese ahora tan distinto. De algún lugar en el norte del mundo llegó un mensaje apenas horas antes donde le piden regresar a los 18 años y pensar en alguien a quien no atina a recordar. Se esforzaba en la memoria, pero nada sucedía.
Quizá alguna vez se abrazaron bajo los mismos árboles y ese sería un imborrable recuerdo para él.
Pero no en ella.
¿Cómo sería su rostro? Se atrevía a soñar pensando que acaso fue feliz, que probablemente algún día recibió una rosa y derramó lágrimas de emoción. Casi revivió la noche aquella en que unos temblorosos labios se posaron en la nada porque tuvo miedo, porque en poco tiempo supo de tantos desmanes en el corazón que prefirió no arriesgarse.
¿Me amaría tanto como ahora yo no le recuerdo a él? Y la simple ocurrencia le saca la primer sonrisa del día.
Vaya, se dijo, no me voy a poner ahora sentimental a causa de recuerdos que no tengo.
Y siguió su camino.

-oOo-

Lleva tres días sentada ahí, con la mirada fija hacia el callejón del sur. Parece adivinar que en ese diminuto espacio hay algo que nunca pudo recuperar, porque cuando se supo sola fue hasta ese sitio y maldijo los muros en donde se conserva todavía su propio perfume.
También existe un asomo de lo que fue su alma, pero no lo sabe porque ha estado muy ocupada tratando de saber lo que pasó.
Hoy recibió una nueva carta y fue a parar al mismo lugar en que lo ha hecho los últimos dos años. Ya nadie se ríe de ella cuando, en voz alta y hablando consigo misma, se recita cursis y olvidadas palabras de amor con la protección que da el saberse envuelta en sueños ajenos.
Cada carta le marchita aún más la memoria y cada esfuerzo que hace por recordar al remitente arrebatan horas a sus ya tristes días.
Amargados y atrofiados los intentos, tiene ahora la sensación de que alguien ha estado jugando con ella desde hace un par de décadas....

-oOo-

Al abrir la puerta del departamento, no pudo más que lamentar la suerte de los que tienen sobre sí un mal augurio por destino.
Sentado, absorto en la frontera de los primeros copos de nieve, las lágrimas dibujan el nombre de aquella mujer antes de tocar tierra.

¿Tampoco hoy contestó tu carta? Escucha una voz.

Tampoco hoy, responde el vacío de su mirada.

Cuarto oscuro

Author: Zeth /

Cuando abrí los ojos no supe la hora. No la supe porque mis paredes son negras y clausuré las ventanas por miedo a los cucarachos. Este cuarto es atemporal y lo mismo es Navidad que Felices Pascuas… Permanezco un rato sentado al borde de la cama tratando de ubicarme y la intención me provoca la primera herida del día: una botella de cerveza rota encuentra en mi pie un destino inequívoco. Maldigo con pocas ganas y echo mano de una camisa negra y sudada para curar la herida, aunque a mi lado ya se arremolinan las hormigas.

Dudo en levantarme porque no sé si afuera hay sol o plena luna. Lo hago sin convicciones, me pongo la camisa con la que limpié sangre y paso sin saludar donde mis papás indiferentes miran tele y toman café negro, no necesariamente juntos ni mucho menos al mismo tiempo. Salgo a la calle y afortunadamente afuera corre algo de aire que me servirá para disimular el olor de aquella camiseta y mi poca disposición a bañarme cuando no sé ni qué hora marca el reloj.

Saludo a Doña Fina que nunca me cayó bien por ser tan chismosa, pero al tiempo que extiendo mi mano para decirle buenas noches, pienso que si algún día se la llevara el demonio, yo encantado con ser el chofer. Más allá está Don Beto, cuidando de sus dos hijas y maldiciendo a Cristy, su mujer, por no darle un hijo varón. Si Don Beto supiera que dos años después de ver realizado su deseo el corazón se le partiría como castaña en otoño, sabría que a veces pedir la ayuda de El Divino puede ser contraproducente.

Don Carlos lava su carro. Lo ayudan Carlitos y Toño, sus dos chavos, mientras su mujer y su única hija mecen su buenaventura en la cochera de la casa.

Doy vuelta en el callejón y me dirijo al Canal del Aguila. Dos tipos me salen al paso y me dicen qué onda puto, cáete con los cigarros y la feria. Acostumbrado a que Mario Bautista (a) El Chicles me hiciera eso todas las noches, le digo que voy a rajar con mi hermano El Porky. Se orina del miedo y me dice neh, El Porky no es tu hermano. Po´s ora, reviro ya envalentonado ante el miedo que se refleja en su rostro, mañana te va a buscar…

Ok, llégale morrillo, me dice con aire de perdonavidas.

En el camino me encuentro con Mayela. Viene llorando porque Rolando la dejó plantada una vez más. Siempre te hace eso, le digo, ya deberías estar acostumbrada. Es que lo quiero… solloza. Mayelita viene detrás y repite conmigo que hay que ser verdaderamente estúpido para querer a alguien así. Cruzamos el Canal del Aguila y Mayela pide un cigarro… no traigo morra, digo fastidiado, mi jefe se quedó sin jale y ya nomás me dan para el camión que me lleva a la Prepa. Vamos a pedir dinero, dice Mayela. Si, pendeja, con esos ojos hinchados van a pensar que andas pacheca, contesta Mayelita sin que alguien le pregunte.

El resto del camino lo hacemos en silencio, Mayela pensando en qué hizo mal para que Rolando nomás la busque cuando tiene ganas, Mayelita no entiende porqué su papá se porta de manera extraña con los hombres y yo vengo preocupado porque el olor de mi camiseta ya comienza a asomar.

Bajo El Edificio están ya casi todos. Chilo con un palillo de dientes presumiendo que fueron a los tacos piratas, Mario y Toño avergonzados porque se dieron cuenta de que después de comer, Chilo se guardó la propina que dejaron. Zoompy baila “Beat it” mientras Oscar y el Gomer la cantan en el más puro inglés del que son capaces. Mayra, con ese ojo que nunca se le quedó quieto, enamora al Ricky, mientras Noé le hace un par de arrumacos a Silvia La Changa. Cuando llegamos las Mayelas y yo, Lupe se acerca tratando de revivir la serenata del Día de las Madres, pero yo siento un escalofrío. Becerro cuenta chistes sin gracia. Paquito llega y se queda sin cigarros apenas al sentarse. Lalo dice que vayamos por unas cervezas, pero sólo Gilberto y yo le hacemos caso y sacamos los últimos centavos de la bolsa para completar seis quitapones. Alicia llora porque Lonche la mandó a su casa en camión y Román llega con un Volkswagen que tira aceite.

A un lado de nosotros están los Cheyennes, cruzando el arroyo están el Chino y su gente y más arriba están el Américo, el Sabalito, el Chuy y unos cinco o seis jotos más sin nada qué hacer. Alguien trae un balón de volibol y una red y sin pensarlo nos ponemos a jugar retas. Ni los Cheyennes ni el Chino y su gente pueden contra Lalo, Gilberto, Zoompy, Noé y yo. Los hacemos garras a todos hasta que llegan los jotos y nos echan afuera. Lalo se enoja con Gil y empiezan los golpes. Yo recibo uno y ahí termina el pleito porque realmente me vieron encabronado.

Luego de fumar, reír, enojarnos y contar chistes, las tres de la mañana me sorprenden regresando a casa, con Mayela, Mayelita y Lupe todavía riendo de las patadas que le puso el Mestizo a la Cucaracha enfrente de todos. De nuevo paso por la casa de Doña Fina y ahí está, según ella mitigando el calor, según yo asegurándose quién llega a qué hora.
Paso de nuevo por la sala y mi papá está dormido en el sillón. Trato de hacer todo el ruido posible para ver si me merezco un regaño, pero es en vano. Entro en el cuarto que tiene las paredes negras y las ventanas anuladas y comienzo a escuchar la XEMR que pasa éxitos del ayer con Napoleón y Ricardo Ceratto. Escucho el aleteo de un cucaracho volador y me tapo con la cobija con el temor de que aterrice en mí. Poco a poco todo vuelve la calma y cuando abro de nuevo los ojos no sé la hora. No la sé porque mis paredes son negras y clausuré las ventanas por miedo a los cucarachos.

La cucaracha

Author: Zeth /

Sandra siempre pedía esa canción. La de Journey, la de Still they raid. Tenía un motivo inequívoco y preciso para pedir que repitieran ese tema: amaba a alguien. A Sandra la apodaban La Cucaracha y el apodo no le iba nada mal porque se asemejaba en demasía a ese asqueroso ser. Y así se sentía ella… como una cucaracha.

A El Mestizo le gustaba AC DC, Judas Priest, Black Sabbath. Ted Nugent y Kiss. El Mestizo sentía que nadie lo merecíamos, que él ya había escuchado todo y los demás éramos sus seguidores, nadie podía preguntarle que si había escuchado lo nuevo de Cheap Trick porque entonces saltaba la liebre… “tas pendejo, ese grupo ni existe, nadie sabe quiénes son”, e invariablemente te hacía sentir mal por tratar de avanzar.

Sandra hacía el amor en el monte, recostada sobre una cobija ya maltratada. Abría las piernas y recibía a El Mestizo como un ritual que nadie quiso cumplir más que él. Ella se lo agradecía porque sabía que en el fondo nadie querría acostarse con ella. Porque era la Cucaracha. Eso era ella.

El Mestizo cargaba una grabadora inmortal, siempre vociferando a Foghat, a Jhonny Winter y su gemelo albino Edgar. Se regocijaba con el buen blues de Jhonny en la memorable Woman, y vestía pantalones deshilachados prestados por alguien, tenis Nike que alguien ya no ocupaba y se los regaló y esas camisas que de nuevo andan de moda: blancas y manga tres cuartos en colores amarillo, azul y rojo, como de beisbolistas de otros tiempos.

Sandra no tenía papá. Hacía algunas semanas que el señor pensó que era buena idea probar nuevos horizontes después de casi 20 años de un infeliz matrimonio y se fue. Nadie, ni Sandra La Cucaracha supo a dónde. Sandra tenía unos juegos muy extraños, jugaba a tocarle los pechos a las niñas y las niñas se escondían de ella… hasta que Sandra La Cucaracha las encontraba.

Sandra conoció de algún modo inexplicable a El Mestizo. Y ambos hacían el amor en el monte, recostados sobre una cobija ya maltratada. Siempre que se levantaban de esa cobija, El Mestizo regresaba sonriente y Sandra La Cucaracha tenía un dejo de tristeza y nos insultaba. A Chilo por su homosexualidad frustrada, a Mario por su empeño en estudiar, a Polo por su inocencia tan frágil y a mi porque nunca quise acostarme con ella. Sandra siempre tuvo un destello de furia en la mirada.


-O-


Mi hijo cumplió 2 años apenas hace 13… teníamos una especie de fiesta cuando pasó El Mestizo con esa grabadora inmortal. Le hablamos y llegó. Yo tenía su música pero Polo tenía un rencor válido. Mi hijo le agradece a Polo la valentía y me reprocha a mí la cobardía o el deseo de revivir alguna época de mi vida.

Hace dos días ví a Sandra comprando ropa usada en un mercado sobre ruedas. Parecía extraño el simple hecho, porque Sandra La Cucaracha trabaja en Teléfonos de México y se casó con Lee y se divorció de Lee y ahora tiene dos o tres casas gracias a su empeño en el trabajo. Sandra sigue buscando los pechos añejos que se le escondían, pero nunca los encuentra. Entonces Sandra recuerda que tenía unos vecinos pequeñitos… ella los llegó a ver con algunos días en este mundo y ahora les compra ropa, aunque sea usada y ellos se lo agradecen porque al igual que Sandra, tampoco tienen papá porque el de ellos murió hace un par de años. Sandra sigue pareciendo aquella Cucaracha de hace muchos años, pero ahora tiene un extraño aire de bondad en la mirada, aunque sigue enseñándole media nalga a quien quiera ver. Sandra La Cucaracha sabe que no tiene ganado el cielo porque sabe que ha pecado, y sin embargo espera que Dios, quien quiera que este sea, sepa comprender que supo vivir de acuerdo a las circunstancias. Pero por lo pronto sigue buscando los pechos infantiles que siempre le huyeron.
El Mestizo no sabe ahora quien es Modest Mouse o The Chemical Romance… no sabe quien es Oasis y mucho menos reconocería en algún lado el nombre de Skid Row. El Mestizo sigue cargando una añeja grabadora que sólo toca música de Kiss, de Foghat y cuando aparece la de Brown Sugar de los Rolling Stones le sube a todo volumen para que sepan que el es el único rockero sobreviviente de la calle Pelícano cruz con Cóndor. El Mestizo y la Cucaracha ya son viejos y a pesar de que ahora de vez en cuando se cruzan, todavía muestran esa mirada de amargura que sólo tienen los que nunca llegaron a ser lo que querían… y los que llegaron a ser algo que nunca quisieron….

El inquilino

Author: Zeth /

Allá en Monterrey hay una calle vieja, la recuerdo tanto porque he llegado a la añeja edad en que te acuerdas de hace treinta años y olvidas los cuarenta minutos. En esa vía chocamos, huimos y las influencias nos hicieron gastar unos cuantos pesos... una calle donde algún día circulé a ciegas, en una nevada regiomontana y un lujoso auto deportivo se cruzó en mi camino en medio de la niebla, como fantasma, como burla, como dueño del camino. Tuve que frenar y con ello casi freno mi vida (de cualquier modo ese es un sueño que voy a cumplir muy pronto). Era diciembre de 1990.

Siempre tuve miedo de rayos y relámpagos, de la gente que se dice tu amigo, de las lluvias copiosas y los atardeceres grises... del sol de mayo y de las noches donde quedo mudo sin poder decirle a mi mujer que la quiero por temor a que me robe las entrañas. Por eso no duermo, por temor a decirle entre sueños que la amo.

Mi ultimo sueño es ese... Es Diciembre. Camino por esa vieja arteria una tarde lluviosa de relámpago y viento que de pronto se vuelve de un frío intenso, tanto que duelen los pulmones al respirar. Me miro en un aparador y me descubro de un blanco azulado, visiblemente en agonía. Llego a una extraña esquina donde hay un complejo de oficinas que no había visto antes. Busco una respuesta en el camino y de pronto el portero dice: no puede pasar.

¿Por qué no?- pido una explicación.

Porque usted estuvo aquí hace años y me dijo con engaños que dentro alguien lo esperaba...

Usted se equivoca – digo con los tres bajo cero cortándome el aliento – Yo no lo conozco y me muero de frío.

No puede entrar – sigue firme.

Le aseguro que no sé quién es usted – y mi voz suena escarchada.

Usted trabajaba justo enfrente... lo veíamos diariamente llegar y estacionarse con aquella desfachatez en nuestros lugares, y dejar su auto ahí hasta que nos cansábamos de esperarlo.

-oOo-

Esa noche venía de una cantina, nunca supe de cual. Alguien en la barra me ofreció una bicicleta de carreras y un escritorio de cantera con cubierta de vidrio en doscientos pesos y yo acepté. Me dio la dirección para recoger las cosas y pase por ahí, por el sitio donde el lujoso auto deportivo me desequilibró el camino hace 10 años. A esa hora yo ya estaba ebrio... no le di importancia al asunto y cuando llegué a la dirección donde debía recojer mi compra, no encontré a nadie... me asomé al edificio y creí ver la figura de un velador añejo... cuando toqué la puerta se abrió sola. Un aire frío recorre un par de metros antes de que yo estuviese dentro.

No hay nadie.

El lugar está alfombrado y tiene luz. Es confortable. Pero no hay nada más.

En el fondo hay un par de cuartos. Tienen terrazas que salen a Venustiano Carranza, con jardines en un verde que te parece imperfecto por lo irreal. En uno de los cuartos hay una bicicleta con la que me disloque un hombro un par de años después.

En el otro está el escritorio...

No puede pasar – me dice el portero.

¿Porqué no?

Ya se lo he dicho, la otra vez me engañó con el cuento de que venía por alguien, pero ya sé quién es usted...

Ah, ¿sí? Pues dígame quién soy... – dije alterado.

Mire bien allá enfrente, ahí, en ese edificio abandonado... usted está ahí... siempre ha estado ahí...

-oOo-

Recuerdo la bicicleta y recuerdo el frío que te da la avenida Padre Mier.

Ahora, volteo lentamente y entre la oscuridad de mis cosas veo a la izquierda el escritorio de cantera con cubierta de vidrio y una bicicleta deshecha.... Creo que nunca voy a estar bien...

La Florida

Author: Zeth /

Este camino no es igual que los de allá, así de terregoso. Tanto polvo termina por fastidiar y hacer más pesados los pies y más lento el andar. Pero aquí no hay polvo, son extrañas bolas de hierro que rodean la vía del tren y que según los más viejos del pueblo son regadas por el ferrocarril que las trae desde alguna mina y luego las deposita en la acerera local.

Solía caminar por la orilla de esa vía para recoger esas bolas que luego convertía en proyectiles. Me servían para asesinar botellas de refresco colocadas en fila mientras yo tomaba puntería. Pero a Felipe le funcionaban para matar pájaros.

No me gustaba salir con Felipe porque los pájaros le temían. Tú no le tenías miedo, le tenías coraje porque mirabas impotente caer las aves con la cabeza o las alas destrozadas.

“El va a venir por ti”, le decías. Felipe nunca te hizo caso.

Siempre que salíamos a pescar bagres, tratábamos de regresar antes del anochecer. El punto de referencia siempre fue La Florida: una rara construcción hexagonal que estaba justo a la mitad del camino a casa y la vieja estación del tren. Papá nos contó a los tres que un día, cuando estaban sembrando legumbres en el huerto de la finca, se les hizo tarde y el dueño les permitió a los trabajadores dormir en el lugar. Eran siete, pero amanecieron seis. Dice mi padre que en la noche se levantó a tomar agua y al pasar por el baño se dio cuenta de que la mano de aquel compañero suyo empuñaba una filosa navaja de rasurar, y la usó para cortarse de un tajo la vida… No pasen por ahí, nos recomendaba a cada rato, y menos si es de noche, porque de repente se aparece por esos lugares.

Ese día se nos hizo tarde porque hiciste un coraje al ver que Felipe seguía matando pájaros. Te negaste a caminar a menos que Felipe dejara de hacerlo. Pero Felipe nunca te hizo caso.

Eran las ocho de la noche en ese pueblo de Atequiza donde no había luz cuando, con miedo y todo, decidimos quedarnos a dormir en La Florida mientras amanecía. El lugar ya está en ruinas… la madera de las escaleras se quejan cuando uno las pisa y las enredaderas le dan el aspecto macabro que necesitábamos para recordar la historia de papá.

A medias pudimos dormir, pero de pronto nos despertó un chillido sobrenatural, un ruido desconocido para nosotros y al voltear para saber su origen, vimos en el vitral principal la sombra de un enorme ser alado y tú frente a él, extendiendo tus brazos como si fueran alas y rasgando la noche con ese sonido horrible y gutural.

-O-

Por muchos años creí que era una pesadilla. Nunca lo platicamos entre los tres. Pero ahora mamá me dice que está preocupada por ti y por mi papá. Ella cree que la repentina marcha de Felipe, que era su preferido, lo agotó de tal modo que no le importó que yo me refugiara en Monterrey quedando sólo tú a su cuidado. “Se me quedó nomás el pinche loco”, decía papá con amargura.

Felipe se fue un día con Clara, la hija menor de los Tinoco de Poncitlán, cuando apenas contaba 20. Y no volvió, pese a que todos teníamos comunicación con él. Yo decidí largarme de ese pueblo cuando me di cuenta de que sólo tenía dos futuros: obrero en la Cyanamid o maestro de la Normal. Esas perspectivas jamás fueron estimulantes y llegué a Monterrey.

Mamá creía que papá se moría de nostalgia y tú de la incomprensión. “Llévatelo contigo, a lo mejor le sienta bien el cambio de aires”, me dijo cuando tuve que regresar a Atequiza para los funerales del tío Emilio. Papá, avejentado en demasía, se sentaba en la mecedora del frente con un rifle calibre .22 para matar ratas. Papá, ese es un deporte extremo muy caro, le dije tratando de hacerme simpático. “Y a quién chingados le importa eso…”, respondió malhumorado.

Te saqué de ahí con la esperanza de que mamá tuviera razón. “Lleva varios días sin hacer nada, sólo repite muchas veces La Florida y dice que alguien lo viene a visitar desde aquel lado del Lago de Chapala”, me contó antes de abordar el avión.

Ahí me dijiste de un ser alado que cruza el lago y luego la loma que nos divide de Ajijic sólo para contarte que volar no es tan malo. Pero esto no es igual que volar, dijiste al bajar del avión.

Creo que en ese instante noté tu desvarío.


“¿Señor Ramírez?”, preguntó una asistente del psiquiatra. “El doctor lo recibirá en un minuto”, me dijo mientras tu te paseabas por el consultorio con los brazos extendidos y emitiendo sonidos guturales.

El doctor me dio algunas indicaciones por si se te presentaba alguna crisis y adelantó una cita para el viernes mientras me aseguraba que podría haber una esperanza con tu caso.

Salí entusiasmado a comentarte el resultado de la entrevista. Pero no te encontré. Supuse entonces que andarías en el jardín tratando de subir a un árbol. Pero no estabas.

Comencé a correr cuando escuché a lo lejos el mismo chillido sobrenatural que había escuchado hace 20 años en La Florida. Me abría paso desesperado entre la gente pensando en lo que me habías dicho cuando pasamos bajo el puente que estaba cerca del consultorio. “Ese lugar es ideal para comenzar el vuelo…” dijiste entonces.

Cuando llegué la multitud estaba asombrada. “Se subió y se aventó, así nomás”, dijo una señora… No pude sostener tu cabeza fragmentada cuando lanzaste el último chillido. En la bolsa del saco, traías una pluma de ave desconocida.
-O-

Le hablé a Felipe y dice que no me preocupe, que fue lo mejor que te pudo pasar porque ahora sí podrás realizar tus sueños y que estarás mejor en cualquier otro lugar. No quise decirle que llevo varias noches sin dormir, porque a lo lejos aún escucho ese horrible chillido y me miro corriendo sin rumbo, buscando a un ser alado que da vueltas en mi cama y es más parecido a… ¿un demonio?, no sé, pero en su mirada no hay odio ni maldad, tan sólo un infinito alivio que a mí me hace despertar llorando de terror.

Triciclo

Author: Zeth /

Triciclo no sabe que ya es martes, pero sabe que lleva tres días en el mismo lugar, recostado junto a la puerta que da al patio. Se siente adolorido, pero intuye que su dolor no es físico, no, no puede serlo porque anoche pudo, con la ayuda del viento, espantar a una lechuza que se acercaba peligrosamente al corral de gallinas que tiene papá. Triciclo tiene seis años. Eso sí lo sabe porque recuerda con exactitud el día que fue recibido por Pablito y siempre tiene presente la cara de sol que puso su gran amigo ese día. Triciclo no recuerda haber tenido tiempos mejores... todo su vida se reduce a después de conocer a Pablito, Pablillo, Calvillo como escucha que le dicen a su amigo.
Pero Triciclo está preocupado. Lleva tres días en el mismo lugar, recostado junto a la puerta que da al patio y su amigo no lo ha buscado. Ni más ni menos el mismo número de días que ha escuchado los gritos de aquel lado del patio y se imagina que su amigo se la pasa de lo mejor mientras él permanece en el olvido. Se dice entonces que así debía ser, que en realidad su relación de amistad ya había durado mucho y que Pablo, como ahora lo llama, tarde o temprano tendría otros motivos que llamarían su atención. Y eso lo entristece porque a pesar de que Triciclo intenta rehacer su vida, se da cuenta de que no puede hacerlo sin la ayuda de Pablo y ahora que lo siente tan lejano, cree en definitiva que el fin de sus días está cerca.
Triciclo recuerda con amargura los días en que, a toda velocidad, él y Pablo iban a la tienda a traer algún mandado y de paso robar algún dulce y luego, ya de regreso, compartirlo de buena gana. También sabe que ya no se repetirán los días en que Pablo lo mire desde aquel lado de la calle, como siempre, y corra feliz a saludar a su amigo para comenzar ese loco andar por toda la casa.
Triciclo no está muy seguro de saber cómo llamarle a ese sentimiento. Sólo sabe que lo extraña. Que se siente sólo pero no puede reprocharle nada a su amigo. Triciclo quiere disculparse, pero no sabe qué falta ha cometido y prefiere quedarse ahí, como desde hace tres días, tumbado en la puerta que da al patio y espantando las lechuzas sólo cuando el viento lo ayuda.
Triciclo no recuerda que la camioneta del tío Juan venía en reversa ese domingo, arrancándole una rueda a él y a su amigo la vida.
Triciclo espera que algún día su amigo lo perdone. Y vuelvan a ser amigos para siempre, como siempre lo eran....

Joan Jett

Author: Zeth /

¡Viene el animal! gritaba un cartel en el Madrid de los 80 y para dar la cara estaba un sujeto mal peinado llamado Ted Nugent. Soprendentemente, no era su peinado lo que llamaba la atención: era ese taparrabo obsceno y esas deliciosas botas de indio americano lo que saltaba a primera vista. Cantaba mal, es cierto, pero también es cierto que no se puede tener todo en la vida. El tipo era muy ruidoso como guitarrista, muy encuerado como ser humano y muy gritón para ser cantante de ópera. Pero hacía lo que le venía en gana.
Por eso yo lo admiraba. No porque cantara rock.
En ese entonces tenía yo esa fama de que quería ser como él (puede ser, como también puede ser que a los ocho años quería ser policía, a los 25 actor porno y a los 30 de nuevo policía, pero de los buenos, de esos corruptos que de tan cínicos caen bien). Y entonces con mi pelo largo y mi cuerpo flaco parecía que cumplía con el perfil. Algunas mujeres me amaron por lo que aparentaba y cuando dejé de aparentarlo, un par de ellas me amó más. Las demás se fueron.
Una de ellas tenía manos grandes. Muy grandes. Eso puede ser intimidatorio para algunos. Lo era para mi y es quizá esa imagen de sus enormes manos lo que siempre fue un obstáculo para que yo pudiera notar que si se lo proponía y alguien se lo repetía constantemente, podría ser bella.
Joan Jett, aquella fugaz estrella ochentera, era lo más cercano a esta chica. Cabello negro, demasiado negro, ojos negros, muy negros y por alguna extraña razón siempre vestían de negro, las dos.
No sé de qué modo me encontré de pronto durante alguna serenata del Día de las Madres prendido de su mano. Si te dijera que ahí fue donde descubrí esa peculiaridad suya, creo que saldría sobrando. Terminó la serenata y en esas circunstancias yo, que sabía tocar un poco la guitarra, terminaba siempre como los famosos rockeros, con una linda chica con quien recibir la madrugada y terminar la botella de tequila que empezamos en la última casa. Es fecha que no entiendo la fascinación de las chicas por los músicos... también es fecha que no sé porque no seguí en el camino de la música: hoy sería más viejo, pero seguro que tendría muchas más marometas sexuales de las que he merecido.
Platicamos lo que quedó de la noche y nos besamos cuando inició la madrugada. Justo a las ocho de la mañana y a pesar de que insistí por caballerosidad en dejarla en la puerta de su casa, la verdad es que yo no podía sostenerme en pie y me veía ridículo recargado en la guitarra Jom que supuestamente era de Paracho, pero tras la etiqueta decía Made in China.
Dormí hasta que la noche se cansó de ser día y volví a donde estaban todos ellos, ojerosos y con residuos de tequila, mezcal y ron en los anteojos. Ella me recibió con una extraña sonrisa que yo no pude descifrar hasta que se acercó y me tomó de la mano.
Yo sentí escalofrío. Y hacía ejercicios mentales por saber si la noche de la serenata había reñido, insultado o amado a alguien de tal modo que ahora me encontraba estupefacto. La mirada hecha añicos mientras ella se acurrucaba en mi regazo.
Una semana después, yo vivía en el pasmo de no saber qué pasó. Ella seguía con su sonrisa extraña y su mano aferrada a la mía. Y yo con escalofríos.
Me invitó a ir de vacaciones junto con todos a Tampico. Me negué. No chava, tengo que ir a Guadalajara a arreglar unos asuntos familiares, le dije sin convicción. Supe que estaba en problemas porque soltó el llanto más amargo que haya visto yo. Intenté abrazarla, pero me salió una mueca sin sentido. ¿Entonces no vas conmigo? dijo entre sollozos. Esa noche vi realmente lo que sus ojos me quisieron decir y por un momento olvidé sus manos, pero para mi maldito egoísmo eso nunca fue suficiente. Jamás pude volver a verla sin sentir la resaca del tequila y el escalofrío que da el saber que, en algún momento de tu vida, eres tan imbécil como para impedir que puedas hallar el verdadero amor con la excusa de una estúpida vanidad. Lo siento, Lupe, y lo he sentido desde siempre....

Doña Licha

Author: Zeth /

Doña Licha es una señora añosa. Lleva sus historias en un morral para contarlas otra vez cuando se siente sola. Y a veces, hasta ríe de sus propios cuentos y le añade episodios nuevos cuando cree que la concurrencia se aburre con el repaso de la historia.
Doña Licha tiene unos ojillos inquisidores y complacientes, ojos que cuidan cachorros y ovejas negras con una paciencia que raya en lo inaudito y unas manos que cocinan delicioso, aunque la artritis trate de arruinarle los platillos.
Doña Licha cuida de Don Félix y lo hace de manera regañona: no hay día en que el viejo de ochenta y tantos no sufra una dura reprimenda por la benévola severidad de Doña Licha. Es un viejo pendejo, dice la señora. Ay, viejita, dice con pena el señor.
Doña Licha parece prestarte atención cuando platicas, pero en realidad hace cálculos mentales para saber cómo hacer para partirte la madre en cuanto tenga la oportunidad y luego, al verte triste y desvalido, ofrecerte unas palabras de aliento. Así es Doña Licha y sabe cómo hacerse la indispensable.
Algún día de esos en que no hay nada qué hacer, platicaba la nueva hazaña de Don Félix. "Mira el trapeador que me trajo Don Félix, chingadas mechas que no hacen más que ensuciar más el piso, yo así no puedo trapear, y mira el palo del trapeador, chingado palo que parece palillo de dientes, estoy segura que se me va a romper cuando menos lo espere y hasta me puedo caer... ah que Don Félix, para eso me compraste este trapeador ¿verdad? tu quieres que me rompa un hueso....".
Don Félix, que había guardado suficiente prudencia hasta ese momento, le contestó con una sonrisa tímida y nerviosa "ay, viejita, pero ese trapeador lo compraste tú...".
Y Doña Licha, coloreada de un súbito rubor, le recrimina a Don Félix "¿... y tú pa´que me dejabas comprarlo viejo pendejo?"
Así es Doña Licha.

Hormigas

Author: Zeth /

Bajamos, como desde hace algunos meses, en alguna calle de la colonia Cumbres. Teníamos la mala costumbre de dejar el coche, allá donde ahora luce una gran bandera, para evitar que alguien nos reconociera.
Y caminamos.
Tomar su mano es todavía una religión.
Hablábamos de un futuro que nunca pudimos alcanzar porque ninguno de los dos eramos dueños de nuestros planes.
Y nos conformábamos con sentarnos ahí, en ese parque cercano a su casa, para decir lo que haríamos en caso de...
O en consecuencia de...
O yo cocino mientras tu limpias...
Luego nos ganaba el silencio. Mirábamos a las hormigas batallar con unos labios impresos en una lata de Coca-Cola.
Y reíamos infantilmente del suceso.
Luego, echar a andar de nuevo, ahora rumbo a su casa, diez calles más adelante, ocultar de nuevo los descubrimientos que recién hicimos y aparentar que no ha pasado nada. Dejarla en la esquina y de nuevo regresar por el coche.... Diablos, no traigo para el camión.... Creo que esta caminata será un poco larga.

La ciudad de las tres mentiras

Author: Zeth /

Ella dijo: dime cómo es el mar...
El contestó: podría describírtelo, pero tendrías
que verlo tu misma para admirar su belleza.

Ella dijo: Tu dime cómo es el mar y luego llévame a verlo...
si lo que veo es lo que me describiste, sabré entonces que te amo...


Lo leí en algún lado y lo recordé cuando faltaban algunos kilómetros para llegar a Matamoros. Se percibía ya ese trágico aire de mar y narcotráfico que sólo la frontera de Tamaulipas tiene. Un anuncio me dijo que adelante, allá donde hay un cruce de caminos, si uno toma el de la izquierda se llega a la ciudad de las tres mentiras: la ciudad de Valle Hermoso (el mote de la ciudad de las tres mentiras tiene su razón: no es ciudad, no es valle y lo puede ser todo, menos hermoso). El lugar es polvoso y seco porque el viento fresco se va como los braceros, pa´l otro lado, allá pa´Brownsville o McAllen dice el tendero mientras me ofrece una cerveza. He venido muchas veces de allá, le platiqué, y es cierto, allá las calles son más limpias y la vida más cómoda, pero las añoranzas son más tristes porque uno extraña hasta el polvo que dejan los pies de la mujer amada...
El tendero me miró entre serio y divertido. Usté viene buscando a esa mujer ¿vedá?...
Tomé la cerveza y me paré a la puerta de aquella cantina que funcionaba como clandestino tejabán. Ese autobús que se detuvo viene de Monterrey y lleva muchas esperanzas en el morral de sus pasajeros... muchos ya no regresan y otros ya no se van. Yo soy uno de ellos, me dije, porque desde que ella anda por este lugar lo mismo da voltear al sur que esconderse en el poniente. Me voy a casar, dijo aquella noche... no puedo esperar más.
Me quité el polvo de encima y con un arrugado billete pagué la cerveza. No, mi amigo, dijo el tendero, cuando alguien tiene los ojos que usté me presentó, yo no soy capaz de aceptarle ningun pago... vaya usté con Dios y ojalá encuentre a esa mujer, porque si mira usté pa´llá, en el cruce de los caminos, está la mujer blanca: eso es una mala señal...
Pinches pueblerinos, me dije, todo lo ven con pesimismo.
Eché a caminar por el sendero lleno de cadillos y piedras de río, lagartijos de vivos colores que me miran sin inmutarse. Va pasando un hombre muerto, se leía en sus ojos.
¿Qué como es acá donde vivo? pues es un sucio pueblo, recordé con ella una de sus últimas conversaciones. No hay nada más que un centro cívico en donde los hombres se juntan a beber cerveza y jugar dominó mientras las mujeres cuidan a los niños y no los dejan subir al kiosco. Lo único que nos saca de las malas costumbres de la gente fronteriza es ir a comprar pollo rostizado al HEB de McAllen... si un día llegas a venir, yo invito, me dijo.
Aquí estoy, apenas a unos minutos de volver a verla. Hace años que no sé nada de ella y el último sol de la tarde me lleva a un miserable hotel, al fondo de la empedrada calle principal. ¿Se va a quedar? me dice el encargado con aire de incredulidad... ah, ya sé, viene con Don Víctor ¿vedá?
Don Víctor es el narco del lugar. Todos aquí trabajan para él y los que no lo hacen están al final del pueblo y hasta yo puedo saber quiénes son con sólo leer su epitafio. Pero no, no vengo con Don Víctor aunque me imagino que él ya sabe que estoy aquí porque nada pasa en este lugar sin que apenas él esté enterado. Viene buscando a una mujer, pero hasta él duda de poderla encontrar, le dijeron...
Curiosos son los lugares en los que los gallos marcan las horas de dormir, despertar, comer, jugar, emborracharse y morir. Al igual que Don Víctor, nada pasa en este pueblo sin que esas aves lo anuncien a voz en cuello. Así se lo anunciaron a ella al siguiente día cuando pasé fuera de su casa.
Se quedó quieta, esperando que el polvo del camino le hubiese jugado una mala pasada. Era más vieja pero igual como la recordaba, su cara redonda, su nariz oprimida. Volteó hacia la casa y dudó en cerrar la puerta y correr a abrazarme o encerrarse con doble candado para que no entrasen los mínimos recuerdos. No supo lo que debía hacer y se quedó ahí, trágicamente parada en la puerta mientras yo, clavado a las piedras de un añoso río seco, hacía esfuerzos por no perder el equilibrio. Todos los besos de aquella nuestra historia estaban ahí, entre esos metros de distancia que nos separaban. Algo se movió tras ella y salió la niña más linda que yo halla visto, seguida de un niño un poco mayor gritando que se les hacía tarde para llegar a la escuela.
Buenos días, señora, dije al alejarme. Buenos días señor, contestaron los niños por ella, aún sujeta al marco de la puerta, presa de un ataque de recuerdos que le impedían hablar...
Tenían razón los matones de Don Víctor. Viene buscando a una mujer, pero hasta él duda de poderla encontrar, le dijeron...

Y sin embargo, Tampico...

Author: Zeth /

Dormida, era angelical. Yo apenas y lo sabía porque ese día conocí sus manos y comencé a amarla sin que ella supiese el motivo de la indiferencia. Por alguna razón que desconozco, viajábamos juntos en ese autobús que sólo se detiene a repostar en el largo camino que es llevar y traer la esperanza. Ese día nos llevaba a nosotros. Ese día sus ojos siempre esquivos tuvieron el reflejo de lo que algunos llaman calma, aunque otros preferimos llamarlo por el verdadero nombre de la soledad. Estoy cansada, me dijo, cansada de reirme de tu cabello y de tus labios de hombre de otro lugar, ajeno a mi y a lo que conozco y me rodea. Estoy cansada y quiero dormir.
Apenas se acurrucó y el sueño le llegó puntual. No sabía yo qué hacer con esa niña tibia que se arremolinaba en mi vientre. Como quien no tiene frío pero finge muy bien a ver qué tan cálido es el abrazo que le aguarda.
Durmió todo el camino mientras yo contaba los kilómetros que me alejaban de casa y me acercaban a ella. Resistí estoico la tentación de besarle pero no pude hacer lo mismo con su cabello. Jugué con él lo que quedaba del camino (aunque ahora me queda la sensación de que, contrario a lo sucedido, su cabello se entretuvo más con mis jugueteos y mejor con mis deseos).
Cuando llegamos la vida que supuse habría quedado en Monterrey me sorprendió indefenso. Ella retomó su papel en el mundo, pero yo no pude volver a ser igual.
De reojo la miraba sin explicarme porque el ayer nunca es hoy, o por lo menos nunca lo es para quienes los fracasos son tema tan habitual que es ocioso hablar de ello. Me lastimaba su risa . Me dolía la espalda que daba su cuerpo. Su risa cristalina era el asomo de algo que nunca llegaría. Y, frío como suele ser el espíritu abandonado, busqué refugio donde no lo había. Esa noche vi las estrellas, y entendí que no serían nunca como las que vi en aquella carretera a Tampico, cuando a las dos de la mañana ella dormía como si estuviera conmigo.
Fuimos al mar luego de algunos días. Sentada en la arena, en un extraño ocaso al amanecer, supe que jamás me amaría por la sencilla razón de que en medio de las olas, nada se queda. De nuevo la noche fue un mal cómplice y me descubrí otra vez a su lado. Estoy cansada, me dijo como aquella vez en el camino, cansada de reirme de todo y de tus intentos por no serme fiel, como si te fuera ajena y como si no fueras ya parte de lo que me rodea. Estoy cansada, dijo, y quiero dormir.
Su cuerpo tibio encontró intacto el hueco que le guardaba. Y antes de que el sueño, puntual e inoportuno le llegara, sus ojos verdes preguntaron ¿sabes quién soy? ¿sabes de qué se trata?
Alicia, me respondió de lejos la mar. Me llamo Alicia y no sé como, ni qué sentido tiene, pero te puedo llegar a odiar... y me besó. El camino de regreso nos sorprendió distantes y temerosos de mirar nuevamente hacia el mismo lugar. Y cuando se quedó, maleta en mano, a la puerta de su casa, aquel sitio comenzó a desvanecerse y a ser lo que ahora y siempre fue, un lugar que no existe y que sin embargo, lo recuerdo bien cuando al abrir mi billetera, un par de arrugados boletos de viaje anuncian con tristeza la siguiente parada. Tampico, Tamaulipas, la frontera que nunca pude pasar...

Claudia

Author: Zeth /

Siempre eran las tres de la tarde cuando la veía, mirando el suelo, como si le avergonzara cargar aquel maniquí donde no posaba yo y era lastimoso que no hubiese sedas ni chifón: si alguien pudiera explicarle la gravedad de lo que vivimos a mediados de los setentas, no lo entendería. Por eso dentro de su soledad solía ser feliz, como no lo hacen quienes conocen el tormento de tomar una cerveza lamentando que alguien nos ha robado no sólo el mes de diciembre, sino doce o trece meses más de nuestro calendario.
A menudo la vi contar los pasos y siempre eran 75 desde donde quería contar y siempre la llevaban a donde mismo. Siempre cargando aquel maniquí....
Yo no podía más que mirarla fascinado, pensando en qué pecado habría cometido yo para no saber que ese ser angelical se robaba mis sueños... eran miradas de avenida y a lo lejos, nada qué perder cuanto sientes que lo tienes todo.
Su tristeza se posó en mis manos un día que nadie anunció. La mirada fija siempre es preludio y certeza de que algo nos puede pasar...
- ¿Eso muerde? - le dije tratando de ser gracioso.
Dos segundos de su mirada dijeron que cuando alguien sabe usar los silencios, sabe matar.
Yo usaba el cabello largo, siempre quise parecer hombre de tiempos pasados pero tuve problemas para que ellas lo entendieran. No era yo un caballero andante, era sólo un pinche joto disfrazado. Tratando de remediar el desasosiego, me atreví a preguntar: ¿eres estilista?
La respuesta pudo ser cualquiera. Pero dijo que no. Que no lo era.
Eso me decía que la posibilidad estaba rota y que ni aun ofreciendo mi cabello en prenda podría besarla como sólo ella se lo merecía.
Andamos en silencio el resto del camino y cuando me toco despedirme quise hacerlo de la manera más orgullosa posible, sin mirar y sin hablar pensando en que ese día era uno de tantos para olvidar. Pero ella no me dejó.
Me llamo Claudia. Dijo sin dejar de mirar el maniquí.
Y sí soy estilista. O voy a serlo en un mes más, cuando termine la escuela.
Si alguna vez te sentiste imbécil a las cuatro de la tarde en el cruce de Guerrero y Ruperto Martínez, podrías entender la respuesta que le dije cuando me pidió acompañarla.
Ya es tarde, chava, y tengo que llegar a mi casa...
No dijo más. Tomó el maniquí de donde pudo, cargó de nuevo los días perdidos en su espalda y comenzó a caminar hacia el norte, hacia donde nunca va nadie a menos que tenga alguna buena justificación. Me olvidó sin apenas conocerme.
Las tres de la tarde del resto de los días siempre me llevaron a esa calle cruz con Revolución en donde ella aparecía cargando ese maniquí. Cuando entendí que había llegado la hora, la busqué y tuve razón en sospechar que nadie la conocía.
Hoy de nuevo llevo el cabello largo y no hacen falta memorias ni homenajes para saber que algún día aparecerá de nuevo, esperando algún camión y cargando algún monigote, porque no me resigno a pensar que aquella noche de los ochentas, cuando todavía mi futuro no estaba resuelto, su mamá me dijo que en dos meses más ella moriría y que por favor cualquier ilusión nueva es menos dolorosa cuando no la alimentas.
Son las tres de la tarde de nuevo. Podría regresar a casa. Podría no hacerlo.
Claudia, ¿Claudia?... ¿eres tu Claudia....?

Don Félix

Author: Zeth /

Don Félix no conoce la mar. Hace algunos años y apenas a unos cuantos kilómetros del agua salada, debió aguantar las ganas y lamentarse de lo cerca que estuvo de lograrlo. Ahora tiene una grave enfermedad: un bola (que le sube y le baja, dice él) que tiene todo el aspecto de ser un cáncer, aunque él, en su infinita benevolencia, dice que es una pequeña hernia que acaba de cumplir casi cuatro kilos hace dos días. Ya no me deja caminar, dice él, aunque la verdad no lo lamenta porque ¿para que quiere caminar un viejo de 82 años? Don Félix siempre le encuentra la salida a cualquier cosa.
Don Félix no conoce la casa de su hija. Y los ojos se le nublan cuando le platican de ella, porque sabe que por un algún tiempo no fue buen padre y siente ahora que el tiempo es menos cuando de arrepentirse y lavar las afrentas se trata. Don Félix no desea dejar deudas, y menos las que tienen que ver con el corazón.
Don Félix cumplió los 82 hace poco, y todavía hace gala de ingenio. M´ijo, (me dijo) ¿Tienes envases de cerveza que me prestes? es que quiero festejarme... Claro, le dije ¿porqué alguien como yo no debería tener por lo menos unos 200 envases de cerveza libres en el patio de su casa? De regreso, le pregunté si quería comprar algunas. Pues sí, me dijo pícaramente, pero no traigo dinero... Ese día nos emborrachamos bien mucho, como dirían en Guadalajara.
Don Félix acaba de recibir su visa para ir a los Estados Unidos. La casa de su hija entonces ya la mira más cerca. Y la mar está, como hace años, a unos cuantos kilómetros de ahí... ¿Y saben qué? que se joda el trabajo: yo quiero ver los ojos azules de un viejo de 82 años que verá el mar por primera vez en su vida...

Las madrugadas ahora son más frías...

Author: Zeth /

Dame un beso, dijo. Y yo, buscando una explicación pretérita, me negué. Dio dos pasos atrás y quedé aspirando el perfume de su espalda... no la volví a ver, por lo menos no en la imagen que se me quedó escondida en ese rincón que sólo ella supo apreciar.
Pero ella no era una puta triste. Tenía una puta tristeza, que no es lo mismo. Sus ojos, a la deriva siempre menos cuando me miraba, tenían una nueva historia que contar cada día, cada una más triste que la anterior. Es el humo, se justificaba siempre que le corría una lágrima.
Era una puta extraña, no de esas que se paran en las esquinas, mascan chicle y te dicen pásale pa´tras, guero... no, ella no hacía eso y tampoco era excesivamente afectuosa, como las putas del Carmelas, que te dicen corazon-cariño-tesoro-amor-vidita y esas cosas que provocan abrir la billetera y darles algo de dinero para que se callen el hocico. Alicia, que era su nombre de aquellos días, transitaba por la superficie del 21 como algo etéreo, como dueña de sí misma, algo que les está prohibido a esas mujeres porque por dogma nos pertenecen a todos o a nadie, pero nunca a ellas mismas. Tenía el raro don de escuchar sin saber de que diablos le podías estar hablando, pero era invariable que llevara el hilo de la plática por si se lo preguntabas. Podía hablar de lo que fuera, menos de su paso por la vida porque las putas carecemos de ella, decía siempre que consideraba eran suficientes preguntas sobre su persona. Alguna vez y sin pedírselo dijo que había llegado de algún lugar que ni ella recuerda y al que no pensaba regresar porque allá no fue feliz... estaba de más decirle que esa tristeza se la trajo de equipaje, escondida bajo sus tupidas cejas. A la distancia y con tres hijos a cuestas, ella sabe pero no lo admite que aquí tampocó será feliz. No sé como pero yo siempre supe que de haber seguido juntos, nos habríamos muerto de una infinita tristeza. Pero Alicia se fue como llegó, apenas en silencio y sin que nos tocáramos. Nunca pude llegar más allá de unos cuantos besos porque estás muy chavo, me decía al retirar mi mano de sus piernas... le voy a decir a tu mamá que me andas besando pinche escuincle, y siempre esa risa cruel asesinaba mis intentos pero sin calmar mis instintos.
Aquella noche viajábamos en silencio y con frío en un viejo Falcon. Ella, con nuevo acceso de tristeza, miraba sin mirar la calle... no permitió que la abrazara y sólo aceptó que le prestara mi chaqueta. En todo el camino desde Madero y Capitán Aguilar hasta Constituyentes del 57 apenas dijo palabra y casi se podia respirar esa sensación de soledad que sólo ellas transmiten cuando se entregan por unos cuantos pesos. No dije nada... egoísta por juventud me dije que yo también tenía tristezas que atender y me olvidé que aquella noche yo debía estar ahí aunque ella no lo dijera.
Al llegar a su casa la acompañé hasta la puerta. ¿Puedo pasar? le dije. Me miró larga y tristemente, cansada de noches sin contexto ni explicación. Suspiró y se hizo a un lado... voy a preparar café, dijo de manera impersonal. La vi pararse en la cocina, vestida aún como la puta que debía aparentar: blusa negra de tirantes que dejaban sin refugio a la mitad de sus senos, minifalda negra de satín, ligera, sin entallar, que permitían ver la totalidad de sus hermosas piernas sin hacer el mínimo esfuerzo, zapatos altos pero no tanto como para no alcanzarla y, ahí, en silencio, la tomé por la espalda sintiendo la firmeza de sus nalgas y dije: ahora si , esta vez no puedo irme sin llevarme algo mas que un simple beso de tu parte. No dijo nada y asumí que estaba de acuerdo así que comencé a desnudarla. Ella comenzó a respirar más rápido y yo, estúpidamente joven, creí ver en su mordedura de labios una pasión que sólo yo imaginé. Parada en la cocina, completamente desnuda, me dijo que me amaba. No hay pasmo mayor que el provocado por esas palabras dichas por una puta... me quedé sin habla. De pronto ese cuerpo que tantas veces soñé tener, acariciar, besar y lamer, se me llenó de amargura. Una infinita amargura que aún hoy no sé explicar. La vestí sin palabras. Ella seguía mordiéndose el labio... caminé hacia la puerta y en el quicio me alcanzó. Dame un beso, dijo. Y yo, buscando una explicación pretérita, me negué.
Afuera, el frío no era tanto como el que comenzó a anidarse en su alma. Me despedí y en sus ojos vi que al lado de su eterna tristeza, había una helada promesa de que a partir de ese día las cosas no serían jamás como nunca fueron. Ahora, le temo a las madrugadas porque al pronunciar su nombre, un viento helado me recorre las entrañas...