A ver, abre los ojos… no po´s sí, bien decía el compadre Chuy que los tienes igualitos a la Lucía. ¿No sabes quién es el compadre Chuy? ¿cómo no vas a saberlo? Po´s si él ha estado siempre cerca de ti ¿ahí no lo traía tu padre primero de jardinero y luego de chofer? No, po´s cómo vas a saber quién es el compadre Chuy si eres igual de altanero que tu madre: no les gusta mirar para abajo.
Bueno, pues gracias al compadre Chuy supe a bien por dónde hallarte, ya ves que hace mucho tiempo que Lucía se fue de acá, ¿Qué porqué te buscaba? Po´s no lo vas a creer pero era por mera curiosidad. Cuando mi compadre dijo que eras igualito a tu madre quise conocerte y ver si aquello era cierto. Lo es, chamaco, tienes el mismo rostro angelical que tiene tu madre. ¡Claro que la conozco! Por eso sé de lo que estoy hablando.
Ella es hija de Don Arnulfo, aquel viejo que llegó de El Salto para establecerse acá y poner una cenaduría. Yo iba todos los días después de la chamba a cenar ahí, ah, porque debes saber que tu abuela hace el mejor pozole que he probado en mi vida. ¿Cómo que ya se murió tu abuela? Mentira, ella y Don Arnulfo todavía venden pozole y birria ahí cerca de la plaza, yo todavía los visito y de vez en cuando les pregunto por su hija, pero solo encogen los hombros. Nombre, chamaco, te dijeron mentiras: tus abuelos no vivían en Canadá ni murieron durante una tormenta de nieve… ellos están aquí vivitos y coleando. Es una lástima que no los puedas conocer.
Bueno, te decía que tus abuelos llegaron de El Salto y con ellos venía tu madre, una bellísima mujer de tez blanca, ojos y cabello más negros que la noche. Era muy bella cuando estaba joven, no te puedo decir cómo esté ahora porque hace muchos años, tantos como los tuyos, que no la he visto. ¿Todavía es muy bella? Bueno, debe serlo, después de todo ser la esposa de un distinguido médico cirujano no es cualquier cosa y me imagino que los eventos sociales están a la orden del día ¿no?
A ella le daba pena que tus abuelos la pusieran a servir las mesas, se ponía de un color rojo granada cuando retiraba los platos y alguien le decía lo hermosa que era, entonces ella le pedía a su mamá que siguiera con la tarea. Una vez que salimos de la chamba, al pendejo de Tomás, ya con unas cervezas encima, se le ocurrió darle una nalgada a tu abuela. Vieras visto la que se armó, no, espera, no te encabrones que todavía no termino de contar. Vino don Arnulfo y le pidió cortésmente a Tomás que se fuera de ahí, en serio, todavía recuerdo sus palabras, le dijo claramente “te me vas a chingar a tu madre de aquí”. Tomás envalentonado por la cheve se paró y le dio un empujón que mandó al suelo a don Arnulfo. A ver, sáqueme usted, le dijo.
Cuando tu abuelo se paró, ya estaban ahí doña Cuca y Lucía… ¿cómo que quién es doña Cuca? Po´s tu abuela pendejo, ah caray, no te lo había dicho ¿verdad? Bueno, po´s ahí estaban tus abuelos y tu madre forcejeando con Tomás, nosotros, conociéndolo cómo era de bravucón cuando estaba tomado, mejor ni las manos metimos. Ah, pero al muy pendejo se le ocurrió empujar a la Lucía y ahí sí no, le dije, serás muy cabrón pero a ella la respetas. Y que nos agarramos a moquetes.
Claro que me partió el hocico, pero eso valió para que Don Arnulfo me tomara en estima y Lucía se fijara en mi. Po´s sí, chamaco, yo no te voy a engañar: tu madre fue mi novia durante tres años. ¿Y pa´que te enojas si eso fue hace mucho tiempo? Además ni he terminado de contarte la historia ¿quieres oírla completa? Po´s me vale madre que no quieras escuchar porque de todos modos te la contaré.
Luego de esos tres años de noviazgo, po´s me animé a pedirle la mano de tu madre a Don Arnulfo. El sabía que yo tenía buena chamba en la Cyanamid, además sabía que yo amaba a Lucía con todo mi corazón y ella me aceptaba. Po´s nos casamos y nos fuimos a vivir allá por el panteón en una casa de renta que quedaba cerca de la fábrica. Yo le dije a Lucía que ya no trabajaría con sus padres y ella suspiró aliviada: por fin ya no pasaría vergüenzas.
Pasó un año y tu madre comenzó a sentirse mal de pronto, no había comida ya que le embonara y todo el día se la pasaba en cama. Me asusté y no quise llevarla con la Chona porque esa es buena pa´los partos, pero no para los males, así que fuimos con el doctorcito recién llegado al pueblo. “No se apure amigo”, me dijo el tipo que más bien parecía actor de cine que médico de pueblo. “Su esposa va a tener un hijo”. ¿Sabes lo que es eso? No, que vas a saber tu, un niño mimado que se la pasa de fiesta en fiesta y de vieja en vieja, ustedes los de ahora no quieren a nadie más que a sí mismos, se la pasan de guevones todo el día y en la noche sólo salen a ver a quién se cogen… no les importa nada.
Po´s a mi sí me importaba y ya me la pasaba de arrumacos todo el día con la Lucía, tanto que la hartaba. “Ya, déjame que me puedes lastimar, además es hora de ir a que me revise el doctor”, decía. Y siempre que la quería consentir, era hora de ir al doctor. Tenía tres meses de embarazo.
Un día que llegué de la chamba, encontré una carta en la mesa, es más, mira, todavía la traigo aquí, ¿quieres leerla? ¡ya sé, pendejo, que el papel está muy viejo! ¿sabes tú cuánto tiempo he guardado esta carta? No, qué vas a saber. Pues te la voy a decir de memoria porque debes saber que tantas veces la he leído que sé cada palabra, cada punto y cada coma.
“Juan, perdóname por el dolor que te voy a causar, pero es necesario que sepas que me voy de este pueblo… nunca me gustó la miseria con la que me rodeabas y creo que merezco algo más que ser la esposa de un obrero. Por favor, si en verdad me quieres, no hagas un escándalo y si mis papás te preguntan por mí, sólo diles que me fui y que no sabes a dónde. Adiós”.
¿Miseria? ¿cuál pinche miseria? ¡si todos los días comía y tenía una cama donde dormir y un techo que la protegiera del frío y la lluvia…! ¿miseria? ¡a la chingada con esa excusa!
Salí corriendo a la cenaduría de tus abuelos y pregunté por ella. ¿No está contigo? preguntaron… supe entonces que era real. Que Lucía me había abandonado.
En ese momento recordé que ella llevaba a mi hijo en las entrañas… fui a buscar al doctor y en la puerta del consultorio había un letrero de Se Renta.
Enloquecí. De verdad, chamaco, te juro que enloquecí, durante varios días me emborraché hasta caer y cuando se me acababa el dinero, contaba mi historia en la cantina y todos se apiadaban de mi y me daban más alcohol.
Perdí el trabajo. Perdí la dignidad. Me fui a vivir a un jacal que mi padre había dejado más allá de la loma, en medio de la nada. Ahí me quedé dormido no sé si fueron tres o cuatro días hasta que llegó mi compadre Chuy.
Estás hecho un asco compadre, mejor no te digo a lo que vine…
Yo pensé que venía a decirme que Lucía había regresado, pero dijo que no, que ya estaban viviendo en la capital y a él se lo llevó el doctor a que le cuidara el jardín de la casa. Pero no vine a decirte eso, me dijo, vine a pedirte que vayas con doña Chona.
Fui con la vieja sin saber a qué. Ella sólo me entregó una cajita como de zapatos. ¿Qué es esto? Le pregunté. Me contó entonces que hace tres días había ido la Lucía y que el doctorcito le pidió darle un te “de los que usted sabe”. Ah, chinga, y porque no se lo da usted, le dijo la Chona. Entonces el médico sacó un fajo de billetes.
Apenas iba a preguntar si le dio a beber el té cuando la Chona me dijo “creo que esto es suyo” y tras empujarme, cerró la puerta. En la cajita estaba mi hijo. Ya tenía formadas las manitas y los pies.
¿Sabes cómo duele eso? No, qué vas a saber, cuando murió tu padre, a lo mucho sentiste algo de pena, pero nunca un dolor como el que tuve cuando enterré a mi hijo en el patio del jacal de papá. Lloraba y maldecía a Lucía por arrancarme de un tajo la vida.
A la siguiente noche, escuché el aullar de coyotes muy cerca del jacal y armado con un machete, salí al patio y vi a un par de animales peleando por un trozo de comida. Al acercarme, miré que los coyotes habían escarbado y la caja donde estuvo el cuerpecito de mi hijo había sido destruida. Ciego de coraje y dolor agarré a machetazos a los dos coyotes y los maté. Uno de ellos alcanzó a morderme aquí, mira, asómate.
Así es muchacho, a partir de ahí no volví a ser el mismo. Me acostumbré a la soledad y la compañía de esos coyotes que escuchas allá afuera. Por mi cabeza jamás pasó la idea de vengarme… hasta que el compadre Chuy vino al pueblo y me contó lo que pasaba con la vida de Lucía. Dijo que había tenido un hijo y que cuando cumpliste 10 años, tu padre murió de una extraña enfermedad y que Lucía había heredado toda su riqueza y se la pasaba cuidándote a ti, a pesar de que eras un bueno para nada y ya tenías los 18 cumplidos.
Me dijo el compadre que ella te adoraba con toda su alma, casi tanto como la amé yo a ella y entonces decidí que era hora de actuar. ¿Creerás que hasta aprendí a manejar para buscar trabajo de taxista en la capìtal? Así es, no te sorprendas, anduve varios meses tras de ti, esperando la mínima oportunidad, hasta que te ví salir de aquel bar en completo estado de ebriedad. ¿Recuerdas lo que me dijiste? “eh, pinche bato, llévame a Zapopan, tengo un bisnes allá, pero de volada cabrón”.
En el camino te me quedaste dormido, así que ni cuenta te diste de cómo llegamos a Atequiza.
Ahora que te veo ya con los ojos bien abiertos, ya no me recuerdas a Lucía… tus ojos ahora se ven temerosos y los de ella supongo que deben estar hinchados de tanto llorar. Ya van tres días que no te reportas.
¿Qué si te voy a matar? Por favor chamaco, yo no sería capaz de tal barbaridad, en todo caso quienes lo harán serán los coyotes porque hace tres días que no les doy de comer.
Pero no, no te asustes, ¿sabes que la soledad muerde más duro?, y ya ves, a todo se acostumbra uno…
