Desperdicio

Author: Zeth /

Sin nada más por hacer, ahora veo películas. Películas cuyo repertorio va desde Nosotros los pobres hasta La Pulquería parte 3, no estoy seguro, pero creo que lo único rescatable es un desnudo de Maribel Guardia. Caray... creo que no es tan rescatable, en fin.
Recuerdo ahora cuando en el canal 6 pasaron algún día un par de películas que marcaron mi ser y a mis calzoncillos, por cierto, porque daban miedo. Mucho. Los Gárgolas y El Despertar del Diablo. Rayos. Con las manos en la cara abríamos un poco los dedos y alcanzábamos a ver cómo una endemoniada se asomaba por la puerta del sótano mientras decía que todos moriríamos.
Y pues, estaba en lo cierto, no somos (afortunadamente) eternos. Sé que no te olvidas de mi y yo tampoco de ti.
Hace poco ví una película de Kevin Bacon. Sentencia de muerte, le pusieron en español.
Confieso que la vi en partes. No, no te puedo decir de qué trataba la pelicula porque nunca la completé. Ya sabes, esa manía del futbol y el andar en las calles oscuras no me dejan establecer una buena relación. Vaya, cuando lo intenté me cayó del cielo estiércol de una estrella.
¿En que iba? ah, si, en esa película del Bacon. El tipo tiene una familia modelo, no sé si la tuya sea igual que la mía o si tenemos una o si carecemos de ella. El recuento ahora quizá no es necesario porque te estaba platicando de una película, no de tu vida o de la mía porque eso solo a dos nos importa. El asunto es que algunos repasamos lo vivido años atrás y de pronto somos material cinematógrafico aún sin querer.
Pasa Kevin Bacon de ser un pandillero nefasto a un buen padre, pero regresa a ser el nefasto pandillero cuando seres semejantes a él le arrancan la vida. O lo que él piensa que lo es.
Luego de verla, en partes, casi tres veces y sin final, entiendo que construirte una vida de acuerdo a lo que ves en el cine o la tv o lo que escuchas en mis audífonos es un asco.
No hay imaginación que te haga una vida feliz.
Esa es la verdadera lección de Sentencia de Muerte.
Ahora, si tienes un poco de tiempo, escucha el tema final de Pilot Speed que se llama Alright... hey, si me escuchas ¿verdad?

Bajo el signo de Caín

Author: Zeth /

Si no te importa lo que soy, libre déjame....

Su acné se ruborizaba cada que le veía. Confieso ahora que nunca fue acné lo que tuvo, sino una estampida sintomática de alergia que no supimos entender hasta que él mismo se preocupó por su aspecto. Hey, ¿porqué tengo la cara tan roja y porqué me da comezón?

Hoy admiro su capacidad para pelear contra eso. Y para mostrarnos que es toda una personalidad, quizá distinta de Iván, su némesis, pero tan valiosa como él.
Feliz cumpleaños, hijo.

El reloj de lucecitas

Author: Zeth /

No soy la isla que tu fantasía quiso imaginar…

Era figura indiscutible en aquellas asambleas de la escuela secundaria. Recitaba algún poema o era maestra de ceremonias, pero era inevitable su presencia. Era muy linda, según la recuerdo, pero como decía Kena: no te aferres, ella es carne de primera y tú eres un perro de tercera.
Cabello largo, lacio y castaño, ojos color verde y labios delgados. Ella tenía razón: un perro sin colmillo sólo puede ver por el ventanal de la carnicería.
Se llamaba Rosa. Nadie podía poner un pie a menos de medio metro de ella porque intimidaba con sus fríos ojos verdes y su uniforme celeste del segundo de la secundaria. Su primer lugar en aprovechamiento escolar era un dato estadístico más que nos aplastaba a la mayoría.
Personalmente, me parecía una linda e inalcanzable niña, así que me entretenía explorando a la Mimis que, sin ser una eminencia, estaba dispuesta a enseñar su anatomía sin ningún complejo.
La Mimis era, como diría hoy Jorge, una chompona: cabeza desproporcionada al tamaño de su cuerpo pero con la facilidad de que a ella no le importaba que tú le tomaras la medida.
Me hice famoso por andar con la Mimis. Debo reconocer que besaba rico. Mucho. Y sabía cómo provocar que te creyeras importante.
Mimis se fue a Tampico un día que no tuve dinero para ir yo, así que me quedé en aquel callejón donde nos juntábamos, pasando la avenida Pelícano.
Enrique tampoco fue porque Susana, su novia, no lo dejó.
Susana le dijo a Enrique que sólo podría salir con él si iba Rosa por ella… ¿Rosa, la genio de la secundaria? Preguntó perplejo Enrique.
Ella misma, le dijo Susana, pero hay un dato interesante en este embrollo: a Rosa le gusta Yayo…
¿Ese pendejo…? Se escuchó el grito de Enrique casi hasta Paseo de los Leones.

-oOo-

En el trabajo, a papá le vendieron un reloj con extensible de plata y una extraña mica color vino muy oscura. Mira, me dijo, si le picas aquí en este botón, puedes ver la hora, si le picas acá, es un cronómetro y se le picas en este otro, puedes poner la alarma para despertarte.
Era una tecnología inconcebible a mitad de los 80´s así que me cansé de decirle a los que no querían ni escuchar que mi papá tenía un reloj bien chido, pero invariablemente todos me decían…. Em… ¿y dónde está?
Papá andaba en turnos en la fábrica y pocas veces encontré el modo de sacarle algunos pesos de su bolsillo por no decir que me era imposible saber dónde guardaba aquel pinche reloj que ya era una leyenda urbana.
Hasta que sucedió.
Un día por la tarde se metió a bañar y dejó el reloj en la mesa. Silbando a la manera de Pedro Infante con “Amorcito corazón” pasé al lado del comedor y guardé el reloj en mi bolsillo, luego fui a abrir la llave del agua caliente hasta que escuché a mi papá gritar “ora, cierren el agua porque esto ya está bien frío”. Abrí el grifo del agua fría y salí a la calle con la certeza de que con el coraje, a papá no le importaría el destino de ese reloj.
Fui hacia el callejón y ya estaba Enrique ahí. A Susana no la dejan salir si no va Rosa por ella, pero Rosa no quiere salir si no vas tú a invitarla… ¿cómo ves? Me dijo.
Je, traigo un reloj con el que cualquier chava caerá rendida, le digo. No seas pendejo, reclama, ella quiere contigo con reloj o sin reloj, pero a ver, déjame ver…. No mam…. Pinche relojazo, ¿cuánto quieres por el?
Es de mi jefe, le digo, así que no está en venta.
Los ojos de Enrique son un puñal y sugiere que vayamos por Susana.
Susana sale y va por Rosa. Ambas regresan a la casa de Susana y cuando el papá de Susana se convence de que Rosa estará con ella, la deja salir.
No pasa mucho tiempo en ese callejón cuando Susana y Enrique se manosean grotescamente. Yo miro los ojos de Rosa y le digo que me encantan.
Se ruboriza y me dice que a ella le gusta mi cabello
Hablamos de matemáticas y de ciencias sociales hasta que noto que comienza a aburrirse. Entonces saco mi arma secreta: el reloj de papá.

-oOo-

Las luces rojas del led de un reloj apantallan a más de uno, sobre todo cuando estás en un callejón por demás oscuro. Rosa me dice que no alcanza a ver los numeritos y se acerca a mi.
Su ropa huele a Vel Rosita y su cabello a shampoo Vanart. Casi rozo su brazo y eso me provoca un extraño escalofrío. Recuerdo entonces con rencor que la Mimis se largó a Tampico sin mi y entonces le digo a Rosa “mira, si le picas aquí en este botón, puedes ver la hora, si le picas acá, es un cronómetro y se le picas en este otro, puedes poner la alarma para despertarte...”.
Rosa no mira el reloj y en cambio me mira fijamente. Tiene unos bellísimos ojos verdes y no puedo evitar la tentación de besarla.
Rosa no besa rico. Lo hace de manera inexperta y trata de abrazarme torpemente, yo quiero calmar la situación platicando de cómo consiguió mi papá ese reloj, pero ella apuradamente intenta besarme de nuevo, muy torpemente.
Me muerde el labio y sus manos lastiman mi cabello.
Rosa es una bellísima mujer, además de inteligente. No entiendo porqué la juzgué sin querer cuando ambos teníamos 14 años y ella una esperanza en la piel. Yo un reloj robado a mi papá.

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Rosa pasa casi todos los días frente a la casa. Doña Toña se pregunta quién esa niña tan linda que todos los días voltea hacia nuestras ventanas.
Mimis ya regresó. No lo sé, le digo a doña Toña. No conozco a esa mujer…

Infortunio

Author: Zeth /

No pasa nada por beber a solas...



Pero… vas a volver, ¿verdad?
No lo sé, chava, el camino a Jalisco tiene muchas veredas y entresijos, puede que me quede en Ojuelos o Lagos de Moreno… hasta San Juan de los Lagos con todo y sus iglesias es una buena opción, ese tacto en sus viejos templos siempre ha sido motivante para alejarse del catolicismo… ¿quién puede saber dónde está el verdadero Dios si no le da por buscarlo? En ese camino muchos nos perdemos y quizá nos acerquemos a la santidad, pero es algo que probablemente no entenderías porque tu mundo es real y yo trato de imaginar cómo construyo el mío…

-oOo-


Zapopan es tierra de narcos. Narcos sin futuro porque mueren como los que hay en Monterrey: muy jóvenes y con familia a cargo. Los narcos viejos viven muertos en alguna prisión porque tienen la sensación de seguir controlando un mercado que no pueden ver porque los guardias se lo impiden.
La tierra de los Malboro, solía leer a la entrada de Zapopan. Nunca me fui de Jalisco. Quizá tuve dos años cuando me largué para no volver, pero cuando lo hago parece que nunca me moví de acá: En Jalisco todo es tan igual, las bardas de adobe encaladas y ahora sobrepintadas con propaganda política
Los autos se quedaron a finales de los años 60. Hay Buicks, Impala, LTD, Chevelle, Dodge y la inevitable copia del Mercedes Benz a cargo del ingenio mexicano: el Borgward.
Los camellones de la ciudad permanecen igual, con un pasto seco que al respirar se mete por la nariz si llevas la ventana del autobús abierta. Los negocios de tortas ahogadas son tantos que abundan y sobra decir cuál es mejor de todos: todos te provocan amibas y ataques de diarrea, así que si estás estreñido, ya tienes una solución en la tierra de Jalisco.


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Claro que voy a volver, digo sin convencimiento, como casi todos los días. Ella cierra la puerta con la firme idea de que por la noche no volveré. A veces trato de no hacerlo y me quedó hasta la madrugada para asegurarme que hay un nuevo sol y sí, con todo y que algunos días bajan las nubes acá y de pronto me bañan de lluvia, sé que detrás de ellas está un sol por ahí.
No sé si vaya a volver, pienso ¿a dónde más puedo ir cuando no tengo a dónde ir? Y entonces me reprocho por culpar de mi infortunio a quien no es responsable de mis desvaríos.
Mientras manejo de regreso siempre cargo una mirada oscura sobre mi espalda. Esta noche decido que es bueno tomar una cerveza. Ya no lo hago como antes y eso se refleja en la ropa que ya no me queda.
Decían algunos amigos que tomar solo equivale a ser un pinche alcohólico. Ahora les afirmo: No pasa nada por beber a solas.
Llego al depósito de licores y en vez de cerveza cargo con un buen Jack Daniels. No sé porqué presiento que esta noche debo celebrar algo así que la elección es correcta: un buen Jack hará que mi auto parezca el Ferrari que maneja Al Pacino en “Scent of a Woman”.


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La niña tiene 7 años. Es hija del vecino y sale de la tienda que está al lado del depósito de licores. Su mamá me saluda alegremente y yo trato de esconder al buen Jack mientras contesto el saludo.
Hace mucho que no te veo, me dice. ¿Qué te has hecho?
Pues lo mismo de siempre, digo con una sonrisa fingida, tratando de no morir cada día.
Tú siempre tan pesimista, contesta, deberías leer buenos libros como el de “¿Quién se llevó mi queso?” o el de “Caldo de pollo para el alma” para que veas que vivir vale la pena… ¿qué estás leyendo ahora?
Me da pena decirle que cargo un libro de Cortázar y la biografía de Joaquín Sabina, así que le comento que leo “Un grito de esperanza”.
Ah, sí, el de Carlos Cuauh…. ¡Hey, cuidado….!
Volteo a ver y la mirada me refleja a su hija caminando hacia el auto familiar. Una camioneta blanca se acerca de prisa y sin frenar.
Siento el golpe en plena cabeza. Alcanzo a mirar que la niña está a salvo del otro lado de la acera. Mi botella de Jack Daniels sangra por el pico roto…


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No puede llevar esa urna en el camión porque la gente ya se puso nerviosa y me piden que baje aquí mismo, dice el conductor del Autobuses de Occidente justo cuando llegamos a Zapopan. Lo miro y no sé qué responder. A mi me encargaron traerlo, pero pues en verdad no sé qué se pueda hacer en estos casos, dice una apagada voz.
La última vez que leí “La tierra de los Marlboro” fue esa tarde. Luego se hizo de noche y sentí frío cuando comenzamos a andar de regreso al norte. Varias veces te ví con ganas de abandonarme en ese camino, hasta que lo hiciste.
Estábamos en San Juan de los Lagos cuando te miré dejarme. Desde aquí podía ver la catedral de la Virgen hasta que unos niños desarrapados tiraron mis cenizas al suelo y hacían planes para ver en cuánto venderían esa urna.
Pero… vas a volver, ¿verdad? Se repetía esa frase en el polvo que llena el camino que lleva a Jalisco, la tierra del infortunio.

Don Mario

Author: Zeth /

¿Qué puedo decir de ti que no se dijo antes? no crecí leyéndote, no te conocí personalmente, pero empaté mi alma con la tuya. 1964. La noche de los feos...
Eres un viejo de rostro bonachón. Pudiste ser mi abuelo si lo hubieses querido. A mí me habría encantado pasar largas horas con vino tinto y ajedréz. Te habría pedido una explicación por el dolor que me causó leer Primavera con una esquina rota.
Don Mario, ya nos veremos luego...