Un cuarto de siglo...

Author: Zeth /

Porque sabemos agradecer,
a pesar de lo vivido...
(Bunbury: Porque las cosas cambian)

- Quiero platicar con ella - dijo así, sin más. Como si las cosas fueran tan sencillas después de lo vivido.
No creo que te atienda, le dije, sabe quién eres y te conoce hasta creo que un poco más que yo, ya ves que fueron vecinas y en un descuido fuiste la mejor amiga de su hermana.
Blanca y Susy pasaban, como hace tres o cuatro años, de improviso y sin dejar de soltar risitas. Regresará, decía Susy. Ojalá, decía Blanca. No lo haré, decían mis ojos al verlas pasar con esa desfachatez que ahora me encanta, pero no me atrae.
Sentado a tu lado, veía cómo pasaban un par de años de mi vida, llenos de amor y dolor, desprecios y amoríos, peleas y reconciliaciones, miedos y abrazos. No estaba dispuesto a pasar por más de ello. Y ahí estuve yo, mirándote, con ojos tuyos llenos de esperanza, con ojos míos llenos de rebeldía…

-oOo-

Ella viene por nosotros, dijo Blanca con pánico en sus palabras. Cristiana desde siempre, ella tenía la certeza de que hicimos mal al huir de aquel Monterrey de madrugada, con frío y culpa. Con prisa y remordimiento. Blanca veía a una mujer en la puerta de la casa de la tía en aquel Atequiza que de a poco se me olvida.
Nunca la toqué. Era joven y menso y creí a pie juntillas que cuando uno quiere a una mujer, debe casarse con ella antes de sentir el deseo de amarla sexualmente. (He perdido una cantidad impresionante de mujeres por esta estúpida reflexión).
Cuando volvimos al asfalto regiomontano, algo se desquebrajó en nuestras vidas y de pronto nos vimos aislados, lejanos, tristes y desolados. Yo quería vivir una noche con ella. A ella no le permitían casarse y era obvio: apenas teníamos yo 18, ella 16.
Sin remedio, nos perdimos ella en un trabajo, yo en una escuela. Al poco tiempo ya no éramos Blanca y Gerardo. Era sólo Gerardo. Y nada más…

-oOo-

Cuando uno tiene una relación en donde espera casi todo, es como prepararse un huevo estrellado, trataba de convencerte. Lo haces con toda el hambre del mundo y tratas de que te quede bonito, apetecible, rico…y de pronto por alguna causa alguien o algo te llama y te saca de concentración de aquel huevo estrellado que preparas y de alguna forma se enfría.
- Pero si tienes hambre, debes comerlo ¿no crees? - dijiste.
¿Y porqué no prepararme otro? Respondí puntual.
Esta plática ocurrió hace 25 años.
Luego de un baile donde nunca bailamos, cruzamos un campo de futbol que ahora no es tal para ir a un Oxxo a comprar refresco.
Tomé tu mano en aquel 11 de noviembre de 1984. Toqué tus labios con mis labios.
Desde ese tiempo acá, cometí muchos errores. Demasiados e innecesarios. Conocí gente a la que no debí tratar. Pero lo hice y no me arrepiento porque de todos ellos gané y perdí algo. Muchos ya nos los conservo en la memoria. Se esfumaron y jamás volverán… los que se quedan lo hacen porque yo y ellos así lo quisimos.
Tengo buena suerte de que estés acá conmigo. Estás aquí, está Jorge y Lily, Sergio (con todo y su pornografía) y Claudia, Licha y Miguel, a veces viene Nacho y a veces viene Jaime, a veces viene Luis y a veces viene Bebé. En otras ocasiones debo soportar a Pancho, al Zoompie y a un presunto narco, sin contar con Arturo y Hernán que ya se creen parte del clan.
Iván, Adrián y Ana sólo asisten cuando hay carne asada, pero ni modo de correrlos, además son los que mejor platican. A veces, como este último sábado, llegan todos menos los que no quieren.
Con todo y eso, creo que 25 años pueden ser un buen comienzo…

Gente conocida

Author: Zeth /

Y si este mundo gira, cómo me detengo
no sé dónde estoy, sólo sé que voy...
no creo en las despedidas
si no estás muerto...


En medio del infernal tráfico que nos provoca San Juditas, maldigo al conductor que bendice a mi madre con su claxon: no seas imbécil, le dicen mis manos, es el tipo de adelante el que obstruye la vialidad tratando de llegar a ese templo que no sé dónde queda... sólo sé que está cerca de Cad Toner porque ellos sí me sirven.
Volteo a ver al auto blanco que pone intermitentes porque quiere estacionarse en tercera fila en una calle que tiene, ajá, adivinaste, sólo tres carriles, y el conductor que trae el Mazda 3 me mira desafiante.
Es un huerco estúpido, a pesar de que le acompaña una bella mujer, le dicen mis ojos antes de que mi claxon le raye su madre. Total, su fe no le permitirá arrancar tras de mi y borrar la afrenta. Esa gente tiene una extraña ambivalencia por el mundo: el tipo es posiblemente un sicario (a su edad poca gente trae un auto de más de 200 mil pesos... bueno, hay que quitar de esa lista a todos los que sus padres trabajan en el gobierno de Rodrigo Medina), pero por hoy me perdona la vida porque viene a ver a San Juditas. Ah, si, trae de pasajero a su mujercita para que vea que él sí se ocupa de las cosas serias...

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Hay un matón acá en la barra, dice Mauro, Marcos, Joel, Julián, rayos, no sé cómo se llama el tipo. Dice que debe hablar con el dueño para ver si ya cierra el negocio pero no tiene saldo... ¿me prestas el teléfono para hablar?
Ora, ahí está, le digo sin ponerle atención porque en este momento leo la noticia de que un sujeto apodado “El Gordo” atardeció muerto en su celda del Penal de Cadereyta.
El apodo de “El Gordo” me recordó aquella noticia. Cerca de la casa hay un sector llamado Cumbres. Es el número 6 y ahí detuvieron a dos tipos. No sé porqué la gente tiene tal ambición por vivir en esos lugares que aparentemente son de gente bien, pero vaya que se portan bastante mal...
“El Gordo” ejecutó de un balazo a un amigo. En Telediario apenas hablaban de una presunta ejecución en Cumbres 6o. Sector y la posterior detención en la carretera a Laredo de los presuntos responsables, cuando en vivo y a todo color se presenta la mamá de la víctima en la casa del victimario...
“Es mi hijo.... ¿verdad?, sé qué es el... anoche no llegó y ahorita veía las noticias... es él ¿verdad?”.
“El Gordo” no atinó a responder y se limitó a caminar con las manos esposadas, mientras los ojos de una madre ya desesperanzada lo seguían con lágrimas en los ojos. “Pero... ¿porqué? El era tu mejor amigo...” se leía en la humedad de sus mejillas.

-oOo-


Leo en las noticias que un par de jóvenes de 16 años se fueron al fondo de un canalón cuando jugaban carreras en sus autos. Uno manejaba un Mustang. El otro un Corsa... y a pesar de lo que muchos puedan pensar, por supuesto que un Corsa puede vencer a un Mustang. Lo que cuenta es la pericia pero, por lo que se ve, ninguno de los dos la tenía.
Eso me recuerda a que algún día yo traía una VW Caribe y jugué carreras contra uno de esos carritos que traen un caballito. A la altura de Gonzalitos y Constitución, le cerré el paso y no pudo reponerse. No sé si chocó y no me importa: a esa gente no deberían soltarle un volante si no sabe manejar.
Con cerveza en mano, tratando de reponerme del infernal tráfico y de lo antisocial que puede ser un sicario o el hijo estúpido de un sicario manejando un auto deportivo, aparece de nuevo Mauro, Marcos, Joel, Julián, rayos, no sé cómo se llama el tipo, y me dice que hay un matón en la barra de su bar.
Lo siento, maestro, le digo, pero ya con la gente estúpida que le rinde pleitesía a San Juditas y al siguiente día matan a quien puede ser su mejor amigo, basta y sobra.
Por lo pronto, ya debo buscar otro bar...

Herencia maldita

Author: Zeth /

Echame a mi la culpa de lo que pase...
José Alfredo Jiménez

No me gustan los guitarristas muy veloces, aunque en algún tiempo Ritchie Blackmore era mi ídolo y, después de discutir mucho tiempo con alguien que ahora creo que es diputado (y ni así recuerdo su nombre) entendí que Eddie Van Halen era algo sobrenatural.

Con el tiempo le bajas vuelo a la guitarra, si primero te encantaba Tommi Iommi y soñabas con ser algo parecido a Angus Young, ya le bajamos a la velocidad y le entramos al feeling, como el de Steve Vai en Crossroads. Pero en ese inter se colaron demasiadas propuestas, como las de Ritchie Sambora, el par de guitarristas de Ratt y la suave guitarra de Foreigner.
Andar a 200 por hora no era ya, ni por mucho, una propuesta viable para quien va creciendo a 300 por hora.

Luego de algunas décadas de pasar música de oído a oído, encuentro que un Sabina puede aventarse un round con un Bunbury, un Vegas puede dar un par de patadas y recibir tres más de alguien como Oceransky. Que Lazcano Malo se burle de esta hipotética escena y componga una mala canción sobre ese particular asunto.
Que la vida sin Edel Juárez no sería igual. Y no sería la misma.

En mis noches de desvelo, escuchaba a lo lejos una velocísima canción de un grupo rockero.
Siempre que la escuchaba pensé que soñaba o siempre que soñaba pensé que la escuchaba.
Ahora recuerdo, muy claramente, que mi hijo Adrián la tenía en sus bocinas, tocando sin cesar por la madrugada.

Es DragonForce.

Uno de sus guitarristas tiene el cabello demasiado largo. Es asiático (no entiendo cómo le puede crecer tanto el cabello a alguien… llevo décadas tratando de llevarlo así pero la vida me ha devuelto unos churros que quienes me conocen, se los imaginan).
El otro guitarrista es genial. Una actuación despreocupada lo lleva a mover con una increíble velocidad sus dedos y, en el descanso, se atreve a desafiar al asiático dando un sorbo a lo que parece ser una deliciosa Heineken.

No me gusta la velocidad de los guitarristas y casi siempre prefiero a Santana. No romperé mis paradigmas (eso suena chido, pero no sé qué diablos significa), pero luego de ver el duelo del asiático y del tipo de la Heineken, creo que me he perdido de algo bueno.

Habrá qué ver qué cosas mejores andan por ahí, esperando que uno las descubra…

El niño bonito (repost)

Author: Zeth /

Aunque tus ojillos se escondan bajo la mesa.
Aunque creas que no te miro. Te miro.
Aunque corras como tu abuelo Félix.
Y trates de escapar.
Yo voy siempre tras de tí.
Aunque tú ni cuenta te das.


Café estilo leyenda urbana

Author: Zeth /

Palabra de borracho
haré de cuenta que aquí no ha pasado nada
voy a olvidarte, al fin mi cuenta está pagada
habrá destrozos pero solo aquí… en mi alma.
Los Herederos de Nuevo León


Comienza el frío acá. Un frío de esos ricos donde tomas café con piloncillo y canela, estilo leyenda urbana mientras miras en la tv malísimos programas locales, a la espera de que llegue el sábado de futbol.
Me agrada ponerme de nuevo un suéter aunque este se vea arrugado. “Es lindo”, escucho decir a una mujer, “pero trae un suéter arrugado”. Por eso soy lindo, me encantaría decirle, porque no me importa lo que diga su mirada cuando yo me siento a gusto por arrugado que parezca.
También hay lluvia. Y gente golpeada por croquistas. Pero ese es un mundo que de a poco deja de interesarme. Sólo me doy cuenta de que existe cuando alguien habla por celular mientras maneja y se cruza en mi camino sin precaución y debo decirle que no sea insensato.
Me gustan los nubarrones porque sé que detrás hay un sol o luna, según la hora y, si la noche tiene suerte, hasta alguna estrella podría hacerse notar. Comienzan a gustarme los rayos a pesar de que puedo ser víctima de uno. El espectáculo de luz y truenos me embelesa y debo pararme a la orilla del camino para observarlos mejor. No soy como Iván, que de pronto y carga una cámara para captar lo que platico y que veas que es verdad. Hace rato que no me da por reseñar los hechos, sobre todo cuando aviso de una posible noticia y me contestan en algún periódico “¿hay muertos en el incendio? ¿Le falta la cabeza, piernas o algún brazo? ¿No? ¿Nada de eso? Ah, entonces no nos interesa”.
Con el frío, lluvia y el café estilo leyenda urbana, comienzan a encontrarse mis sentimientos. De pronto me encuentro deprimido sin parar con una canción de Los Herederos del Norte y río sin contenerme con algún tema de Café Tacuba.
Ya soporto al “Chapo” de Sinaloa y a veces tarareo algo de Ricardo Arjona.
Me encanta Sarah Brightman por su bello rostro y su impresionante voz.
Vaya, hasta cómico se me hace Chavana con sus covers futboleros que nada le aportan a la inteligencia humana.
Ya permito que la gente se acerque y haga preguntas. Disfruto mucho haciéndome pendejo al contestar “no sé, fíjate que no sé cómo se llama el secretario de Gobierno” y ver su espalda al alejarse mientras murmuran “qué imbécil, se llama Fernando Gómez Mont”.
En las reuniones alcohólicas intento tener la benevolencia que tiene un Dios. Ya el diablo no me presta su disfraz.
Ahora que lo pienso bien, creo que te comencé a olvidar…

La mirada de Mark Knopfler

Author: Zeth /

La vida de los rockstars puede reducirse a sólo una cosa: son putos. Les da lo mismo irse con una jovencita que con un garrote. No los culpo. De pronto te llega la fama y no sabes manejarla.
Por eso me llama la atencion Mark Knopfler, ese sujeto inglés cuyo apellido es difícil no ya de escribir, sino de pronunciar.
Cuando canta Romeo y Julieta es una bendición que no nos da don Benedicto. La mirada de Knopfler lo dice todo: una especie de sufrimiento eterno. Un sufrimiento que llevarás de por vida. Unos ojos entre verde y miel que te cuentan lo que viví yo en la infancia y lo que sufro ahora de adulto.
Que bueno que haya un Mark Knopfler en la vida... de otro modo, ya habría matado a mucha gente. O muerto por mi mismo, que al fin y al cabo, es igual.

La Santa Muerte

Author: Zeth /

Desde que salgo con la pálida dama
ando más muerto que vivo
pero dormir el sueño eterno en su cama
me parece excesivo...
Joaquín Sabina.

No amanece aún. Y el camino es largo. Un poco de lluvia adorna mi parabrisas y el asfalto de la carretera a Laredo. Escucho música vieja en la radio del auto.
Por la libre veo decenas de tráilers. Todos ellos con kilómetros de historias qué contar... kilometraje que se extiende en cada parador donde llegan a cenar. Donde juegan billar y apuestan la botella de whiskey guatemalteco contra la mujer que acaban de levantar.
Atrás quedó el travesti agitando su pañuelo rojo. La mujer les gana el cliente. Con las horas pasando sin protestar, esperan tener algo más de suerte.
En el camino hay huellas de correcaminos y zarihueyas que pasaron a mejor vida. De noche es difícil ver la línea divisoria y más difícil aún ser humanitario con los animalitos que cruzan una autopista de cuota, sobre todo cuando detrás de ti viene una poderosa Hummer haciendo cambio de luces.
Aburrido ya con el paisaje que dibuja la luna cuando la lluvia lo permite, hago conteo de los kilómetros que faltan para llegar a la frontera. Cuarenta, dice un pequeño anuncio al lado del camino.
39, dice otro más un kilómetro adelante.
No, son 38, alega otro que está mil metros más allá.
Qué demonios. Ya desvarío...
Para no dormir en este tramo donde se pierde la señal radiofónica, me entretengo en recuerdos que, aunque quiera, ya no tienen nada qué ver contigo. Estás aquí y a veces no estás, pero decidí por mera salud sentimental no guardar cosas que pudieran pincharme el alma.
Miro el teléfono descansando en el cenicero y recuerdo que ahí tengo un par de canciones que vale la pena escuchar. Abro la ventanilla para recibir una bocanada de aire fresco y la oscuridad me devuelve unos ojos curiosos que deben concentrarse en la intermitente línea de una carretera que, diablos, ya se hizo demasiado larga.

-oOo-

Es real, dice Tovar con la seriedad que no lo caracteriza. Míralo bien, insiste. Veo dos o tres veces el video en el celular y reitero mi opinión: ese video es falso y yo podría hacer uno más realista que ese, lamentablemente yo me especializo en el porno y, aunque quisiera espantar a alguien con un video de terror como ese, prefiero ver la belleza de una mujer cuando su rostro refleja felicidad al hacer el amor. Ya sé que eso no tiene chiste y que hay toneladas de pornografía no sólo en internet, sino en los celulares de las damas y caballeros más distinguidos que te puedas topar en el cruce de Aramberri y Juárez. Pura gente fina.
Recuerdo el video y lo reproduzco para no dormir en tan inhóspito lugar donde aún faltan 30 kilómetros para que un pueblo dé señales de vida.
Veo entonces en la pantallita de mi teléfono la burda escena donde unos jóvenes circulan por una carretera igual a esta, más o menos a esta hora y más o menos con esta combinación de lluvia-luna.
A la orilla del camino, en el video, aparece de pronto una figura humana cubierta hasta la cabeza con una túnica que voltea a ver el auto de los jóvenes y su mirada apaga el grito de una mujer que dice "¡no mames...! ¿qué es eso?".
Lo mejor de ese video es el final: un cartel cinematográfico donde se lee que los jóvenes perdieron la razón definitivamente (dudo que la tuvieran algún día, pero en fin...) y ahora están internados en alguna casa de locos donde vivimos más de cien millones de habitantes en México. Basura de la red, me digo antes de activar la música del celular y escuchar, plácidamente y durante 15 minutos, algo de Oceransky con un toque siniestro de Vegas y Bunbury. Bueno, por lo menos eso me quita el sueño. ¿A tí no?

-oOo-

La luz del auto descubre un cementerio de coches metros más adelante. Vaya, hay señales de vida por acá, respiro aliviado después de manejar esos 15-20 minutos sin ver un sólo auto, salvo la Hummer que venía pisándome las patas y a la que en un pase de torero con acento españolao le dije "ala, si lleváis prisa, que la Santa Muerte te acoja chaval...".
Qué rayos, dije la Santa Muerte sin querer. Es posible que esa imagen que hace rato miré en la pantallita del celular me hiciera recordar la serie de capillas que ahora ya no están en la entrada de Nuevo Laredo.
Hace unos meses hubo en ese lugar donde ahora es tierra y escombro capillas dedicadas a la mujer con rostro de calavera.
Esas capillas son las buenas, me dijo alguna hierbera del Mercado Juárez. Ahí llega la gente que necesita algún favor o requiere de algún sacrificio. O no te vayas tan lejos, dijo con una sonrisa desdentada: allá llega la gente que pide una muerte sin dolor y sin sufrimiento... la Biblia lo dice claramente en el Apocalipsis de San Juan, "Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.... La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego, este lago de fuego es la muerte segunda" Apocalipsis 20, 13-14.
La gente cree que la muerte los resguardará hasta el juicio final y entonces, cuando ocurra, Dios estará tan enojado con la Muerte que la arrojará al lago de fuego a cambio de las almas que le profesan algo de fe. ¿Creerás que funciona, Gerardo? preguntó la mujer y tuve que salir de ahí, turbado, sin responder cómo aquella vieja pudo saber mi nombre sin averiguarlo en el Messenger o en algún estúpido Facebook.

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Las luces de la carretera alumbran botellas de tequila casi inexistentes, velas con el cabo agotado y la certeza de que afuera hay un frío que kilómetros atrás no se hizo notar. Rastros de las capillas están ahí, al lado de la carretera, y son mudos testigos de un fanatismo que no tiene explicación, me explico yo mismo.
Amanece ya y antes de que la luz solar extinga esa última farola de aquella carretera a Laredo, una mujer que vende naranjas en el primer semáforo de la ciudad asoma a mi ventanilla y pide que baje el vidrio. Lo hago a medias y entonces las cuencas vacías de unos ojos que no ven me dicen "¿Creerás que funciona, Gerardo?"...