que la gente de bien, no entiende todavía
(Don Carlos. Amaury Pérez)
De nuevo me despierta el tenebroso aleteo. En posición fetal, cubro mi cabeza con la colcha y tapo mis oídos para no escuchar, no quiero ni ver ni asomarme porque sé que ellas están ahí, con paciencia tan severa que sólo esperan un movimiento mío para lanzarse en picada y aterrizar en lo aterrorizado.
- Mamá, ya no aguanto esas cucarachas que viven en el cuarto- le digo a una señora malhumorada que trata de hacer comestible un par de huevos con frijoles.
Tú tienes la culpa, me dice sin despegar la mirada del sartén. Tienes en tu cuarto unas latas vacías que ni sabes para qué o porqué.
Sin concederlo completamente, creo que mamá tiene razón. Me subo a la bicicleta y tomo los callejones de Valle Verde para alcanzar Lincoln, saludando antes a Queco el que vive en la esquina de Avoceta y que me caía gordo pero un día que lo golpearon me metí a defenderlo. Ahora no me lo quito de encima, dándome siempre las gracias. Saludo también al Mon que ya está puntual con su caguama en la esquina de Gallineta y a Pablo Pestañas que patea un balón en la esquina de Ibis. Bajo sin cuidado el Canal del Aguila y el doctor me saluda desde su casa. Bueno, pensé que me saludaba, pero en realidad pregunta que cómo le ha ido a mi padre con el Volkswagen verde que le vendió.
Llego a Lincoln. Tan distinto al día de hoy donde un banco y un Famsa, además de un Oxxo y una gasolinera nos privaron del escondite preferido en aquellos inicios de la década de los ochenta.
Pedaleo con empeño y al poco tiempo abandono la zona urbana. Atrás queda el campo de béisbol y el panteón San Martín… lo último de la civilización se reduce a la escuela rural Benito Juárez donde da clases el papa de Callo. De ahí en adelante, la nada…
El sonido de los tráilers ya no me espanta. Aprendí a vivir con ellos en esa costumbre de ir al entronque a recoger latas americanas para adornar mi cuarto.
Enrique, Mesti, Jaramillo y Rudy tienen varias presentaciones de la Coca Cola, de Budweiser y de la Miller Lite. Tienen de Montain Dew y de Mellow Yellow. Tienen del Dr. Pepper y de Lone Star. De Old Milwawkee
Allá en Michigan venden una cerveza que se llama Bull, la oscura es un bote negro con un toro color azul y la ligera es color plata, con el mismo toro color azul, nos platicaba el Necho mientras escuchamos en su cuarto un grupo que era inconcebible para nosotros: Rush.
Mientras escuchamos Spirit of radio de ese grupo canadiense, Enrique, Mesti, Jaramillo, Rudy y yo nos imaginamos cómo se vería una lata de Bull en la repisa de nuestro cuarto.
Genial. Pensamos cada uno de nosotros.
Pedalear hasta el entronque es pesado. Son 16 kilómetros desde la casa. Más pesado aún para el Mesti, que al no tener bicicleta corre tras nosotros con la esperanza de ser él quien encuentre primero una lata de Bull.
Cuando Enrique nos invita a su casa, sabemos la noticia que nos derrumba: ese cabrón ya la consiguió.
Y sí.
Nos cuenta que su hermano vino de Minnesota en esta Navidad y trajo un 18 de Bull lite. Así que ahora tiene 18 latas de Bull que todos despreciamos. Unos por envidia, otros porque sabemos que no tiene chiste que alguien te dé lo que esperas de la vida.
Eso lo debes conseguir tú mismo y sin ayuda.
Me impongo el ridículo reto de conseguir cuanto antes una lata de Bull negra y tumbar a Enrique de su efímero reinado.
Es Diciembre y hace frío. Mucho. No hay cucarachos anidando en mis latas de colección y Mon ya no está en Gallineta con su caguama al lado. En la calle no hay nadie.
Pedaleo nuevamente los 16 kilómetros que me llevan al entronque de la carretera a Laredo y pacientemente camino por la orilla. Encuentro decenas de latas y desprecio la de Lone Star que faltaba en mi colección.
No hay rastros de una Bull de lata negra.
Voy a la gasolinera y compro un café con donas, de esas donas babosas que me acompañan hasta hoy.
Tengo 16 años.
Desde acá mi mundo es un mundo de latas en donde pueda demostrar que puedo ser más que los demás porque tengo la mejor colección de ellas. En eso me entretengo cuando en la gasolinera se detiene un auto con placas de Michigan.
Necho dijo que en Michigan venden una cerveza llamada Bull que tiene latas negras y latas plata.
Cuando el auto arranca, yo ya estoy metido en el bote de basura donde arrojaron una bolsa y ahí, opaca como sólo el color negro puede ser, brilla en el fondo una lata de Bull oscura.
El regreso a casa es un suspiro. Me faltan pulmones para pedalear más rápido y pasar por Cóndor a decirle a Enrique, Mesti, Jaramillo y Rudy que ya tengo una lata de Bull negra.
No hay nadie en la calle y entonces caigo en cuenta que es 24 de diciembre y todos deben estar en casa. Me apresuro a llegar a tiempo a la cena y mamá dice “mira qué cabrón… ¿ya traes otra lata para que los cucarachos hagan más nidos en tu cuarto?”.
Manejo un Seat azul marino que es una belleza. Es un auto cálido con un silencio total en su motor, tanto, que los pasajeros duermen parte porque son las 6 de la mañana, parte porque no hay motivo para estar despierto.
Enfilo hacia la carretera a Reynosa para visitar a Noé y Betty.
En el cruce de Nogal y Ruiz Cortines hay un Benavides y un nuevo Oxxo. A una calle de ahí vivía mi abuela, pienso mientras espero el cambio de luz en el semáforo.
Volteó por curiosidad a la calle donde vivía doña Esther y entonces veo una pálida figura que se agacha a recoger una lata. Recuerdo entonces que algún día tuve 16 años y supongo que ese viejo busca una lata que lo haga sentir mejor que sus latosos amigos.
Poco antes del cambio de luz en el semáforo, el viejo voltea hacia mi y su rostro me acompaña durante todo el viaje hacia Puerto Isabel.
Era don Fernando. Es mi papá…
