Cuento de Navidad

Author: Zeth /

El caso es que los años, le han dado una manía
que la gente de bien, no entiende todavía
(Don Carlos. Amaury Pérez)


De nuevo me despierta el tenebroso aleteo. En posición fetal, cubro mi cabeza con la colcha y tapo mis oídos para no escuchar, no quiero ni ver ni asomarme porque sé que ellas están ahí, con paciencia tan severa que sólo esperan un movimiento mío para lanzarse en picada y aterrizar en lo aterrorizado.
- Mamá, ya no aguanto esas cucarachas que viven en el cuarto- le digo a una señora malhumorada que trata de hacer comestible un par de huevos con frijoles.
Tú tienes la culpa, me dice sin despegar la mirada del sartén. Tienes en tu cuarto unas latas vacías que ni sabes para qué o porqué.
Sin concederlo completamente, creo que mamá tiene razón. Me subo a la bicicleta y tomo los callejones de Valle Verde para alcanzar Lincoln, saludando antes a Queco el que vive en la esquina de Avoceta y que me caía gordo pero un día que lo golpearon me metí a defenderlo. Ahora no me lo quito de encima, dándome siempre las gracias. Saludo también al Mon que ya está puntual con su caguama en la esquina de Gallineta y a Pablo Pestañas que patea un balón en la esquina de Ibis. Bajo sin cuidado el Canal del Aguila y el doctor me saluda desde su casa. Bueno, pensé que me saludaba, pero en realidad pregunta que cómo le ha ido a mi padre con el Volkswagen verde que le vendió.
Llego a Lincoln. Tan distinto al día de hoy donde un banco y un Famsa, además de un Oxxo y una gasolinera nos privaron del escondite preferido en aquellos inicios de la década de los ochenta.
Pedaleo con empeño y al poco tiempo abandono la zona urbana. Atrás queda el campo de béisbol y el panteón San Martín… lo último de la civilización se reduce a la escuela rural Benito Juárez donde da clases el papa de Callo. De ahí en adelante, la nada…
El sonido de los tráilers ya no me espanta. Aprendí a vivir con ellos en esa costumbre de ir al entronque a recoger latas americanas para adornar mi cuarto.
Enrique, Mesti, Jaramillo y Rudy tienen varias presentaciones de la Coca Cola, de Budweiser y de la Miller Lite. Tienen de Montain Dew y de Mellow Yellow. Tienen del Dr. Pepper y de Lone Star. De Old Milwawkee
Allá en Michigan venden una cerveza que se llama Bull, la oscura es un bote negro con un toro color azul y la ligera es color plata, con el mismo toro color azul, nos platicaba el Necho mientras escuchamos en su cuarto un grupo que era inconcebible para nosotros: Rush.
Mientras escuchamos Spirit of radio de ese grupo canadiense, Enrique, Mesti, Jaramillo, Rudy y yo nos imaginamos cómo se vería una lata de Bull en la repisa de nuestro cuarto.
Genial. Pensamos cada uno de nosotros.
Pedalear hasta el entronque es pesado. Son 16 kilómetros desde la casa. Más pesado aún para el Mesti, que al no tener bicicleta corre tras nosotros con la esperanza de ser él quien encuentre primero una lata de Bull.
Cuando Enrique nos invita a su casa, sabemos la noticia que nos derrumba: ese cabrón ya la consiguió.
Y sí.
Nos cuenta que su hermano vino de Minnesota en esta Navidad y trajo un 18 de Bull lite. Así que ahora tiene 18 latas de Bull que todos despreciamos. Unos por envidia, otros porque sabemos que no tiene chiste que alguien te dé lo que esperas de la vida.
Eso lo debes conseguir tú mismo y sin ayuda.
Me impongo el ridículo reto de conseguir cuanto antes una lata de Bull negra y tumbar a Enrique de su efímero reinado.
Es Diciembre y hace frío. Mucho. No hay cucarachos anidando en mis latas de colección y Mon ya no está en Gallineta con su caguama al lado. En la calle no hay nadie.
Pedaleo nuevamente los 16 kilómetros que me llevan al entronque de la carretera a Laredo y pacientemente camino por la orilla. Encuentro decenas de latas y desprecio la de Lone Star que faltaba en mi colección.
No hay rastros de una Bull de lata negra.
Voy a la gasolinera y compro un café con donas, de esas donas babosas que me acompañan hasta hoy.
Tengo 16 años.
Desde acá mi mundo es un mundo de latas en donde pueda demostrar que puedo ser más que los demás porque tengo la mejor colección de ellas. En eso me entretengo cuando en la gasolinera se detiene un auto con placas de Michigan.
Necho dijo que en Michigan venden una cerveza llamada Bull que tiene latas negras y latas plata.
Cuando el auto arranca, yo ya estoy metido en el bote de basura donde arrojaron una bolsa y ahí, opaca como sólo el color negro puede ser, brilla en el fondo una lata de Bull oscura.
El regreso a casa es un suspiro. Me faltan pulmones para pedalear más rápido y pasar por Cóndor a decirle a Enrique, Mesti, Jaramillo y Rudy que ya tengo una lata de Bull negra.
No hay nadie en la calle y entonces caigo en cuenta que es 24 de diciembre y todos deben estar en casa. Me apresuro a llegar a tiempo a la cena y mamá dice “mira qué cabrón… ¿ya traes otra lata para que los cucarachos hagan más nidos en tu cuarto?”.

-oOo-

Manejo un Seat azul marino que es una belleza. Es un auto cálido con un silencio total en su motor, tanto, que los pasajeros duermen parte porque son las 6 de la mañana, parte porque no hay motivo para estar despierto.
Enfilo hacia la carretera a Reynosa para visitar a Noé y Betty.
En el cruce de Nogal y Ruiz Cortines hay un Benavides y un nuevo Oxxo. A una calle de ahí vivía mi abuela, pienso mientras espero el cambio de luz en el semáforo.
Volteó por curiosidad a la calle donde vivía doña Esther y entonces veo una pálida figura que se agacha a recoger una lata. Recuerdo entonces que algún día tuve 16 años y supongo que ese viejo busca una lata que lo haga sentir mejor que sus latosos amigos.
Poco antes del cambio de luz en el semáforo, el viejo voltea hacia mi y su rostro me acompaña durante todo el viaje hacia Puerto Isabel.
Era don Fernando. Es mi papá…

Diciembre, 2009

Author: Zeth /

Yeah c'mon... I’m not alone
The road ahead is lined with broken dreams,
So walk, yeah walk on by
Pilot Speed, Alright

Tengo una llanta ponchada. Me di cuenta con la seña del taxista que suena el claxon y me señala sobre su hombro que algo anda mal en la parte trasera de mi auto. Demonios, no tengo refacción y debo pagar puntualmente siete pesos con cincuenta centavos para ver la ciudad tras la ventanilla de un colectivo que exhibe sin pudor un número 35 en sus partes laterales.
Gracias a eso, me doy cuenta que aún existe el parque Tucán y que viajar en camión no es tan malo como parece. En un descuido, puedes hasta construir un romance en los pasillos atestados de usuarios… por lo menos un romance basado en pestañas: te veo, me ves y en los cuarenta minutos que dura nuestro viaje podemos compartir un par de miradas.
Mi auto presume una nueva llanta usada. Nueva es bastante costosa y podría decir que mi sueldo lo gasté en apoyar a un comité internacional que defiende las acciones contra el calentamiento global, pero realmente lo gasté en cerveza. Puede que ser alcohólico sea malo. Pero hablar con franqueza definitivamente no lo es.
Hoy no quiso encender el auto. Una extraña falla me lleva a redescubrir la ciudad a bordo de otro colectivo urbano. Buscar quién repare esa extraña falla es ocioso cuando debo pagar el costo de la casa y de tener Internet, teléfono y canales de tv.
Tengo tres días viajando en colectivo. Ya me cansé de conocer gente nueva. Ya no quiero romances de pestaña y me cansa la gente que con pagar siete pesos con cincuenta centavos cree tener el derecho a dormirse en mi hombro.
En ese camino ignoro la sonrisa de una chica con cabello teñido de rubio. También ignoro al sujeto que con voz de merolico dice que trae tres chocolates a precio de cinco pesos. Insiste gritando en mis oídos que es una oferta que no debo desperdiciar. Soy diabético, maestro, le digo sin mirar. Déjame en paz.
Arreglada la falla de mi auto, circulo ahora por el centro de la ciudad cuando un foco rojo del tablero me dice que algo anda mal en el sistema de enfriamiento. Son las once de la noche y estoy parado a unos metros de la vía del tren que pasa cercano a la fábrica de cigarros. Tengo dos opciones: ir por un Tecate al Oxxo que está enfrente, hablar por teléfono y esperar que un alma caritativa venga por mi, o definitivamente acostarme en esas vías paralelas, nomás a ver qué pasa…
Sigo descubriendo la vida a través del colectivo titulado Ruta 35.
Anoche los Rayados quedaron campeones, lo sé. Sólo miré los últimos 15 minutos del juego porque me considero más salado que un moco cuando miro los partidos finales. Cuando Rayados logró su primer campeonato estuve en el estadio, pero la mayor parte del tiempo tuve la mirada en el suelo.
Cuando Rayados ganó su segundo campeonato al Morelia, estuve con la cara pegada a la alfombra en aquel departamento de la Westview en Houston.
Cuando dieron el silbatazo final y Rayados se proclamó campeón ante Cruz Azul, yo estaba en el bar La Gaviota, ese que está frente al Seven de Aramberri entre Guerrero y Galeana.
Poco a poco avanzaban a recibir su medalla de campeón Suazo, De Nigris, Ayoví, Osvaldito, Arellano, Santana, Orozco, Basanta, Davino, Severo Meza, Baloy, Zavala y todos ellos que formaron un equipo.
Un equipo.
Descubro que mi auto no camina cuando un componente no le funciona y hay que cambiarlo.
Descubro igual que en la vida hay que cambiar las cosas que dejan de funcionar para poder llegar a nuestra meta.
Más que sentirme feliz por ese tercer campeonato, me siento feliz por encontrar que la gente con la que comparto algo, somos parte de un equipo. Los que estamos somos los que funcionamos.
Aunque algunos sean fanáticos de los Tigres...

Iván

Author: Zeth /

Cuando yo sonrío, sale el arcoiris...

Y si hijo, si sale. Feliz Cumpleaños.

Tres miradas

Author: Zeth /

- ¡Hey, alguien se lleva mi bicicleta...! –

En la calle sin pavimentar hay surcos, en ocasiones enormes grietas que deja la lluvia cuando cae en lo alto de la colonia Independencia. Entonces el olor a cieno y leña se confunde con el aire mientras avanzamos, tortuosamente, por la calle Coahuila rumbo a los sonideros de la Loma Larga.
Hay una especie de mercadito sobre la vía llamada Nueva Independencia: otra calle llena de surcos por la misma razón; hace un par de días llovió y el agua siempre encuentra el camino para volver a su cauce natural.
Yo los veo pasar siempre hacia arriba, allá va don Agustín con un par de tinacos sujetos al lomo por un tronco de mezquite. Le lleva agua a Doña Lupe. Tras él va don Andrés que en su canasta carga limones y chicharrón de pescado junto a un bote de salsa Búfalo; más atrás viene alguien con periódicos bajo el brazo que grita “veeenga a veeeerlos, agarraaaaron a unos mariguaaaanos que violaaaaron a su vecinaaaaa….. veeeeenga a veeeeerlos, aquiiiii teneeeemos la fotooooo…”.
Sentado frente a lo de Doña Lupe, percibo olores encontrados. Huele a menudo y barbacoa, carnitas, gorditas con chicharrón en salsa verde o con asado de cerdo, también huele a hierbabuena y cilantro, a tomate fresco y papa blanca, a plátano y melón que hoy por ser viernes los tienen en rebaja…
Un grito se lleva los aromas y volteo a mirar un sujeto en camisa de tirantes correr desesperado…

- ¡Hey, alguien se lleva mi bicicleta...! –

Camino pesadamente y trato de evitar los surcos llenos de lodo y estiércol de marrano. La gente comienza a cocinar aprovechando los cortes de cerdo recién hechos y comprados en el mercadito. A mi lado pasa una bicicleta manejada con dificultad, evadiendo perros callejeros que tiran mordidas al aire y cuando no encuentran destino, aúllan o ladran sin parar.
Don Parra sigue con la caguama de la noche anterior. Al menos eso parece porque sigue en la misma posición: pantalones cortos y floreados que le llegan de parte de su hijo que vive en Los Angeles, no lleva camisa y si unas patas de gallo con calcetines color café. Un espeso líquido color verde escurre por la comisura de sus labios…
Tras el ciclista que avanza trastabillando entre colmillos caninos, grietas en la calle y gente que de pronto se une para perseguirlo, volteo y veo a un niño de cabello rizado y barriga llena de lombrices sentado fuera de lo de Doña Lupe, en la vía de la Nueva Independencia.
Su cabello revuelto me recuerda al mío cuando era chico. Pero lo que llama la atención es su mirada: sólo mira al suelo y cuenta las hormigas que rodean sus pies. Cuenta la cantidad de burbujas que lleva el arroyito negro que separa lo de Doña Lupe de las casas de enfrente. Cuenta el número de gentes que pasan corriendo tras una bicicleta y cuenta las veces que volteo a mirarlo. Tres, son sólo tres. La primera para descubrirle, la segunda para sorprenderme y la tercera para despedirme.
Ambos volteamos al escuchar el mismo grito:

- ¡Hey, alguien se lleva mi bicicleta...! –

Varios policías llevan detenido a alguien. Llevan también una bicicleta como cuerpo del delito mientras la misma y chillona voz insiste en que alguien se lleva su bicicleta.
Los puestos del mercado comienzan a levantarse. El ruido de tubos llenos de óxido no logra borrar el olor de cieno y de una nueva tarde lluviosa que se avecina allá, en lo alto de la colonia Independencia. La cabeza de marrano que no tuvo éxito en la venta reposa ahora en una hielera, quizá pensando que mañana será un mejor día.
Comienzo a caminar y ya no veo a don Parra. Don Andrés viene bajando del cerro con canastas de chicharrón de pescado vacías y la mirada alegre. Hoy tuvo un buen día. Don Agustín lo encuentra a la mitad del camino y lo convence de ir con don Parra, al cabo Doña Lupe le pagó el agua de la semana y puede comprar un par de caguamas.
Antes de llegar a lo de don Parra, una dulce voz llena de cortesía les advierte: ¡Váyanse a la chingada, mi viejo está dormido…!
Más atrás viene alguien con periódicos bajo el brazo que grita “veeenga a veeeerlo, agarraaaaron a un mariguaaaano que se roboooo una bicicletaaaa, es vecinooo suyooo….. veeeeenga a veeeeerlo, aquiiiii teneeeemos la fotooooo…”.
Llego a la vía de la Nueva Independencia. Ese niño de cabello rizado y barriga a punto de explotar sigue ahí, pero ya no me mira.
Se ha despedido de mi…

Le dije que eras mi tío...

Author: Zeth /

Cuando lo único que buscas
en ninguna parte lo encuentras...

- Mi sueño es hacer una carne asada, que te hartes de comer y la tires porque ya no te cabe nada en la panza. También tener unos 20 cartones de cerveza, para no andar pidiendo “liga” y que nadie tenga que ir a comprarla- dijo Nacho en un evidente estado de embriaguez.
- Ese es un sueño bastante simple de realizar ¿no?- dije tratando de mirar el futbol, - sólo basta que te sobren unos 5 o 6 mil pesos en el bolsillo y ya está, además, de hacer la carnita y esa leve cantidad de cerveza… de ir ¿quiénes iríamos?

En ese momento caí en cuenta que Nacho logró su propósito: distraer mi vista del juego que en ese justo momento ganaba Rayados con gol de Aldo de Nigris.

- Quiero que vayan todos, mira Yayo, cuando vino mi cuñada ¿si te acuerdas verdad? Oh, cómo que no, si hasta te la presenté porque ella me dijo “hey, cuñado ¿quién es ese de la colita que acabas de saludar? Eh, no, espera, yo no dije que saludé a tu colita, lo que dije es que… chingado Yayo, ¿Qué te estaba platicando?

No pude ver más el juego. Tengo la insana costumbre de escuchar la plática de alguien que quiere conversar conmigo, a veces creer lo que me dicen, la mayoría de las veces no, y esa costumbre me rodea de pronto de niños que me patean, platican cómo les fue en la escuela, luego me escupen y retan a golpes y, finalmente, se abrazan a mi mientras dicen “hueles a mi tío Yayo…”.

- Le dije a mi cuñada que eras mi tío- dice Nacho – Ella cree que en verdad lo eres-.
- Hay que ser bastante ingenuo para convencer a alguien de eso ¿no crees? A pesar de que soy mayor que tú, nadie podría creer que soy tu tío, Nacho… a propósito- le dije -¿alguna vez usaste el jabón del Tío Nacho?...-

Mientras él hace memoria, volteo a ver el juego y en ese momento Morelia empata a Rayados.

- No, lo que pasa es que yo le conté que ustedes me recibieron como un familiar más, y que por lo mismo yo los considero a tí mi tío y a Miguel mi primo.-
- Ah, chinga, espera, eso me suena a relación contranatura… ¿Que qué es contranatura? Por favor Nacho, es algo que va contra la naturaleza del ser humano, es algo así como el incesto… bien ¿ya te quedó claro? yo no puedo ser tu tío y Miguel tu sobrino porque entonces en asociación directa yo sería el padre de Miguel y lo único que falta en mi historia es algo como eso.
- No, Yayo, no me entiendes, yo a tí te veo como hermano de mi padre y a Miguel como hijo de Licha, hermana de mi madre…-

Carajo, el juego está bueno y este tipo me quiere hacer llorar. Me concentro de nuevo en la televisión mientras Nacho ordena sus ideas nuevamente.

- Mi sueño es hacer una carne asada, que te hartes de comer y la tires porque ya no te cabe nada en la panza. También tener unos 20 cartones de cerveza, para no andar pidiendo “liga” y que nadie tenga que ir a comprarla…-

Demonios… allá vamos de nuevo.

Ya de madrugada, veo a Nacho fija y seriamente. Se nota bastante deteriorado y a pesar de que presume ser auditor en una gran cadena de autoservicio, su imagen no es la de tal. Su teléfono suena constantemente y a cada vez contesta con monosílabos y frases como “estoy en mi espacio y quiero que lo respeten…”. Apenas cuelga y suena de nuevo el teléfono.
Son pocos años los que llevo de conocer a Nacho. Bastante pocos. Pero tiene un deterioro notable, no como el mío, cuando dice Jenny que me veo muy delgado, o como Pancho que me mira demasiado pálido. Por supuesto que averigüé las causas de ese adelgazamiento y esa palidez: una alimentación más o menos a la hora y un constante consumo de agua. Menos estrés y más música. Menos sol y más tolerancia. Más futbol y menos cerveza. Más abrazos y menos correos.

- Tengo una laptop y quiero tener Internet- dice Nacho ya con voz pastosa -¿qué tengo qué hacer?
- Primero que nada, hacer un contrato con cualquier empresa que te provea el servicio, lo demás ellos te lo resuelven- le digo mientras comienzo a sentir frío.
- No quiero pagar, Yayo- dice.
- Ah, pues entonces sí será un poco complicado…-

Nacho se va. Se despide hasta de los vecinos que no lo conocen y a los que se encarga de enterarles que soy su tío.
Mientras lo veo alejarse, no sé si sentir molestia conmigo por llevar la conversación a dónde él quiere sin hacerle notar que algo anda mal.
Supongo que dejamos esas cosas tan importantes para luego, al fin y al cabo en una semana a más tardar nos volveremos a ver Miguel, Nacho, Jorge, Sergio o yo.
Somos eternos... eso creía hasta ver los noticieros del lunes 16 de noviembre del 2009.
¿Supiste que murió Antonio de Nigris?...

Un cuarto de siglo...

Author: Zeth /

Porque sabemos agradecer,
a pesar de lo vivido...
(Bunbury: Porque las cosas cambian)

- Quiero platicar con ella - dijo así, sin más. Como si las cosas fueran tan sencillas después de lo vivido.
No creo que te atienda, le dije, sabe quién eres y te conoce hasta creo que un poco más que yo, ya ves que fueron vecinas y en un descuido fuiste la mejor amiga de su hermana.
Blanca y Susy pasaban, como hace tres o cuatro años, de improviso y sin dejar de soltar risitas. Regresará, decía Susy. Ojalá, decía Blanca. No lo haré, decían mis ojos al verlas pasar con esa desfachatez que ahora me encanta, pero no me atrae.
Sentado a tu lado, veía cómo pasaban un par de años de mi vida, llenos de amor y dolor, desprecios y amoríos, peleas y reconciliaciones, miedos y abrazos. No estaba dispuesto a pasar por más de ello. Y ahí estuve yo, mirándote, con ojos tuyos llenos de esperanza, con ojos míos llenos de rebeldía…

-oOo-

Ella viene por nosotros, dijo Blanca con pánico en sus palabras. Cristiana desde siempre, ella tenía la certeza de que hicimos mal al huir de aquel Monterrey de madrugada, con frío y culpa. Con prisa y remordimiento. Blanca veía a una mujer en la puerta de la casa de la tía en aquel Atequiza que de a poco se me olvida.
Nunca la toqué. Era joven y menso y creí a pie juntillas que cuando uno quiere a una mujer, debe casarse con ella antes de sentir el deseo de amarla sexualmente. (He perdido una cantidad impresionante de mujeres por esta estúpida reflexión).
Cuando volvimos al asfalto regiomontano, algo se desquebrajó en nuestras vidas y de pronto nos vimos aislados, lejanos, tristes y desolados. Yo quería vivir una noche con ella. A ella no le permitían casarse y era obvio: apenas teníamos yo 18, ella 16.
Sin remedio, nos perdimos ella en un trabajo, yo en una escuela. Al poco tiempo ya no éramos Blanca y Gerardo. Era sólo Gerardo. Y nada más…

-oOo-

Cuando uno tiene una relación en donde espera casi todo, es como prepararse un huevo estrellado, trataba de convencerte. Lo haces con toda el hambre del mundo y tratas de que te quede bonito, apetecible, rico…y de pronto por alguna causa alguien o algo te llama y te saca de concentración de aquel huevo estrellado que preparas y de alguna forma se enfría.
- Pero si tienes hambre, debes comerlo ¿no crees? - dijiste.
¿Y porqué no prepararme otro? Respondí puntual.
Esta plática ocurrió hace 25 años.
Luego de un baile donde nunca bailamos, cruzamos un campo de futbol que ahora no es tal para ir a un Oxxo a comprar refresco.
Tomé tu mano en aquel 11 de noviembre de 1984. Toqué tus labios con mis labios.
Desde ese tiempo acá, cometí muchos errores. Demasiados e innecesarios. Conocí gente a la que no debí tratar. Pero lo hice y no me arrepiento porque de todos ellos gané y perdí algo. Muchos ya nos los conservo en la memoria. Se esfumaron y jamás volverán… los que se quedan lo hacen porque yo y ellos así lo quisimos.
Tengo buena suerte de que estés acá conmigo. Estás aquí, está Jorge y Lily, Sergio (con todo y su pornografía) y Claudia, Licha y Miguel, a veces viene Nacho y a veces viene Jaime, a veces viene Luis y a veces viene Bebé. En otras ocasiones debo soportar a Pancho, al Zoompie y a un presunto narco, sin contar con Arturo y Hernán que ya se creen parte del clan.
Iván, Adrián y Ana sólo asisten cuando hay carne asada, pero ni modo de correrlos, además son los que mejor platican. A veces, como este último sábado, llegan todos menos los que no quieren.
Con todo y eso, creo que 25 años pueden ser un buen comienzo…

Gente conocida

Author: Zeth /

Y si este mundo gira, cómo me detengo
no sé dónde estoy, sólo sé que voy...
no creo en las despedidas
si no estás muerto...


En medio del infernal tráfico que nos provoca San Juditas, maldigo al conductor que bendice a mi madre con su claxon: no seas imbécil, le dicen mis manos, es el tipo de adelante el que obstruye la vialidad tratando de llegar a ese templo que no sé dónde queda... sólo sé que está cerca de Cad Toner porque ellos sí me sirven.
Volteo a ver al auto blanco que pone intermitentes porque quiere estacionarse en tercera fila en una calle que tiene, ajá, adivinaste, sólo tres carriles, y el conductor que trae el Mazda 3 me mira desafiante.
Es un huerco estúpido, a pesar de que le acompaña una bella mujer, le dicen mis ojos antes de que mi claxon le raye su madre. Total, su fe no le permitirá arrancar tras de mi y borrar la afrenta. Esa gente tiene una extraña ambivalencia por el mundo: el tipo es posiblemente un sicario (a su edad poca gente trae un auto de más de 200 mil pesos... bueno, hay que quitar de esa lista a todos los que sus padres trabajan en el gobierno de Rodrigo Medina), pero por hoy me perdona la vida porque viene a ver a San Juditas. Ah, si, trae de pasajero a su mujercita para que vea que él sí se ocupa de las cosas serias...

-oOo-

Hay un matón acá en la barra, dice Mauro, Marcos, Joel, Julián, rayos, no sé cómo se llama el tipo. Dice que debe hablar con el dueño para ver si ya cierra el negocio pero no tiene saldo... ¿me prestas el teléfono para hablar?
Ora, ahí está, le digo sin ponerle atención porque en este momento leo la noticia de que un sujeto apodado “El Gordo” atardeció muerto en su celda del Penal de Cadereyta.
El apodo de “El Gordo” me recordó aquella noticia. Cerca de la casa hay un sector llamado Cumbres. Es el número 6 y ahí detuvieron a dos tipos. No sé porqué la gente tiene tal ambición por vivir en esos lugares que aparentemente son de gente bien, pero vaya que se portan bastante mal...
“El Gordo” ejecutó de un balazo a un amigo. En Telediario apenas hablaban de una presunta ejecución en Cumbres 6o. Sector y la posterior detención en la carretera a Laredo de los presuntos responsables, cuando en vivo y a todo color se presenta la mamá de la víctima en la casa del victimario...
“Es mi hijo.... ¿verdad?, sé qué es el... anoche no llegó y ahorita veía las noticias... es él ¿verdad?”.
“El Gordo” no atinó a responder y se limitó a caminar con las manos esposadas, mientras los ojos de una madre ya desesperanzada lo seguían con lágrimas en los ojos. “Pero... ¿porqué? El era tu mejor amigo...” se leía en la humedad de sus mejillas.

-oOo-


Leo en las noticias que un par de jóvenes de 16 años se fueron al fondo de un canalón cuando jugaban carreras en sus autos. Uno manejaba un Mustang. El otro un Corsa... y a pesar de lo que muchos puedan pensar, por supuesto que un Corsa puede vencer a un Mustang. Lo que cuenta es la pericia pero, por lo que se ve, ninguno de los dos la tenía.
Eso me recuerda a que algún día yo traía una VW Caribe y jugué carreras contra uno de esos carritos que traen un caballito. A la altura de Gonzalitos y Constitución, le cerré el paso y no pudo reponerse. No sé si chocó y no me importa: a esa gente no deberían soltarle un volante si no sabe manejar.
Con cerveza en mano, tratando de reponerme del infernal tráfico y de lo antisocial que puede ser un sicario o el hijo estúpido de un sicario manejando un auto deportivo, aparece de nuevo Mauro, Marcos, Joel, Julián, rayos, no sé cómo se llama el tipo, y me dice que hay un matón en la barra de su bar.
Lo siento, maestro, le digo, pero ya con la gente estúpida que le rinde pleitesía a San Juditas y al siguiente día matan a quien puede ser su mejor amigo, basta y sobra.
Por lo pronto, ya debo buscar otro bar...